Pobreza que se multiplica: salir del pozo cuando no hay salida

Pobreza que se multiplica: salir del pozo cuando no hay salida

La pobreza estructural en Argentina parece no tener salida frente a la crisis institucional. En el medio, millones de familias aguardan soluciones de fondo que no llegan.

Zulema Usach

Zulema Usach

“Lo que nos está pasando es que si decimos que vivimos acá, nadie nos da trabajo. Ni siquiera nos aceptan para barrer las veredas o limpiar casas”, me explicaba la mujer a medida que describía cómo se las rebuscaba para poder llevar el alimento a sus hijos. Junto a más de 60 familias que vivían bajo techo de chapa, nylon y palos en un asentamiento de Las Heras, ella y los suyos habían improvisado una casita -una de las que se veía con mejores condiciones- con material más sólido, algo de ladrillos y piso de baldosas. El resto no había tenido esa suerte y de hecho, hacía muy poquito una mamá con sus niños se había mudado a vivir allí sin nada de nada: en el perímetro que estaba cerrando con alambres, se veía la tierra, algunos muebles rotos y la ropa a la intemperie mientras los niños jugaban dentro de un pozo que estaban haciendo para luego, hacer sus necesidades allí.

Claro. A todas aquellas escenas las vivencié hace ya algunos años, tratando de deshilvanar la realidad de las familias más pobres para exponerla. Por encima de ellas y de todas las familias que no llegan a cubrir lo que se llama formalmente sus necesidades básicas, como el alimento, la ropa y vivienda, arrasó una pandemia que dejó a millones en el país sobre el extremo de la marginalidad. Pero no sólo por la aparición de un virus que socavó la economía (y la vida de millones) a nivel mundial.

El freno para acceder a mejores condiciones de vida y así poder apelar a herramientas que colaboren a “salir del pozo” estaba puesto desde hacía ya varios años.

Y hacia adelante, el panorama tampoco fue favorable: la pobreza estructural (ese concepto que se cristaliza con atender a la realidad de casi la mitad de la población argentina) parece haberse vuelto un terreno tan espeso e inabarcable, que poco es lo que desde las políticas públicas se ha logrado revertir.

Pobreza que se replica con más pobreza y en el medio (o mejor dicho, muy arriba), una clase política que no logra consensos para revertirlo. Peleas, desencuentros, tires y afloje; vericuetos armados para el auto beneficio y choques partidarios que alimentan la división social, también parecen marcar el compás de los intereses políticos y sectoriales. La crisis institucional también parece plantearse de manera sostenida e irreversible.

El terreno del hambre, las enfermedades infecciosas (que no son covid) ocasionadas por la escasez de condiciones de vida; la infancia postergada, el abandono; no parecen ser los puntos de quiebre para llegar a acuerdos y consensos sustanciales; basados en el bien común; en la garantía insoslayable del Estado para garantizar los derechos humanos fundamentales.

Una vez más, los datos del Observatorio de la Deuda Social en la Argentina, elaborado por la Universidad Católica Argentina, ofrecen un panorama que da cuenta de la urgencia de dar un giro; giro que como toda decisión debe iniciarse con una idea; un pensamiento; una intención de establecer políticas que den soluciones de fondo. A largo plazo; sí. Pero con resultados que luego se manifestarán en las futuras generaciones.

El informe académico fue publicado ayer con el título “Hacia la pospandemia en un contexto de incertidumbre y desigualdades estructurales” y aborda la problemática de la crisis del empleo, la pobreza de ingreso y las privaciones sociales estructurales desde 2010 hasta el año que finaliza.

Entre las conclusiones vertidas en el análisis, figura que en ese período casi el 30% de la población del país experimentó una pobreza crónica, mientras que solo el 36,6% nunca fue pobre.

Esto equivale de decir que a lo largo de los años, aquellas personas que no contaban con los medios para poder acceder a un trabajo estable y en blanco, con sueldo digno para poder alimentarse y dar de comer a sus hijos, enviarlos a la escuela, vestirlos y al menos pagar su pasaje de colectivo, no sólo no se insertaron en el mercado, sino que tampoco lograron herramientas para poder abastecerse.

El dinero no sólo no alcanza al 48% de la población: se diluye en resolver la emergencia cuando la panza duele de hambre.

En definitiva, pobreza y abandono se replican en nuevas generaciones que aún no llegan a visualizar un horizonte claro. Sólo me pregunto si aún la joven del asentamiento de Las Heras sigue buscando quién le de un trabajo. Pienso en sus hijos. No sé si han podido ir al colegio. ¿Comieron hoy? ¿Tendrán enfermedades? Si cayeron al pozo mientras jugaban, ¿salieron? No tengo la seguridad.

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