Atención: Las apariencias no engañan (las expectativas sí)

Atención: Las apariencias no engañan (las expectativas sí)

Nuestro cerebro elabora preconceptos que, generalmente, como a castillos de arena, la realidad se ocupa de derribar. ¿Somos concientes de ello? ¿Nos dejamos llevar por lo que esperamos de los demás? Seguinos que te lo contamos.

Cecilia Ortiz

“No puedo creer que el (ella) me haya hecho eso”, “yo esperaba otra cosa de ella (él)”, “esa persona no cumplió con lo que esperaba de ella”, “me parece increíble que haya actuado así”. Expectativas, realidad, pensamientos, ilusiones. Cada quien va por la vida haciendo lo que puede, pero, ¿es interpretado así por los demás? 

Cuenta una leyenda que un rey recorría un pueblo y observó que por todas partes había señales de la presencia de alguien dotado de una puntería asombrosa: en árboles, paredes, vallas, había dianas con un agujero de bala clavado en el centro. Cuando pidió que le presentaran al increíble tirador, apareció un niño de 10 años. “Es increíble -le dijo el rey- ¿cómo lo hacés?”; “es muy fácil majestad –respondió el niño- primero disparo y luego dibujo la diana”. 

Podemos pensar que en la vida cotidiana funcionamos como el niño de 10 años. Construimos sistemas de creencias y expectativas que guían nuestras emociones y conductas y, por ende, nuestros vínculos. Transitamos cada día procurando que los hechos encuadren con nuestras teorías o formas de pensar. Y pretendemos que el resto de los mortales responda a nuestras expectativas. 

Un sistema de creencias es el conjunto de opiniones que hemos formado acerca de nosotros mismos, de la vida y de los demás. El sistema de expectativas hace referencia al conjunto de creencias vinculada con aquello que esperamos de nosotros mismos y de los demás: de niños pretendemos que nuestros papás salgan a defendernos ante cualquier peligro, de adolescentes esperamos que los demás entiendan lo incomprensible que resulta el mundo de las reglas, un poco más grandes, esperamos que llegue el amor de nuestras vidas y nos de toda la felicidad posible, esperamos que nuestro jefe comprenda nuestras tardanzas, que los conductores de otros autos caigan en la cuenta de que estamos apurados, etc. 

Pretendemos que los demás, como si fueran dueños de una magnífica bola de cristal, se adelanten a nuestras necesidades y, sencillamente, respondan a eso que esperamos. Claro, cuando no sucede, nos frustramos, nos desencantamos, pensamos que el otro nos falló. Pero, ¿es lo que el otro hace lo que nos angustia? ¿O son nuestras expectativas las que nos hacen pisar el palito de la ilusión? ¿Es el otro o somos nosotros? 

El sistema de creencias funciona como una lente para interpretar la realidad. El sistema de expectativas lo es para justificar lo que hacemos y lo que hacen los demás. Son paradigmas que nos permiten leer, interpretar y armar el mundo que nos rodea. A partir de estos filtros experimentamos emociones y tomamos decisiones.

¿Cómo se forman los sistemas de creencias y expectativas? 

Nacemos en el seno de una familia que forma parte de una cultura y una sociedad. Es decir, que desde el momento cero de nuestras vidas, la cultura nos atraviesa. Desde ese instante, y sin darnos cuenta, vamos incorporando frases y enseñanzas que conformarán el tejido de nuestro sistema de creencias y expectativas: “los nenes no lloran”, “las nenas no juegan con autitos”, “en esta familia todos hemos estudiado en la universidad”, “los domingos son para pasarlos en familia”, “ese lugar no es para que vayan niños como ustedes”, y etcétera.

Entonces, el primer boceto se esgrime en la familia, luego, la educación formal, la escuela, lo continúa modelando y, por último, las experiencias de la vida dibujan trazos con diferentes grados de prensión y precisión. Nuestras creencias y expectativas, entonces, se erigen sobre la sólida base que construyeron la educación familiar y cultural - social.

A lo largo de toda nuestra vida, y fruto de nuestras experiencias, vamos a ir incorporando y/o modificando creencias y expectativas. Es un sistema vivo, sujeto al contacto con la realidad.

Así, lo que yo espero de Juan dice más de mí que de Juan, porque responde a lo que yo aprendí que debía esperar del otro. No a lo que el otro puede, quiere o pretende hacer. El mapa no es el territorio, es un intento de representarlo. Nuestras ideas, creencias, expectativas nada tienen que ver con el otro, sino con nuestra experiencia

Tipos de expectativas 

Identidad: “deberías ser…”, “no deberías ser….”

Capacidad: “tendrías que ser capaz de….”, “cómo no vas a poder….”, “cómo no te diste cuenta de….”

Posibilidad: “no puede ser posible que….”, “será posible que siempre/nunca…”

Merecimiento: “no merecés….”, “yo no merezco que vos….”

Las características de las creencias y expectativas es que son relativas, es decir, no están fundamentadas íntegramente en una realidad objetiva. Son construcciones acerca de la realidad. Algunas son atemporales, es decir, nos acompañarán durante toda nuestra vida. Y algunas están tan arraigadas en nuestra personalidad que funcionan de manera inconciente.

Entonces, las apariencias no engañan, nuestros juicios e ideas a priori sí, en definitiva, nos engañamos a nosotros mismos exponiéndonos luego a situaciones de decepción, desencanto, malestar y sufrimiento.

Sería bueno replantearnos las siguientes preguntas: ¿qué espero de los demás?, ¿qué necesito de los demás?, ¿Qué busco en los demás?, procurando desentrañar idealizaciones, esperanzas vanas y prejuicios absurdos. Quizás así, soltando estructuras, podamos vivir más tranquilos.

Después de todo, nadie vino a este mundo a cumplir las expectativas de nadie.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com 

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