Esas fechas inolvidables: mi relación con los cumpleaños

Esas fechas inolvidables: mi relación con los cumpleaños

Los cumpleaños pueden provocar sentimientos encontrados. La autora repasa los suyos y la dicotomía emocional entre su día y el de sus afectos.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Una concentración de cumpleaños de personas muy queridas en los últimos días me hizo reflexionar en qué significan para mí. Pensé que yo me llevo mal con el protagonismo y los reflectores que implican ese día en el año que se supone mío.

Por ejemplo, para mis padres, cada vez que se suman 365 días de ese momento en que nací, es un nuevo triunfo sobre la adversidad que enfrentaron y que lograron conquistar. Resulta que mi nacimiento fue muy accidentado, dramático, de urgencia, con ambulancias y riesgo de que mi mamá muriese y yo no sobreviviera. Llegué al mundo dos meses antes de tiempo y fui a parar a una incubadora durante más de 30 días. En aquel momento los padres no podían entrar a las neonatologías, así es que se tuvieron que conformar con ver a su primera hija de lejos. Y sé que todos los septiembres, cuando llega el día, ellos recuerdan que ganaron una de las batallas más duras que les tocó vivir. 

Desde chica he sentido, en el día que se cumple un año más de mi nacimiento, una sensación contradictoria y una mixtura de emociones. Por supuesto esperaba -y espero- que me quisieran y, claro, regalos. Aunque ahora realmente me entusiasman más las experiencias compartidas, los buenos momentos, y el cariño que supone que gente querida me dedique su tiempo libre. Hoy el tiempo me parece un valor supremo y cada día soy más selectiva cuando decido cómo lo administro. Desde que tuve consciencia de lo que significaba cumplir años y el festejo con invitados, ese protagonismo de todo el mundo pendiente de mí, que me obligaba a estar todo el tiempo feliz, me presionaba y me daba vergüenza.

Hoy no ha cambiado tanto la cosa y todavía prefiero estar detrás de los reflectores, nunca adelante. Tal vez sea uno de esos resabios de la timidez que tenía de niña y que no se termina de despedir de mi personalidad. Sin embargo, los cumpleaños de la gente que quiero me entusiasman, los espero ansiosa, y a lo largo de los años he trabajado mucho en sorpresas y momentos inolvidables para amigos y familiares. Creo que es la oportunidad ideal -aunque sin dudas no la única- para demostrarles cuánto los quiero, para rendirles homenaje, idear experiencias que les den felicidad y les hagan sentir cuánto me importan.

Algo curioso me pasa también con los regalos. No me llevo muy bien con la presión de tener que comprar presentes en fechas preestablecidas -aunque entiendo que el día en que cumplimos años es un momento único-. Me encanta regalar, ojo. Pero me gusta hacerlo sin motivo aparente o fecha que de alguna manera me obligue. Adoro ver un objeto que me recuerde a esa persona que quiero mucho y comprarlo inmediatamente, porque sí, porque sigo un impulso que es como una necesidad. Una descarga de cariño, un mimo.

De los obsequios que hago para los cumpleaños busco que en primer lugar me atraigan a mí. Intento no comprar nada que no usaría yo misma y, en segundo término, que refleje algún aspecto de la personalidad del homenajeado. O tal vez eso que sé que le gusta, pero que tal vez no se compra, aquella cosa que no necesita y probablemente postergue.

Pienso en esas fechas inolvidables para mí -los aniversarios de las personas que adoro- no sólo como una sucesión de momentos placenteros, agradables y extremadamente felices. Me los imagino como veinticuatro horas en las que al menos yo debería hacer un esfuerzo por transmitir un cariño irrestricto, por demostrarles con certeza que jamás los voy a defraudar y que siempre podrán contar conmigo. Quisiera que ese el día sea un momento bisagra; que marque para siempre una sucesión de días buenos y felices que no se interrumpan nunca. Y sentir que al menos microscópicamente contribuí a que eso pasara.

Me gustaría representar para ellos ese apoyo incondicional, acompañarlos mientras recorren su camino y que esos trayectos sean menos complicados, sin accidentes. Que las dificultades y los problemas resulten más livianos. Quisiera hacerles la vida más fácil, ayudarlos a enfrentar lo que venga y también reírme con ellos -y un poco de ellos cuando haga falta-. Siento que ese día, cuando se suman 365 días más a su vida, es el día donde tengo que condensar todo eso que siento y que me inspiran.

Esos cumpleaños son días especiales porque son el momento que marca que una persona muy valiosa para mí llegó al mundo. Y el mundo es un lugar mejor porque ellos lo habitan.

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