El dolor aturdido del suicidio
Una confesión inicial: esta nota me resultó difícil, porque aún trabajando en Salud Mental, cala profundo en las raíces del ego la anarquía que genera el dolor y la caprichosa dificultad para comprender que habita en torno al suicidio.
La OMS nos dice que suicidio es “ una acción mediante la cual un individuo se hace daño a sí mismo, resultando en muerte ”. Lamentablemente, hace algunos pocos días conocíamos la noticia del suicido de un jugador conocido, hecho que conduce a pensar cuántos suicidios anónimos se ocultan bajo uno que acapara la atención pública. Cuánto pesar causa un tema que nos genera emociones encontradas y que logra miradas esquivas porque nos cuesta entender ese arrebato sin sentido ni razón aparente.
Para entrar un poquito en tema, sería bueno espiar las cifras, que nos cuentan que en el mundo el suicidio es la segunda causa de muerte en el grupo etario de 15 a 36 años y que por cada 20 intentos de suicidio, uno se consuma.
En Mendoza, la DEIS (Dirección de Estadística e Información sobre Salud de la Nación), apunta que el índice de suicidios aumentó, para luego decrecer, como lo demuestran estos números:
2015: 159 casos
2016: 168 casos
2017: 197 casos
2018: 185 casos
2019: 134 casos
La mayor proporción de casos se concentra en áreas como el Valle de Uco, San Carlos, General Alvear y Malargüe.
¿Cómo podemos entender el acto suicida?
Primero, es importante aclarar que el suicidio es un proceso (es decir, implica tiempo de gestación) que compromete factores biológicos, psicológicos, culturales y sociales. Bajo el manto cultural, despierta una serie de mitos, tales como “el que se quiere matar no lo dice”, “no puede prevenirse porque es impulsivo”, “el que piensa en suicidarse es un cobarde y no piensa en los demás”, “el que dice que va a suicidarse lo hace para llamar la atención”, “los depresivos se suicidan” y una larga lista de etcéteras que merecen se rebatidos uno a uno, porque son pensamientos irracionales que despiertan emociones no adaptativas y, por ende, conductas inapropiadas.
La toma de decisión de suicidio abarca tres componentes básicos: 1) Emocional (un sufrimiento intenso), 2) Conductual (carencia de recursos psicológicos para hacerle frente) y 3) Cognitivo (desesperanza profunda ante el futuro, acompañada de la percepción de muerte como única salida). Por todo esto, el suicidio no es un problema de índole moral, se presenta como solución a una situación tortuosa.
¿Cuáles son los factores de riesgo?
Sociodemográficos
Sexo: (mujeres = Mayor cantidad de intentos / Hombres = Mayor cantidad de consumación)
Edad: 15 – 34 años
mayores 65 años
Situación Laboral: pérdida de empleo / Subempleo
Social: Inmigrantes / Desarraigo / Aculturización / Discriminación
Dificultad para acceder al Sistema de Salud
Fácil acceso a consumo de sustancias
Culturales
Relaciones Conflictivas
Rigidez Normativa
Transición adolescencia – adultez
Falta de contextos contenedores
Enfermedad mental
Depresión: Aumenta 20 veces el riesgo
Trastorno Bipolar
Esquizofrenia: Principal causa
Trastornos de Ansiedad: Ansiedad Generalizada / Trastorno de angustia / Fobias / Ansiedad Social / TOC
Trastornos de Personalidad
Trastornos de la conducta alimentaria
Clínicos
Enfermedad o Discapacidad
Dolor crónico
Pérdida de movilidad
Duelo
Enfermedades neurológicas, cáncer, artritis.
Psicológicos
Temor al fracaso
Expectativas Personales / Familiares
Esquemas rígidos culturales / familiares / religiosos
Limitada contención familiar
Pérdida de relación significativa (soporte)
¿Cuáles son algunas de las señales de alerta?
Verbalizaciones: “Quiero matarme”, “Voy a suicidarme”, “No seré un problema por mucho tiempo más” o “si me pasa algo quiero que sepan que...”.
Comunica sentimientos de soledad y aislamiento.
Conductas de alejamiento y huida.
Sentimientos constantes de impotencia, aburrimiento, inutilidad, fracaso, pérdida de autoestima, desesperanza.
Cambios radicales en su comportamiento.
Se aleja de sus amigos y/o actividades sociales.
Pierde el interés en sus aficiones, sus estudios o su trabajo.
Pierde el interés en su apariencia personal.
Empeora un posible estado de depresión (tristeza profunda).
Dificultad para visualizarse en el futuro.
Como se aprecia, el suicidio implica una serie de factores que desembocan en una respuesta compleja ante un mundo que se torna frustrante, incomprensible y, sobre todo, desesperanzador. El acto suicida se da en quien perdió la posibilidad simbólica de ubicarse en una trama de pertenencia. Se produce en el hueco vacío que denuncia una carencia de sujeción. Es la salida desesperada ante un dolor insoportable.
Y ese dolor escoltará a quienes permanecen, a quienes no pueden encontrar razones válidas. Sin dudas, la respuesta no está en la evitación; acercarnos sin prejuicios a una realidad dolorosa posibilita observar para prevenir, que es, seguramente, la mejor opción.
Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / [email protected]

