Cuando la única cura es la risa: a 50 años del estreno de "Bananas", la película de Woody Allen

Cuando la única cura es la risa: a 50 años del estreno de "Bananas", la película de Woody Allen

La obra del director neoyorquino, que cuenta con su presencia como actor principal, fue estrenada un 28 de abril de 1971. En el siguiente artículo, algunas de las ideas que buscó exponer Allen a través del recurso de la ironía, al referirse a las revoluciones latinoamericanas de la época.

Diego Gubinelli

Existen obras cinematográficas del género de la comedia que pasan desapercibidas y que –en su intento de satirizar un relato- no obtienen una buena recepción por parte del púbico. Pero este no es el caso de Bananas, la segunda película dirigida por Woody Allen, la cual -también- cuenta con la participación de Allen como actor.. El 28 de abril de 1971 era estrenado en salas este trascendente trabajo de Woody Allen, un director con una extensa trayectoria y con algunas polémicas alrededor de su figura.  Pero lo pertinente en esta fecha es recordar que Bananas es una película que recobra sentido 50 años después de su lanzamiento.  En el ejercicio de mirarla cinco décadas después, se puede observar cómo son abordados algunos hechos históricos de los 70’ –que hasta el día de hoy son estudiados-, por supuesto, desde la perspectiva del siglo XXI.

Bananas es una comedia que propone una gran explotación de humor e ironía continua que apunta a espectadores capaces de distinguir hechos históricos y bromas que requieren conocimientos previos para ser mejor comprendidas y disfrutadas al máximo. Al tratarse de una comedia de humor negro con tono satírico sobre la realidad política y cultural del momento, a pesar de no tener un público específico, se da por sentado que va dirigida hacia un espectador más adulto.

¿De qué trata la película? La historia se enfoca en Feelding Melish, un norteamericano promedio que trabaja para una empresa probando productos antes de ser vendidos. Él vive una vida aburrida y sin sobresaltos, hasta que conoce a una joven activista por los derechos humanos y civiles que de a poco lo va introduciendo en un mundillo de adrenalina y revolución, al punto de planear un viaje a San Marcos, un país de Latinoamérica que está sufriendo la opresión de una dictadura militar. A pesar de seguirle la corriente en todo, Feelding es dejado por su pareja. No obstante viaja a San Marcos y su vida pega un giro de 180° grados.

Procesos revolucionarios al desnudo

Lo curioso de la obra es que no deja ninguna ideología política sin ser distorsionada y se encarga particularmente de abordar lo que –para la época- estaba en boca de todos: las diferentes revoluciones llevadas a cabo en América Latina. A través de su relato, Bananas pone al descubierto lo que comúnmente compete a Estados Unidos y su fascinación por ejercer poder en países con economías emergentes o frágiles. En este caso, es retratado y parodiado lo sucedido en la revolución cubana, un hecho histórico que marcó a Cuba y puso en el mapa a los famosos guerrilleros, como por ejemplo, Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro.

La película gira en torno a banalidades, chistes con una gran connotación política y una gran capacidad de su director, Woody Allen, para jugar con lo que se conoce en el acervo cultural sobre las revoluciones latinoamericanas. Principalmente, considerando que -al ser estrenada en 1971- el comunismo cubano era un tema amenazante muy presente en la agenda pública norteamericana.

Durante el desarrollo de la historia se habla de “San Marcos” (país ficticio) y se reúnen todos los antecedentes sobre diferentes intervenciones de Estados Unidos, mediante una estrategia de desestabilización, para así lograr ejercer control en pos de lograr beneficios económico-políticos.

Al inicio de la película puede observase un móvil periodístico estadounidense que está cubriendo un golpe de estado en una nación de Centroamérica y, como si de una cobertura deportiva se tratara, los periodistas interrogan con total naturalidad a los involucrados. De esta manera, se puede observar como el director intenta mostrar el rol y la responsabilidad de los medios de comunicación, y el poder de intervención que estos tienen sobre ciertas desestabilizaciones gubernamentales. Allen es claramente directo al mostrar la parodia de una caída de un presidente democrático frente a todo el pueblo y, principalmente, frente a los medios de comunicación que -de forma delirante- realizan una cobertura periodística que refleja la complicidad del gobierno/población estadounidense.

¿Y qué mejor manera de representar esta complicidad que convirtiendo un golpe de estado en un evento de entretenimiento para la televisión norteamericana? Woody Allen intenta, de este modo, enfatizar y dar fe de que la prensa es sumamente importante y que, en su apreciación personal, esta debería cumplir un papel más transparente.

A partir de ese momento, el espectador ya experimenta una primera aproximación de lo que el film intenta reflejar. Por lo que, luego, al tocar temas referidos a la histórica disputa entre comunismo y gobiernos norteamericanos, Allen, incluye sutilmente referencias que dan lugar a pensar que no existe una clara relación antagónica entre buenos y malos. En la trama, tanto las fuerzas rebeldes revolucionarias como el sistema estadounidense, responden a una serie de contradicciones, fallas y corrupción. Esto es generado por el propio director al burlarse y satirizar ambos polos en cada oportunidad que tiene. Este humor negro se puede ver de manera natural en la mayoría de escenas y diálogos y sería, en esta ocasión, la herramienta elegida por el autor para el tratamiento de temas políticos de una forma neutral, ácida y no afín a una sola ideología partidaria.

Siguiendo la misma línea, Woody pone en duda la convicción de los que parecen ser unos ideales definidos en el imaginario social estadounidense. Por ejemplo, el hecho de que la CIA (Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos), para no arriesgarse, envíe soldados a luchar tanto a favor como en contra de la revolución, habla de cómo la que parece ser una ideología genuina y auténtica es en realidad, según la visión del director, moldeada y ajustada a los tiempos y diferentes intereses.

Exageración: el mejor aliado de Allen

Un recurso que el Allen maneja con gran habilidad es el de la exageración. Un claro ejemplo es como representa -de una manera casi grotesca- la diferencia económica entre Estados Unidos y San Marcos. A través de escenas destacables, Allen demuestra esta intención. Que la autoridad máxima de San Marcos reciba estiércol en vez de diamantes, que los comensales en la cena presidencial tengan que pagar la cuenta, o que el protagonista pida comida elaborada en el campamento rebelde y -en vez de eso- reciba lagarto; son solo algunos de los chistes en los que el director denota la pobreza sistematizada de los países latinoamericanos y lo plasma a modo de disparador cómico.

Otro aspecto que desarrolla el film de forma característica es lo relacionado a la justicia. Con testigos que mienten, integrantes del jurado que fuman marihuana durante el juicio, es la manera en la que Allen se burla del sistema judicial norteamericano. No contento con esto, al igual que durante toda la película, el director  no duda en satirizar el otro extremo, y convierte lo que debería ser un simple fusilamiento guerrillero en una competición de tiro al blanco, en donde miles de espectadores disfrutan del show ofrecido por los revolucionarios.

Por otro lado, el film está repleto de referencias satíricas al paradigma que predomina en el mundo occidental, no obstante, no quiere decir que necesariamente Allen “critica” o cuestiona al mismo. De hecho, se observa en varias escenas de la película como el protagonista desacredita a los movimientos activistas que buscan cambiar las problemáticas situaciones del mundo. Lo vemos ejemplificado en una escena de que exhibe una protesta en New York, donde lejos de mostrarse como un hecho violento y determinado, se satirizan y banalizan las acciones del protagonista al punto de causar gracia. Otro ejemplo se da cuando Fielding charla con su pareja (Louise Lasser) y le dice vehementemente que si ella quiere dedicar su vida al activismo, necesitaría a alguien que la mantenga.

La perspectiva de Allen está clara entonces: el mundo no va a cambiar, y cualquier intento de hacerlo, es inútil. Por el modo en el que refleja su visión del mundo en Bananas, el director norteamericano pareciera incluso “aceptar” (tal vez con cierta resignación) los códigos y relaciones establecidas en este sistema, y luego burlarse de lo absurdas que son. Lejos de intentar “cambiar” la desigualdad que reina a nivel global, Woody propone que el público deba pensar: “Es el mundo que nos tocó, al menos riámonos de él.” Y 50 años después, el disfrute al ver Bananas sigue siendo el mismo.

Aportes: Manuel Liberal y Antonino Estevez

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