Los mil significados de vivir la vida

Los mil significados de vivir la vida

La cultura de no parar se estrelló con la pandemia y el confinamiento el año pasado cuando, sin embargo, nos las arreglamos para cocinar todo el día, hacer un millón y medio de cursos o mirar todas y cada una de las series que no habíamos alcanzado a ver durante dos o tres años.

MDZ Sociedad

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¿Quién no ha escuchado que “hay que vivir la vida”? ¿Qué quiere decir eso en realidad? Al parecer, en estos tiempos no solo tiene que ver con los desprejuicios sino también con cierto individualismo y –sobretodo- con la idea tan difundida de que no es posible parar, tener momentos de ocio o respetar nuestros tiempos mentales, emocionales o corporales.

La cultura de no parar se estrelló con la pandemia y el confinamiento el año pasado cuando, sin embargo, nos las arreglamos para cocinar todo el día, hacer un millón y medio de cursos o mirar todas y cada una de las series que no habíamos alcanzado a ver durante dos o tres años.

Exageraciones aparte, a veces me pregunto cuánto podemos escucharnos a nosotros mismos sin intentar correr tras los mandatos que otros han puesto ahí: sean viajes, experiencias, matrimonios, hijos, títulos, cuerpos esculpidos y felicidad absoluta mostrada en las redes con lujos, paisajes, amigos y copas en la mano.

Y no es que esté en contra de mostrar cosas que disfrutamos sino que a veces ver todo eso nos lleva a preguntarnos si somos los únicos que tenemos malos momentos en la vida. No obstante, tal vez eso sea tema para otra oportunidad.

¿Cuántas veces en el día realmente conectamos con lo que sentimos y actuamos en consecuencia? Y no se trata de tirar todo por la borda e irnos de juerga ni de quejarnos porque en el trabajo no podemos hacer lo que se nos ocurre sino, más bien, de saber qué es lo que queremos, de qué tenemos ganas o –al menos- de no cuestionar lo que hacemos o sentimos simplemente porque no deberíamos, porque tendríamos que estar en algo más productivo, porque “no estudié para esta porquería”, porque si alguien me viera me muero de vergüenza.

Hace poco participaba de un evento que me produjo bastante incomodidad, hasta que me di cuenta de que la molestia venía de lo que otros pudieran pensar al verme ahí. Fue tanto el alivio que sentí al percibir eso (¿podía yo saber o controlar lo que otros pensaban? ¿Era de verdad importante?) que enseguida estaba disfrutando de todo lo que allí pasaba.

Tan absurdo como suena el pasarla mal o desperdiciar el ahora dando vueltas sobre vueltas a pensamientos ajenos sobre los que no tenemos el más mínimo control. Tan acostumbrados estamos a vivir la vida de otros o por otros que ni siquiera cuestionamos esos sentimientos o, mejor dicho, no nos planteamos decirnos algo distinto sobre lo que nos molesta.

Porque lo cierto es que no hay nadie afuera que pueda hacernos sentir mal y que, nos guste o no, somos los únicos creadores de nuestro malestar la mayor parte de las veces.

¿Qué pasa cuando conectamos con nosotros de verdad? ¿Qué, cuando nos sacamos todos los atavíos que nos hemos impuesto? A mí suele darme vértigo ir hacia lo nuevo, despojarme de las historias conocidas para escuchar las otras, las más auténticas, las que de verdad tienen que ver conmigo.

En mi experiencia es un desafío cotidiano, estar atenta a mis emociones para saber qué fue lo que me dije y preguntarme si quiero cambiarlo. No hay recetas ni transformaciones instantáneas. Siempre preguntas que nos guían a otros puertos. Y la de hoy es qué significa para cada uno, de verdad, vivir la propia vida.

Por Diana Chiani, comunicadora, editora y coach ontológico profesional (COP)

 

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