Amigos: siempre y para siempre

Amigos: siempre y para siempre

¿Cómo y por qué se eligen las amigas y amigos? Difícil saberlo, pero lo que es seguro es que se genera un lazo inquebrantable. Amigos, siempre y para siempre.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

La pólvora ya está inventada y siento que no hay nada demasiado novedoso para decir sobre uno de los tópicos más interesantes que existen. Pero me pregunto si las amigas se encuentran por azar, se eligen concienzudamente basándonos en una lista de afinidades y simpatías, si algunas llegan a nuestra vida por herencia, por consanguinidad, o si sólo son un accidente feliz que nos ocurre. La verdad es que no lo sé, y probablemente sean todas esas causas combinadas.

Cuando repaso en mi cabeza cada uno de esos vínculos tan potentes y definitivos no puedo recordar, casi en ningún caso, cómo nació la amistad. Sí me parece que es condición necesaria que haya ese no sé qué indescriptible, que se parece a la atracción, y que coloquialmente definimos como buena onda.

En un recuento cronológico puedo teorizar sobre que en la infancia mis amigas eran, por ejemplo, esas compinches que en el jardín me sonreían cuando las miraba, que me convidaban su merienda y que querían jugar conmigo en el arenero. Eran también mis primas, con quienes pasábamos casi todos los fines de semana, y muchos otros momentos que elegían nuestras madres.

Unos años más adelante eran mis compañeras de las escuela, con las que hacíamos la tarea y que también me invitaban a sus casas a jugar, a tomar la leche y a descubrir que ese afecto estaba formado de complicidades, confidencias y afinidades. En esos tiempos la amistad también era hereditaria y las hijas de amigas de mi mamá pasaban tiempo conmigo.

En la adolescencia la historia en común, las experiencias compartidas y el cariño, formaban parte de las características que tenían las amigas que yo buscaba conservar. También estaban, por supuesto, esos lazos que se construían a base de confianza, actividades comunes, deportes, gustos musicales compartidos. También nos unían, curiosamente, esas personalidades que de alguna manera se oponían a las nuestras; que definían nuestra afinidad por contraste y terminaban de anudar ese vínculo.

En los primeros años de la juventud la amigas eran quienes nos permitían pasar nuestro tiempo libre con ellas y sus hijos; habían fines de semana donde niños de la misma edad se entretenían mientras los adultos hacíamos lo propio; vacaciones en el mismo lugar, y tiempos de crianza y exigencias laborales parecidas.

Amistades

La amistad es un lazo imprescindible, es una unión soldada a base de confianzas e intimidades y barnizada con risas, y a veces lágrimas. Es una conexión preparada para resistir separaciones de océanos, para subsistir al paso de los años y hasta décadas. El tiempo compartido con amigas tiene un valor incalculable y prefiero un café o un almuerzo con ellas antes que casi cualquier otra propuesta.

De algunas de mis amigas me maravilla su optimismo obstinado; una manera de interpretar los acontecimientos y transitar en calma y con sabiduría su camino, en el que encuentran lo bueno en cada cosa mala que les sucede.

De otras rescato el apasionamiento por un un proyecto que creen relevante; su dedicación a la excelencia en la concepción y ejecución de sus propuestas, la responsabilidad, el compromiso y amor por lo que hacen.

La amistad, un lazo inquebrantable.

En otros casos admiro esa inteligencia pragmática que aplican a cada detalle cotidiano y que hacen mi vida más fácil. Adoro que sean capaces de enlazar un par de obligaciones en compañía y que un trámite pesado termine resultando un programa divertido entre las dos.

En estos días la franqueza y una actitud frontal y transparente forman parte indisociable de una relación de amistad que quiero cuidar. Las risas siempre suman puntos extra; igual que esa entrega que estamos dispuestos a hacer cuando sabemos que estamos entre afectos. Me gusta especialmente la manera en la que algunas de mis amigas me cuidan; agradezco de verdad que me hagan esa advertencia cariñosa que me llama a la prudencia y que sólo busca evitarme un golpazo.

Me encanta que me llamen por teléfono porque sí, sin agenda ni nada concreto para decir. Y me tranquiliza saber que no importa cuánto me enoje con ellas, ese enojo se me va a pasar, porque el cariño, el respeto y la lealtad pueden sobrevivir, y porque no hay ningún tema que sea más importante que eso que compartimos y que es incomunicable.

Para todas y cada una de ellas espero en serio que siempre estén rodeadas de personas cuya prioridad sea cuidarlas, rendirles homenajes diariamente, que les demuestren de muchas maneras posibles el cariño, y que lo hagan a pesar de las adversidades. Que sus mañanas, sus tardes y sus noches, sean una sucesión de momentos placenteros, despreocupados y extremadamente dichosos que no se interrumpan nunca. Que las quieran sin restricciones y que jamás las defrauden. Que todo lo que les ocurra sea bueno y feliz. Y si alguna vez tienen que llorar, quisiera que nunca lo tengan que hacer solas.

Cada día que pasa reviso una y otra vez mis elecciones y me obligo a rejerarquizar mis prioridades y reconfigurar todo el tiempo -y sin hacerme trampas- lo que de veras me importa. Siento que muchos asuntos que consideraba cerrados en mi cabeza hoy se reorganizan, se cuestionan, se vuelven a considerar. Sin embargo de una cosa tengo certezas: mi vida sin amigas no tiene sentido. Ellas saben, perfectamente y sin ninguna duda, que conmigo van a poder contar siempre y para siempre. Aunque dejemos de ser amigas, aunque la vida nos separe y llevemos años sin vernos, saben que voy a estar como y cuando necesiten.

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