Las botitas coloradas y ese remedio mágico que lo cura todo

Las botitas coloradas y ese remedio mágico que lo cura todo

Una anécdota que se repite: travesuras para matar el aburrimiento y picadoras de insecto inoportunas. Pero las familias guardan secretos, como aquel brebaje "mágico" que todo lo curaba. Los años en que nada parecía grave.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Jugábamos a subir y bajar cosas con sogas desde la terraza de lo de mi abuela al jardín que estaba debajo. El mayor de los primos varones de mi Tribu era mi compañero de aventuras y compinche de la primera infancia, con él y nuestros hermanos menores invertíamos siestas y tardes enteras en inventar entretenciones que nos ayudaran a esperar el tan ansiado comienzo de la transmisión de los canales de televisión en el verano mendocino.

Una tarde cualquiera de vacaciones buscábamos cómo trasladar sillas y muebles de arriba abajo y de abajo arriba sin tener que trepar escalones. Pasábamos horas subiendo y bajando unas escaleras de baldosas rojas que conducían a la casa grande, en el primer piso. La terraza era una gran superficie llena de macetas con flores y plantas variadas que tenía una vista panorámica del jardín de abajo, un terreno que dibujaba una letra L. No se caracterizaba por la exuberancia de su vegetación pero tenía enredaderas que cubrían todas las paredes -algunas con flores, como un jazmín del aire, o una lantana-, un par de rosales de rosas rojas, diferentes clases de pasto más o menos desparejo. Y la figura estelar ubicada en el centro: un jazmín del cabo que perfumaba todos nuestros diciembres y que, por su tamaño y generosidad, parecía más un árbol que un arbusto. Era tal su protagonismo que le habían construido un sendero sinuoso de piedras lajas que conducía a los visitantes hasta sus ramas y sus flores y que también -claro- evitaba que pisaran el pasto.

Ese día mi primo quería pasarme una silla desde la terraza y habíamos conseguido una cuerda gruesa. Yo debía recibirla debajo, sobre la tierra; estaba a pata y analizábamos la mejor manera de atar la soga de la baranda cuando sentí el primer pinchazo. Fue una mezcla de dolor con ardor y picazón indefinida que crecía en intensidad a medida que pasaban los segundos. Cuando miré hacia abajo mis pies desnudos ya no estaban desnudos, tenía dos botitas coloradas que me cubrían desde los dedos hasta encima de los tobillos y se extendían con velocidad sorprendente en dirección a mis rodillas. Resulta que durante nuestras deliberaciones acerca de cuerdas, poleas y pruebas de Física básica, yo me había parado sobre un hormiguero: no es que pisé una hilerita de hormigas rojas sino que estaba encima de una montaña de arena que abarcaba más que mis dos pies juntos de nueve años de edad.

En ese primer momento me impresionó mucho lo que vi, pero pensé que tal vez no fuera tan grave porque el dolor y la incomodidad eran más o menos manejables. De un salto salí del hormiguero y con todas las hormigas embravecidas y circulando a 150 kilómetros por hora sobre mis pies, entre mis dedos, tobillos, pantorrillas y mordiendo cada milímetro de piel que cubrían, subí corriendo los escalones en dirección a lo de mis abuelos, donde mi compañero de siestas ya había dado la voz de alerta. Mi abuelo era pediatra, uno con mucha experiencia, y sin dudas ahí estaba la solución a mi problema.

No nos equivocamos ni mi primo ni yo. Las picaduras, golpes, cortes de todo tipo, quemaduras de sol en las piletas, tenían una solución única y casi desconocida para el resto de la humanidad -con la excepción de algunos pacientes del patriarca de la Tribu que obtenían algún frasco de regalo cada tanto-. Se trataba de un preparado misterioso, un secreto familiar, una invención de mi abuelo y un amigo farmacéutico que combinaba ingredientes naturales nobles como la jarilla -con sus propiedades antisépticas y desinflamatorias-, la manzanilla, el alcohol -supongo- y otros componentes que ignorábamos pero que curaban nuestras lastimaduras y nanas. Funcionaba como lo hace hoy cualquier desinfectante, y también desinflamaba; pero para los chicos de la Tribu, además, estaba imbuido de una mística especial: todos los problemas, absolutamente todos, se solucionaban aplicando ese líquido que tenía el color del caramelo de los flanes y un olor fuerte y penetrante, pero agradable.

El pediatra tenía una buena reserva de ese fluido en frascos que almacenaba en su casa y en su consultorio. Y sus envases -un tanto más claros que una botella de cerveza- circulaban por todos los botiquines de la familia.  Se llevaban de vacaciones como se empacan el traje de baño o la sombrilla: eran indispensables. Para los niños -que no sabíamos que eso no se comercializaba en farmacias y que no era  conocido-, resultaba natural recomendárselo a nuestros compañeros de escuela que en el recreo se hacían un chichón y recibíamos de vuelta una mirada de absoluta extrañeza y desconcierto.

La tarde en que mis pies se vistieron de hormigas rojas mi primo y yo supimos que la respuesta al problema estaba en manos de mis abuelos. Ahí subí corriendo como pude, y ya me esperaban con algodones empapados en el líquido mágico, que inmediatamente alivió la inflamación del ácido que me inyectaban las hormigas. En mi caso también hubo un plus que le dio puntos extra de efectividad al tratamiento: quien me sacó las hormigas y aplicó las compresas con paciencia, cariños, mimos y frases consoladoras, fue mi abuela. Esa abuela que crió y curó a sus nueve hijos, sus veinte nietos, y más días de los que puedo recordar, ofició de secretaria del consultorio de su marido.

A los integrantes de la Tribu cada herida nos parecía menos grave y terrible porque sabíamos que existía la cura perfecta. Cuando llegábamos llorando y veíamos el frasco color miel, las gasas o los algodones el dolor retrocedía, sentíamos que estábamos en buenas manos, nuestro mundo estaba en orden.

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