La banana del pecado: el mercado de arte y sus artistas mimados
La banana en el arte tiene una larga historia hasta que antes, justito antes, de la pandemia al artista David Datuna se le ocurrió comerle la banana en público a Maurizio Cattelan. Es decir se comió el significante. Lo que no se comió fue el significado, proclamaron aliviados los responsables de la muestra. Decimos esto porque es de vital importancia establecer la diferencia. La semiótica debe ser respetada, hay que dejar bien en claro que el concepto de la obra de arte en definitiva es lo que vale. ¿O no? .Y vale bastante porque hubo tres versiones de la banana.
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La primera se había vendido por 120.000 dólares; la que se tragó David bajo la acción “Performance de un artista hambriento”. La segunda se vendió por 120.000 dólares y la tercera por 150.000 dólares (menos mal que pararon ahí). Se hicieron unos certificados de autenticidad para cada versión de la obra, especificando además a qué altura desde el suelo debía ser vuelta a pegar la futura banana y el ángulo de inclinación en la pared.
Al pobre David Datuna no le dieron ningún “percento” por su performance. Después de todo con su acción alimentó no solo su estómago sino también las arcas de la galería Perrotin dentro del espacio de Art Basel de Miami. Pero su “concepto” no tuvo tanto éxito.
Nobleza obliga, digamos que uno de los compradores (que quedó en el anonimato), donó al Museo Guggenheim de Manhattan la banana de Maurizio cuyo título es 'Comediant'. “Somos agradecidos receptores del regalo de ‘Comediante’. Una demostración más de la hábil conexión del artista con la historia del arte moderno”, sostuvo Richard Armstrong director del museo al periódico New York Times.
Consultados al respecto, voceros del Museo dijeron que cuando debieran exponer la obra de arte irían a comprar la banana en algún lugar cercano (algo así como en el chino de la vuelta). Esto adquirió una repercusión única y se hizo viral. Se armó una grieta (¿le suena esa palabra?) entre los que denostaban la obra y los que la consideraron una obra maestra del arte conceptual.
El niño terrible
Maurizio Cattelan es un artista de renombre; una especie de niño terrible viejo. Siempre se destacó por sus obras revulsivas para poner de manifiesto alguna idea, como por ejemplo utilizar un caballo embalsamado y colgarlo del techo del Museo de Arte Contemporáneo de Sídney (titulado ‘Novecento’), o un inodoro de oro titulado ‘América’, que también posee el Guggenheim de Manhattan y que casi compra Donald Trump en lugar de un Van Gogh.
Este relato es una apretada síntesis del circo mediático que hubo alrededor de este acontecimiento, no solo por la avalancha de gente que se agolpó para ver cómo se pudría la banana o la infinidad de fotos y videos que se viralizaron, sino que además hubo una protesta de trabajadores de Miami. Los limpiadores y conserjes de la empresa de limpieza SFM Services, que se manifestaron frente a los edificios que los contratan y denominaron al despliegue como "la protesta del platanito". Consideraron inmoral que ellos cobren un sueldo promedio de 8,50 dólares por hora mientras una banana se vendía a esos valores.
‘Comediante’ de Cattelan, según él, es una obra que reflexiona sobre el comportamiento humano y social, contando al mundo entero cómo una simple banana de treinta y tantos puede cambiar por completo su significado y valor si se cambia el contexto que la rodea.
Lo que yo me pregunto es a quiénes importa realmente esto. A sus protagonistas sin dudas, por la publicidad que logran y los montos que manejan, y a cierta sociedad del espectáculo. Pero no mucho más allá. Lo que digo es que es desproporcionado y no aporta nada valioso.
Apartándonos de la discusión de a que apunta este tipo de arte, sobre qué bases se asienta y la eficacia o no de sus conceptos sobres los supuestos receptores, lo cierto es que alrededor de esto se mueven cifras exorbitantes.
No cabe duda de quienes se benefician con estas verdades reveladas de uno de los tantos actuales campos del arte.
Un dato más. Desde hace mucho tiempo existe una preocupación por la facilidad con la que se pueden lavar fondos sospechosos mediante la compra y venta de arte. No me estoy refiriendo a lo relatado en esta nota, es solo una reflexión más para ubicarnos mejor. El precio puede revelarse, pero la identidad del comprador y del vendedor a menudo se guardan bajo siete llaves, no se revelarán jamás. Pero ha surgido una iniciativa de la Unión Europea de legislar al respecto. ¿Lo lograrán? Quién sabe, hay demasiados intereses en juego a nivel mundial en esto.
Para cerrar, puede que lleguemos a democratizar el arte, porque del arte se puede vivir y muy bien pero hoy no son precisamente los artistas los que lo logran.