El test de Cooper
Por Martina Funes / [email protected]
Tenía una sonrisa radiante y unos ojos verdes que cualquiera quisiera mirar sin límites, como se miran el fuego o el mar. Un pelo de sol, lacio y largo; una alegría contagiosa y, por supuesto, un cuerpo perfecto, estético y fibroso. Es que siempre fue una atleta, deportista desde chica: en aquellos años se destacaba especialmente en remo, pero no había destreza o ejercicio en el que no sobresaliera sin ningún esfuerzo.
Su simpatía, y una risa siempre a punto de explotar en su cara, también le daban un plus adicional a su carisma natural. Sus compañeros de curso en la Secundaria pensábamos que merecía ser la reina de la primavera, y así también lo entendió todo el Colegio, cuando sus 42 divisiones de primero a sexto año la eligieron por amplia mayoría.
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Eran esos tiempos en los que Miguel Mateos con sus Rockas Vivas nos hacía cantar y saltar como locos; cuando Julia Roberts y sus piernas de 110 centímetros cambiaron la vida de Richard Gere en Mujer Bonita; una época en la que nuestras salidas favoritas eran a las fiestas que se hacían en el patio de la Escuela. Siempre con el mismo disc jockey, el preferido para bailar, y para el tradicional pícnic de la primavera, en el que también se danzaba durante un día completo.
Ella era nuestra amiga, y la queríamos incondicionalmente, pero había un momento en la semana donde nos hubiese gustado hacerla desaparecer: la clase de gimnasia; esas dos horas semanales en contraturno, en las que debíamos demostrar nuestra agilidad y habilidades físicas. Es que todas las profesoras de educación física del Colegio la conocían, sabían de su rendimiento deportivo de excelencia y podían enumerar de memoria cada una de sus fortalezas. Así, la convirtieron en el metro patrón, la vara con la que medían nuestras capacidades: probaban en ella primero los ejercicios y adaptaban los tests de resistencia física a sus posibilidades, tiempos de respuesta y fuerza.
La gimnasia de moda era esa que popularizó María Amuchástegui, que se basaba en la coordinación: la adhesión al “y ocho más...” era generalizada. Se empezaron a usar pantalones y buzos deportivos de otros colores diferentes del clásico azul marino; el pelo se exhibía rebajado en melenas exuberantes -y por momentos un poco despeinadas- y las mejillas debían lucir el color de la tierra india. Así llegábamos a la clase de educación física: divinas, casi para la pasarela. Pero no muy preparadas física ni mentalmente para demostrar nuestra habilidad y aprobar la materia.
Las pruebas físicas y la práctica deportiva no se hacían, en aquellos años, en los patios del Colegio, para no entorpecer la concentración de quienes estaban en clase o los recreos. Se alquilaba un club que quedaba enfrente, cruzando la calle, donde había varias canchas, gradas para la hinchada de cada curso y espacio de sobra para desplegar colchonetas, cajones de salto, redes y pelotas de todos los tamaños, pesos y materiales.
Uno de los favoritos de nuestras profesoras era el test de Cooper – para ellas todo un hit, como los de Roxette en el final de los ochentas-. Era una prueba que exigía correr a una velocidad constante la mayor distancia posible durante 12 minutos. Y la combinaban con otras que servían como notas para evaluar. -Hoy vamos a tomar velocidad, resistencia aeróbica y un circuito de dorsales, espinales, abdominales, fuerza de brazos y sentadillas; nos anunciaban como quien avisa que es probable que mañana llueva. Para quienes intentábamos no vomitar mientras corríamos dos vueltas a la manzana esa era una pésima noticia.
Inmediatamente, pero con discreción, le pedíamos a nuestro amiga de las piernas y brazos incansables que tratara de hacer todo un poco más despacio y con menos efectividad -no para sacarnos diez, sino para evitar el aplazo seguro. Ella sonreía, como casi todo el tiempo, y como boxeador que entrega la pelea en el tercer round -por solidaridad y amistad en este caso- nos aseguraba que tiraría abajo el promedio; pero era tan hábil y le resultaba tan natural y sencillo correr, saltar y superar cualquier ejercicio, que la verdad no se notaba diferencia. Para nosotros seguía siendo casi imposible llegar a los tiempos y cantidades que fijaban las profesoras y en muchos casos nuestro objetivo era más sencillo: sobrevivir a esa hora de gimnasia.
Todavía hoy conserva la simpatía y frescura en su personalidad, el brillo de sus ojos verdes y sus extraordinarias capacidades atléticas. Todavía hoy sus amigas le pedimos que corra un poquito más lento cuando nos acompaña a entrenar.
