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Un amigo egipcio me explicó por qué algunos países se van al tacho

Dicen que el método infalible para conocer una ciudad es sentarse en un bar y charlar con la gente. En esta nota, el resultado de una conversación en una mesa de El Cairo, más la yapa de vagabundear por los callejones de esa enorme capital. Y en el medio, una historia para seguir pensando.
Imagen ilustrativa. Foto Pixabay.
Imagen ilustrativa. Foto Pixabay.

Durante varias semanas viví en El Cairo (Egipto). Un atardecer fui a la calle Al Dokki a comer koshari, uno de los platos nacionales, que además tiene la ventaja de costar menos de un euro y combinar lentejas y fideos, o sea carbohidratos y proteínas: el combustible del viajero. Mientras estaba sentado en mi mesa escuché que me llamaban desde una esquina del salón. “Disculpe –dijo el flaco en correcto inglés- es que estoy sentado allá y no me gusta comer solo ¿Le molesta si me traigo las cosas a su mesa?”.

Se sentó y me contó que se llamaba Hamed, que era médico y que tenía unos minutos de descanso en la guardia del hospital cercano donde trabajaba. “Sí, ya sé que mi nombre no le dice mucho. ¡Pasa que el treinta por ciento de los egipcios se llaman Hamed!”. Reímos, idioma universal.

“Argentino…ustedes hablan español, ¿no?”. Hamed me preguntó si yo sabía que en tiempos antiguos España perteneció al mundo árabe. Le respondí que algo atinaba. Buena parte de la península estuvo bajo dominación musulmana entre los siglos VIII y XV.

Le recordé especialmente aquellas palabras machirulas que se le atribuyen a Aixa después de que su hijo perdiera Granada a manos de los cristianos: “ahora llora como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.

Él sonrió con satisfacción. “Ah...¿Sabe lo que me decía mi abuelo sobre Al Andaluz, que es lo que ustedes llaman España? Se lo voy a contar”. Y entonces me relató la historia de cómo se perdieron los reinos del Oeste.

Cómo se perdieron los reinos del Oeste

Hamed seguía comiendo y entre bocados intercalaba partes de su relato levantando el índice, como se estila en esta parte del mundo. Resumo acá lo que me contó.

Hacía mucho tiempo que los reyes europeos querían invadir la península de Al Andaluz (España). Sabían, de todas maneras, que el imperio musulmán era rico y poderoso; que tenía científicos y guerreros, y que la educación de sus súbditos iba de la mano con su fe y su bravura. De ahí que antes de iniciar la campaña los europeos decidieran mandar espías.

Al llegar a Al Andaluz, los espías cristianos vieron a un niño llorando.

—¿Por qué lloras?—le preguntaron.

—Lloro porque olvidé doscientas de las cuatrocientas páginas que había estudiado la semana pasada.

Los espías cristianos se quedaron sorprendidos ante el sentido de responsabilidad del nene. Siguieron camino, y un poco más allá vieron a dos hombres que parecían luchar entre sí.

—¿Por qué luchan?—quisieron saber los enviados del rey europeo. Los hombres interrumpieron el combate.

—No estamos peleando. Estamos aprendiendo a pelear. Saber pelear sirve para defender a los débiles y para no temer; para sentirse más vivo y para reconocer a los amigos.

Ese invierno, los espías cristianos volvieron a Europa y le aseguraron a su rey que era imposible invadir Al Andaluz.

Pero cien años pasaron. Murieron los reyes de ambos reinos; también los espías. Murió el niño que lloraba y los amigos que aprendían a pelear. Entonces el hijo de aquel primer rey cristiano mandó a dos nuevos observadores para que le contaran qué ocurría ahora del otro lado de la frontera.

Al llegar a Al Andaluz, los espías vieron a un niño llorando.

—¿Porqué lloras?—preguntaron.

—Lloro porque olvidé cómo se baila una canción que está de moda en la corte, y aunque no sé si me van a dejar entrar, sé que hay una fiesta esta noche.

Más adelante, encontraron a dos hombres peleando. Cuando consiguieron separarlos, los espías quisieron saber por qué aquellos dos luchaban así. Pero no pudieron entender nada. Los contendientes estaban completamente borrachos.

Aquel invierno, los espías volvieron a Europa y pidieron audiencia con el Rey. Ese mismo año se inició la campaña para expulsar a los musulmanes de Al Andaluz.

A la calle

Hamed terminó su historia, saludó y se fue. Yo pagué mi plato de koshari y salí. En la vereda, los niños -estos chicos del siglo XXI- me agarraban del brazo y me invitaban a sus casas. Los adultos también querían mostrarme lo que fabricaban en sus talleres. En El Cairo es normal que los tapiceros, zapateros y herreros trabajen en la vía pública. 

Un carpintero me invitó a su hogar solamente para que yo viera los muebles que él había armado. Le advertí que no tenía dinero, pero no le importó. Solamente quería sentirse orgulloso de lo que hacía, y para eso necesitaba de mi mirada. Mientras exista ese orgullo por el trabajo bien hecho, Egipto tendrá esperanza, me dije. Ya era de noche.  

Me fui a la cama pensando en que cosas aparentemente sencillas -como la comida, el trabajo y tal vez las buenas historias- acercan a los seres humanos. Por eso son indispensables. A veces olvidamos esa verdad simple y fuerte como los muebles de aquel carpintero o el relato que compartió el médico. 

Nunca más volví a ver a ninguno de los dos

El autor junto a un amigo local.