Las personas tóxicas y el permiso que les otorgamos

Las personas tóxicas y el permiso que les otorgamos

Cuando hablamos de lo que otro es o hace, ponemos el foco afuera; lo que  nos deja con escasos recursos para poder hacer algo diferente, sentirnos mejor o empoderarnos.

Diana Chiani

Diana Chiani

 IG: @milyunrelatos. Correo: escribime@milyunrelatos.com

El término “persona tóxica” se puso de moda hace un tiempo y se utiliza por el modo asertivo en que sintetiza a quienes afectan de manera negativa su entorno. Suelen ser egocéntricos y pensar solo en sí mismos. Además, su energía –para quienes crean en ella- es baja y cuando ingresan a un lugar, son varios los que salen por la otra puerta. Tal vez la psicología tenga respuestas científicas sobre este tipo de personalidades.

Aunque acuerdo que puede haber personas con este tipo de características (más palpables cuando son muchos los que coinciden en el juicio) lo cierto es que, personalmente, nunca me ha gustado el término.

¿El motivo? Básicamente porque creo que nos quita poder en relación con ese tipo de personas. Como “ellos” son “tóxicos”, nosotros no podemos hacer más que aguantarlos, quejarnos, hablar mal de sus actitudes o gestos; lo que nos deja en una toxicidad tal vez aún mayor.

Además, al tildarlos de esa manera, nos colocamos en una suerte de superioridad moral que nos hace apuntar al otro. Y ya se sabe lo que se dice de los dedos que van en sentido contrario. ¿Puede ser posible que  nunca jamás hayamos sido tóxicos para otros en algún momento de nuestra vida o con determinadas personas? ¿Podría ser que alguna de nuestras actitudes cotidianas molesten –sin quererlo- a otros?

Más allá de esta invitación a la honestidad, creo que acusar a alguien de persona tóxica pone el foco afuera, en lo que hace o deja de hacer otro sobre el que no tenemos ningún tipo de injerencia ni poder. ¿O acaso alguien ha podido cambiar a la pareja, familiar, vecino, compañero o jefe?

Y, al revés, cuando hemos cambiado algo, ¿ha sido por decisión personal o porque otro nos obligó a hacerlo? Y no hablo de la sugerencia o el pedido que alguien que amamos nos haya podido hacer. La disposición a hacer diferente siempre es personal.

En este sentido, es cada uno de nosotros quien tiene el poder de hacer algo con lo de afuera: mirarlo desde otro lado, tomarlo de una manera diferente, pensar qué podemos aprender de eso, contarnos un cuento diferente sobre lo que sucede; entre otras posibilidades más.

No es que podamos hacer que el otro actúe o sea diferente, pero siempre es posible modificar el modo en que nos dejamos afectar por ello. Es decir, empezar por aflojar el poder que esa persona “tóxica” tiene sobre nuestras respuestas y emociones.

Se trata de no permitir que los designios ajenos determinen nuestra vida. Incluso si hablamos de un jefe del que no podemos zafarnos o un familiar que en el fondo queremos.

Aunque a veces nos cueste verlo, siempre podemos elegir cómo tomarnos lo que el otro hace. Y no se trata de “hacer como” que no me importa sino de lograr que eso sea realmente así. No suele ser sencillo, pero la pelota siempre está de nuestro lado al decidir cómo interpretar a las personas tóxicas o cualquier situación que se nos presente y sobre la que no tenemos control.

No es posible hacerlo de un momento para otro o cuando una emoción nos invade. Sin embargo, después, podemos parar la pelota y empezar por preguntarnos qué costos estamos pagando por estas situaciones.

 

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