La flauta azteca y el recuerdo de una viajera apasionada

La flauta azteca y el recuerdo de una viajera apasionada

Recorrer el mundo es importante y un deseo. Pero saber transmitir esas vivencias, compartir esos recorridos hacen, a quienes lo logran, personas especiales.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes tinafunes@gmail.com

Pareos multicolores, agua turquesa o transparente, arena blanca, palmeras con hojas de un verde indisimulable, la húmeda brisa marina sobre la piel, intensos perfumes franceses, son algunos de los paisajes y sensaciones con los que asocia mi memoria a mi madrina, la mayor de los ocho hermanos de mi mamá.

Recorrió las principales capitales del mundo y viajó como nadie que yo haya conocido; incluso debió vivir algunos años en un exótico país centroamericano por las obligaciones laborales de su marido. De niña, su nombre en mi cabeza estaba indisolublemente asociado al aeropuerto El Plumerillo, que yo sólo visitaba para recibirla cuando llegaba de alguno de esos sitios. Luego, en su departamento en pleno centro de Mendoza, me indicaba -en un globo terráqueo- dónde había estado y me contaba costumbres del lugar, comidas que había probado, y me entregaba el infaltable regalo.

Dueña de una belleza -que compartía con todas sus hermanas- y una gran simpatía, estaba siempre rodeada de amigos. Tenía una personalidad irresistible, encantadora e irrefrenable: a nadie se le ocurría darle un no por respuesta a cualquier pregunta o invitación.

Inicialmente, después de terminar la Secundaria, estudió periodismo; una carrera que ejerció, pero que con el correr de los años le quedó corta y requirió un complemento. Ya casada estudió Letras y fue medalla de oro en la Universidad Nacional de Cuyo. La recuerdo siempre con sus labios perfectamente delineados, pintados de un color rojo mate y rodeada de pilas de libros por leer y comentar, para uno de los diarios locales.

Era endiabladamente cariñosa, encontraba los adjetivos más enternecedores para referirse a sus afectos y los usaba sin mesura. A su lado cualquiera tenía la sensación de ser lo único que existía en el mundo para ella: vendedores, sobrinos, taxistas, amigos; para todos había palabras que acariciaban. Las repartía con su voz grave apenas ronca y un halo de extravagancia que era su sello distintivo.

El departamento que compartía con su marido parecía una sucursal del Museo Británico, exhibía colecciones de objetos exóticos, diferentes y variadas piezas de arte, o móviles que colgaban de columnas y dinteles. Uno de sus ambientes tenía un impresionante vitraux de colores que daba a un patio exterior y que proporcionaba cantidades industriales de luz natural.

Recorrer los ambientes de ese piso era como visitar distintos continentes y países. En cada rincón, mueble o pared, había alguna evidencia del paso de sus dueños por algún destino internacional. Cada uno de esos recuerdos encerraba una historia que yo preguntaba y que después repetía de memoria a mis primos menores. Para los niños de la Tribu ese departamento era lo más parecido que había a un universo excéntrico y misterioso. Había infinidad de adornos a los que teníamos prohibido acercarnos, y tocar estaba completamente fuera de los límites.

Entre todos ellos sobresalía uno que ejercía una atracción irresistible, era como un poderoso imán que nos arrastraba y nos tentaba. Era una flauta de cerámica pintada de ocres, terracotas y verdes suaves; la recorría una serpiente que se deslizaba desde la boquilla hasta el otro extremo. Probablemente fuera mexicana y estaba acompañada por otras piezas del mismo material que recordaban a animales sagrados para los aztecas. Su lugar estaba entre varias cajitas, caracolas de mar y piedras de las más diversas coloraciones, junto a una chimenea.

Con mis primos siempre esperábamos a que las madres se distrajesen con sus conversaciones y cafés, que se estiraban como un chicle Jirafa. Ese era el momento de jugar con la flauta y los animalitos de cerámica. Así sucedió tres, cinco, ocho, diez veces, en las que cada tanto nos pescaban y nos mandaban a la cocina por un jugo de naranja o cualquier cosa que nos alejara de esos recuerdos de escenarios remotos.

Hubo una tarde en que estábamos más agitados que de costumbre y sucedió lo inevitable: ese destino prefijado, escrito y preanunciado cien veces; la flauta se quebró no en una, sino en dos partes. Nos aterrorizamos y no tuvimos mejor idea que esconderla entre el respaldo y el asiento de uno de los sillones del living, debajo de un almohadón mullido, con la certeza de que jamás se darían cuenta que habíamos sido nosotros. No sólo fue evidente de inmediato, sino que hubo bastante enojo alrededor de la catástrofe: es que era uno de los objetos preferidos de los coleccionistas y, además, era irremplazable. Durante un tiempo, que se sintió como un exilio en el desierto, nos redujeron las visitas al museo de los tíos viajeros.

Lo cierto es que era un departamento diseñado y habitado por adultos, y justo por eso resultaba fascinante para nosotros. En la heladera siempre había productos inusuales, propios de gastronomías importadas y delicias alejadas de nuestra cotidianidad. Nada de todo eso nos gustaba, pero lo mismo queríamos probarlo. Había también una máquina de hielo, como las de algunos hoteles, que producía cubos de agua solidificada a gran velocidad: era un juguete de ensueño, que también teníamos prohibido.

Hasta los primeros años de mi adolescencia lo que más recordaba de ella eran las esperas a que llegara de viaje, la extrañaba mucho, y cada uno de esos objetos o piezas de arte que yo recorría en mi memoria, eran una prueba de esas ausencias.

Los libros, la mejor herencia.

Mi relación con ella se profundizó el día en que decidió que era momento de organizar mi caos literario. Hasta cerca de los doce años yo leía cualquier cosa que encontraba por ahí, con una avidez descontrolada que dificultaba la comprensión cabal de cualquier texto. La primera persona que vio la necesidad de guiarme fue esa madrina. Comenzó a entregarme, regularmente, algunos de los libros de la biblioteca de su estudio. Era un mueble lleno de estantes de madera que ocupaba una pared completa de piso a techo. Así empecé a leer a García Márquez, a Vargas Llosa, a Cortázar y a muchos otros autores más. Ella los seleccionaba y me los entregaba para comentarlos luego. He vuelto varias veces sobre algunos de esos primeros libros que me indicó y sus personajes son, sin dudas, esos de los que siempre me cuesta separarme cuando termino de recorrer las páginas que dan cuenta de sus aventuras. Esas historias, sus protagonistas y sus autores, están tatuados entre mis recuerdos y son un búnker al que quiero ir cuando busco refugio y protección.

Desde que nos dejó, rara vez he vuelto a organizar mis lecturas por autor, por género, por corriente literaria, o por casi ninguna categoría que no sean mis ganas. Leo de a tres libros en simultáneo, que voy rotando según el momento de la semana o el estado de ánimo. Desde que nos dejó, nadie ha usado todo ese conjunto de sustantivos y adjetivos combinados para acariciarme cuando me habla. Cuando pienso en ella recuerdo su gran biblioteca de madera y las pilas de libros en su mesa ratona, en su mesa de luz, y en su escritorio, y comprendo por qué me cuesta tanto leer de a un solo libro a la vez.

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