El adiós a Luca y los recuerdos imborrables de la mejor época

El adiós a Luca y los recuerdos imborrables de la mejor época

El secundario es una época de revoluciones, descubrimiento y amores. Historias ocurridas dentro de uno de los colegios más queridos y un símbolo. El adiós a "Luca".

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Era el atardecer de un día de semana cualquiera, en noviembre de 1990. El patio estaba desierto, silencioso, y la luz redonda, naranja, se reflejaba rasante sobre esas baldosas que habíamos pisado tanto: para bailar, para jugar al voley, al fútbol. Ese piso que recorríamos en patota durante un recreo, donde nos sentábamos, donde nos acostábamos para esperar durante una hora libre. Esa era, probablemente, la última vez que vería al sol esconderse desde dentro de ese edificio, de esos muros contenedores que muy pronto dejarían de ser mi casa.

De repente las escaleras, las puertas y hasta las ventanas de la Escuela me recordaron que no faltaba tanto para tener que adaptarme a nuevos pasillos, a aulas desconocidas de una facultad. En pocas semanas debería dejar de habitar ese espacio tan querido. Ya no podría pasar casi todo el día en ese Colegio en el que desplegaba la totalidad de mis actividades académicas y sociales. Ese que era conocido -sobre todo-, por su exigente sistema de ingreso, y por las actividades extracurriculares altísimamente ritualizadas: sus tradicionales Tribus.

Esa tarde de noviembre mi gran amiga y compañera de banco durante tantos años me acompañó a buscar un certificado de inglés a ese mismo edificio donde funcionaba nuestra escuela. Con el papel en la mano nos sentamos en el techo de la Dirección, a mirar cómo se despedía la luz hacia el oeste. Faltaba poco para que también nosotras dijésemos adiós; restaban apenas dos horas para la tradicional despedida que quinto año le organizaba a sexto. Y más adelante vendrían también el acto de colación, la cena de egresados y la fiesta en ese mismo patio, el que había sido testigo de tanta diversión, y de algunas lágrimas.

Era difícil, muy difícil, desgarrador salir de ahí y enfrentarse al mundo adulto, adaptarse una vez más a un cambio fuerte en nuestras vidas. Era también inevitable mirar atrás y recordar esa primera vez, cuando subimos los cinco escalones que separan la vereda de la puerta de entrada.

Despedirme de esa gente que me conocía, de esa comunidad donde fui tan feliz, donde sabían y les importaba cuáles eran mis sueños, mis aspiraciones, fue una de las cosas que más me ha costado en la vida. 

Tuve que hacer un gran esfuerzo por contener unas ganas irrefrenables de retroceder en el tiempo, de volver seis años atrás. Éramos muchos los que hubiésemos dado cualquier cosa por subirnos al DeLorean de Marty McFly en Volver al Futuro y empezar todo de nuevo. Llegar aterrorizados el primer día de clases de primer año sin conocer a nadie, recorrer todo ese mundo de estudio más exigente que la Primaria, pero también de actividades extracurriculares que nos alucinaban. Elegir las coprogramáticas de los sábados a la mañana a las que no faltaba nadie. Y todo ese universo de las Tribus, que visto desde afuera suena un tanto excéntrico, pero que para los egresados de ese Colegio son postales que traemos a la memoria cuando necesitamos refugiarnos de una realidad difícil de sobrellevar.

Con esa amiga incondicional -que conocí justamente un sábado en “Escultura” a cargo de la grandísima Eliana Molinelli-, esa hermana con la que me senté en el mismo banco durante tres años; que era -y sigue siendo- un remolino de alegría; una cara cómplice y un poco pícara. La compinche que me hizo (y me hace) reír como nadie, recordamos esa tarde, sentadas en el techo de la Dirección, la sensación aterrorizante de atravesar el rito iniciático por excelencia de esa Escuela: el bautismo, esa costumbre indispensable que definía la pertenencia a una de las dos Tribus.

Y, desde ese techo, mientras mirábamos la luz cada vez más roja y tenue, no pudimos dejar de sonreír cuando comparamos la sensación de primer año y las tres horas que nos tomó sacarnos el engrudo, los huevos y el aserrín del pelo, con la alegría de principios de sexto. Cuando nos tocó bautizar, ser los padrinos iniciadores de los recién llegados. Ese año, como hicieron muchos otros, conseguimos y dispusimos toboganes y pelopinchos, donde caían los de primero, y de los que no los dejábamos escapar hasta que quedaran definitivamente enchastrados.

El bautismo de los nuevos integrantes de las Tribus siempre fue mucho más que la harina, el barro, los huevos, las témperas y todo aquello que serviría para ensuciar. Era el momento que definiría, para siempre, una identificación total con los Huarpes o a los Pehuenches; pero también -y sobre todo-, un sentido de pertenencia a ese Colegio y también a una comunidad que suelda sus vínculos a fuego. Un extenso grupo cuyos integrantes sólo tenemos que cruzar una mirada para saber que no hay necesidad de explicar infinidad de detalles y experiencias compartidas.

Luca, la mascota del CUC.

Luca, la historia de un símbolo

Bajamos del techo y mientras esperábamos a que se hiciera la hora de irnos a nuestra despedida de sexto nos detuvimos a mirar a Luca; la mascota del Colegio, el símbolo de todo eso que nos unía: la semana de la primavera, los intercolegiales, las fiestas en el patio. Recordamos juntas cómo llegó ese búho a la pared lateral de la escalera del medio del patio -un muro que hasta ese momento había estado liso-, un lunes a la mañana. Desde ese día, el símbolo más querido por los estudiantes, recibió y despidió a generaciones de Pehuenches y Huarpes cada vez que llegaban o se iban de la Escuela.

Fue en un fin de semana de 1988, cuando un grupo de diez o doce alumnos del último año que tenían a su cargo la organización de actividades en Tribus decidieron sorprender al resto del Colegio y pusieron manos a la obra un sábado a la mañana. Hicieron un rediseño del tradicional búho -que siempre había representado a esa Escuela- y lo dibujaron en una de las paredes más visibles del patio. Al día siguiente, después de fuertes lluvias que hicieron peligrar toda la sopresa, salió el sol y pudieron pintarlo con los colores que se conservan hasta la actualidad -amarillo, azul, verde y negro-. Escuchaban música con los rodillos y pinceles en las manos cuando Suzanne Vega cantó en la radio “My name is Luka, I live on the second floor, I live upstairs from you...” y decidieron tomarlo como el indicador de que ese búho, que se ubicaba en la pared, entre la planta baja y el segundo piso del edificio, debía llamarse Luca -con “c”, no con “k”-.

Desde un auto, en la puerta, nos saludaban dos de nuestras amigas que también habían sido nuestras compañeras en la Secundaria y que pasaban a buscarnos para ir a la despedida que  organizaba quinto año, en el camping del Colegio Farmacéutico.

Caminamos lento hacia la salida, bajamos los cinco escalones sin mirar atrás, con la certeza de que jamás diríamos adiós a todos esos recuerdos y sensaciones, con la seguridad de que cada vez que pasáramos por esa fachada se nos haría un nudo en la garganta y deberíamos reprimir el impulso de entrar a un aula, de sentarnos en un banco, de salir corriendo a la Cantina a buscar una de las facturas especiales cuando tocaba el timbre del segundo recreo.

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