Presenta:

Que no sea solo la vida la que de vez en cuando nos bese en la boca

Este tiempo de pandemia nos ha atravesado tanto que todavía no podemos ponerle palabras que nos sostengan. Sin embargo, es posible y por un rato, conectar con pequeñas cosas que nos hagan bien para “sentirnos en buenas manos” en medio de tanta pérdida.
Saber darse una pausa, darnos el regalo de lo que nos hace bien. No importa qué, sino cómo.
Saber darse una pausa, darnos el regalo de lo que nos hace bien. No importa qué, sino cómo.

Por: Diana Chiani. IG: @milyunrelatos. Correo: [email protected]

“De vez en cuando la vida nos besa en la boca”, canta el enorme Juan Manuel Serrat y toda la canción logra que, como él dice, nos sintamos “en buenas manos”.

En tiempos de pandemia, cambios y duelos de todo tipo que incluyen no solo la pérdida de seres queridos sino también de modos de relacionarnos, maneras de estudiar, estar con otros y hasta de ganarnos la vida; no sentimos a menudo que la vida “tome nuestro paso” sino que –más bien– le seguimos el ritmo en medio de tropiezos, escaladas y desvíos no anunciados.

Realidades y diferencias aparte, lo cierto es que este año y medio de pandemia nos atravesó tanto que aún no podemos ponerle una palabra cierta, de esas que a veces tanto nos gustan en pos de ilusionarnos con certezas que no hay, moños, apellidos, fecha y hora de vencimiento.

Para nadie es (ni está siendo) sencilla esta suerte de prueba que atravesamos como humanidad. Hacemos lo que podemos, lo mejor que podemos pero, con este tránsito pesado, las emociones flaquean, los sueños pueden ponerse en pausa, la frustración o la desesperanza aparecen más seguido y ahí está la toalla… a punto de ser tirada.

Sin embargo, en general no la tiramos porque la vida sigue y porque –aunque no parezca– siempre son más los motivos por los que continuar de los que a veces nos contamos. Lo que no quiere decir que no tengamos sentimientos encontrados en los que prima el miedo, el cansancio y otros tantos que hoy andan dando vuelta por ahí. Supongo que no estaríamos en nuestro sano juicio si no nos pasaran esas cosas…

También creo que hacemos mucho por escaparnos de lo que duele: o lo resistimos o nos evadimos o nos decimos que “estamos bien”. Pero más allá de eso –en momentos en que hacemos lo que podemos, enfrentamos cuando estamos listos y pedimos ayuda si es necesario- creo que una manera es hacer foco en algo distinto que nos permita conectar con lo que nos gusta, nos hace bien o amamos; aunque sea por un momento y a sabiendas de que lo otro sigue ahí.

No se trata de esperar a que sea la vida la que “de vez en cuando” se haga de “nuestra medida” sino de pequeñas acciones que nos lleven a conectar con la gratitud y el amor. No es pensar en positivo como si fuéramos bobos a quienes resbala lo que sucede ni de pasar todo el día en estado zen, sino de procurarnos un mimo, un abrazo al alma por un ratito.

A veces me sorprendo cómo, en teoría, no tengo 10 minutos en el día para mi meditación o 5 para escuchar o mirar algo que me nutra, me guste o me relaje. Sin embargo, también me asombro de cómo puedo pasar mucho tiempo respondiendo mensajes o en redes sociales.

No hay juicio en esto, solo habilitar la pregunta y encontrar algunas palabras. ¿Cuánto disfrutamos de algo y qué es lo que realmente nos aporta? Tal vez esa sea una manera de, en medio de tanta incertidumbre y pérdida, permitirnos conectar con nosotros o con alguien a quien amamos, darnos un espacio de lectura o de caminata, divertirnos en la compu o con la tele, aspirar el aroma de la mañana o deleitarse en el juego con los hijos.

No importa qué sino cómo nos disponemos a disfrutar de aquello que elegimos en el ejercicio de estar presentes. Porque el disfrute no cae del cielo, tampoco la capacidad de vivir el ahora. Para mí son habilidades que se construyen paso a paso, con consciencia y sin tantas exigencias.

Darnos el regalo de lo que nos hace bien implica no esperar a que sea solo la vida la que decida por nosotros, de vez en cuando, ofrecernos “salir con ella a escena” sino de comenzar a hacernos un espacio para –con lo que tenemos y aunque sea un rato- sentirnos felices “como un niño cuando sale de la escuela”.

 

 

Y así, tal vez sentirnos como niños al salir de la escuela.

Y a colores se despliega como un atlas

Nos pasea por las calles en bolandas

Y los sentidos en buenas manos

Se hace de nuestra medida

Toma nuestro paso

Y saca un conejo de la vieja chistera

Y uno es feliz como un niño

Cuando sale de la escuela