Mama Antula: una mujer rebelde del siglo XVIII
En 1730 no había lugar en la sociedad para una mujer soltera que se moviera sola por la vida (y si lo había, no estaba bien visto). Mucho menos en la clase alta. María Antonia de Paz y Figueroa portaba ese apellido que contenía ciertas expectativas sobre su futuro. Su espíritu impetuoso la llevó a rebelarse contra su padre, que la quería casada, criando hijos en el hogar, junto a un esposo de renombre. Su espíritu generoso la llevó a entregarse a los pobres. Su espíritu piadoso la llevó a consagrarse a Dios. No fue monja (que también hubiera sido bien visto), sino una "simple" laica consagrada.
A la edad de 15 años plantó bandera respecto de sus anhelos. Empezó a participar de actividades que hacían los religiosos jesuitas en su Santiago del Estero natal y luego colaboró con ellos, a la par. Vestida con un hábito de estilo jesuita y junto con un grupo de “beatas” (otras mujeres laicas que, como ella, se habían consagrado a Dios de manera privada) visitaban enfermos, ayudaban a los más necesitados, daban catequesis y acompañaban retiros espirituales.
En 1767 los jesuitas fueron expulsados del territorio y María Antonia se lanzó a la tarea de seguir compartiendo la espiritualidad ignaciana. A los 36 años comenzó su peregrinación, literal, por el país, acercando los Ejercicios Espirituales de san Ignacio a todo el pueblo. Feminista, pues se lanzó sola –sin hombres que la “protegieran”– en ese proyecto y por esos caminos desiertos y peligrosos; y rebelde, pues se sublevó contra la Corona española y la Iglesia, al retomar la obra de los desterrados jesuitas.
Después de acercar esa experiencia de Dios en el norte del país –La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy–, se dirigió a Córdoba, donde inspiró a más de 15 mil personas a hacer los Ejercicios Espirituales. Años más tarde fue caminando, literalmente, hasta Buenos Aires, donde le presentó su proyecto al obispo del lugar, con la intención de compartir esos mismos retiros espirituales en la zona. Dicho obispo y el virrey de entonces no veían con buenos ojos a esta mujer que era considerada una loca, fanática e incluso bruja. Nueve meses más tarde, luego de muchas visitas en las que el obispo no la recibía o le reprogramaba las citas, este hombre accedió a que Mama Antula (en quichua, Mamá Antonia, como ya la llamaban entonces) llevara los Ejercicios a la capital del país.
Mujeres de la alta alcurnia, pobres, políticos, esclavos, gauchos, negros, pueblos originarios recibían la invitación a participar de los Ejercicios Espirituales. Nadie quedaba afuera: hombres y mujeres de la clase alta concurrían a los retiros con sus criados y criadas, rompiéndose así las barreras sociales. Figuras históricas de nuestro país, como Belgrano, Liniers, Moreno, Rivadavia, Saavedra, Alberdi, Castelli, Mitre, Rosas y su hija Manuela, entre otros, también participaron de sus retiros. Más tarde fue invitada también a Uruguay a llevar estos retiros espirituales.
En 1795 fundó por medio de limosnas la Casa de Ejercicios Espirituales (ubicada en av. Independencia 1100, en el barrio porteño de Constitución), donde entre 80 y 100 mil personas asistieron a los retiros de Mama Antula. Hoy es la casa más antigua sin modificaciones estructurales de la ciudad de Buenos Aires. En la actualidad, viven las religiosas de la congregación de las Hijas del Divino Salvador, inspiradas por Mama Antula, y también se llevan a cabo instancias de Ejercicios Espirituales.
Mama Antula murió el 7 de marzo de 1799, habiendo dejado una huella en la lucha por el empoderamiento de la mujer. Llevó adelante la obra de la Compañía de Jesús, congregación religiosa de hombres, cuando la mujer en la Iglesia no tenía autoridad. Se enfrentó, de alguna manera, al poder político y religioso, con quienes supo también relacionarse. En un sistema patriarcal en el que la mujer no debía actuar, hablar ni pensar por sí sola, se puso a la altura de grandes personajes de la época sin timidez, siempre confiando en que Dios la acompañaba.