Ni el de Cenicienta ni el del ogro: Amar mi propio zapato

Ni el de Cenicienta ni el del ogro: Amar mi propio zapato

¿Amar a los otros como a uno mismo o amar a uno mismo como a los otros? Qué valor tiene la mirada sobre nosotros mismos en la construcción del mundo.

Diana Chiani

Por Diana Chiani

¿En qué momento construimos el cuento de que amar al prójimo como a nosotros implica ser egoísta o mala persona? ¿Estamos dispuestos a mirarnos en serio, con lo que nos gusta y no de nosotros? Creo que esto puede ser un punto de partida para querer al otro sin exigencias ni limitaciones.

Desconozco si quedó explicitado en alguna versión, pero tal vez Cenicienta se haya dicho una y otra vez que debía amar tanto a su prójimo como a sí misma. A juzgar por cómo se dejaba tratar, creo que Cenicienta se quedaba con la primera parte de una frase que solo tiene sentido si está completa.

¿Cómo amar a otros si no sabemos lo que es el amor propio? Y aquí tal vez Cenicienta se haya vuelto a confundir al pensar que solo podía quererse si aparentaba ser una princesa de cuento de hadas en lugar de la chica que realmente era. ¿Cuántas veces nuestra famosa autoestima pende -delgada y peligrosamente-  del hilo de la apariencia, el éxito, la juventud, la delgadez, la inteligencia, el dinero o de lo que se ponga en valor?

Para nada pretendo juzgar a Cenicienta que, como todos, hacía lo que podía dadas sus circunstancias y experiencias. Sin embargo, me pregunto qué pasaría si hubiéramos aprendido la frase al revés: ámate a ti mismo como a tu prójimo.

¿Qué palabras podrían encadenarse a esta frase? Se me ocurre que algunas podrían ser: vanidad, egoísmo, ego, desconsideración; entre muchas otras. ¿En qué momento construimos que amarnos tenía que ver con despreciar al otro o ser malas personas? Creo que al no querernos nos deslegitimamos al mismo tiempo que no es posible abrazar al “prójimo” –con sus diferencias y particularidades-  de manera genuina.

¿Cómo ponernos en los zapatos ajenos si apenas nos atrevemos a pisar los propios?

Vamos casi a hurtadillas por la vida pretendiendo amar al otro antes que a nosotros. Y esa pretensión no tiene que ver con la falsedad sino con que hemos armado y comprado un relato en el que somos personajes secundarios a los que casi nunca les preguntamos qué papel quieren jugar porque el guión ya estaba escrito y no hay margen –en teoría- para reescrituras.

Tal vez porque interpretamos que amar al prójimo implica dejar de escucharnos o priorizar las opiniones del de al lado –siempre- por sobre el propio criterio. Porque pareciera que es una cosa o la otra. Ellos o nosotros. La cultura de la competencia sin preguntarnos si hay premio o si éste nos interesa.

Al no conectar con el cuento de nuestra propia historia de amor es casi imposible querer a otro sin condiciones, empatizar con quien no piensa igual o liberarnos de la necesidad de comparación en pos de parámetros ajenos.  

Meter todo el pie en nuestros zapatos, aunque creamos que se parecen más a los del ogro Shrek que a los de Cenicienta en el baile es un acto de valentía en el que podremos mirarnos completos y aceptar lo que tenemos de villanos, hadas madrinas, lobos feroces, caperucitas y princesas.

Solo entonces podremos construir de a poco la conexión con la propia humanidad y amarla –lo que no implica resignarnos a la posibilidad de cambiar para sentirnos mejor. Y, entonces, allí y sin esfuerzo alguno, el amor por el prójimo simplemente sucede y la frase hecha cobra sentido.

*La autora es Comunicadora / Coach Ontológico

Contacto: 

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