Familias temporarias: la aventura de dar amor viviendo el presente
La casa de Laura García (50) tiene una cuna y sonajeros, pero sus tres hijos ya cumplieron 24, 21 y 16 años. La explicación es que cada tanto la familia recibe a un bebé que ha quedado a cargo de la Justicia. Entonces el lugar se llena de grititos, llantos y juegos. Toda la rutina cambia. "Y es imposible no encariñarte, porque de eso se trata, de darles cariño, aunque sepas perfectamente que un día se van a ir", cuenta ella en diálogo con MDZ.
Laura lleva más de un lustro en el programa de familias temporarias de la Asociación de Voluntarios de Mendoza (AVOME). La entidad tiene un convenio con el Estado por el que se derivan algunos chicos y chicas que han sido judicializados para que queden al cuidado de personas que reúnen los requisitos.
Por eso Laura y sus hijos reciben, una o dos veces por temporada, a un niño/niña de entre 0 y 1 año que durante meses será tratado -y querido- como un miembro más del hogar.
"Es una opción alternativa a la 'institucionalización'", confirma la abogada Paula Michel, asesora de AVOME. "Se trata de familias voluntarias en un sentido amplio, no hace falta que sea 'un matrimonio'. Lo que sí es indispensable es tener ganas de dar hospedaje y contención a un chico mientras se resuelve su situación judicial".
O sea que el pequeño llega y meses después es posible que: a) vuelva a su familia de origen; b) sea entregado a un tío, una abuela, etc; o c) sea adoptado por papás que se anotaron en el registro de adopción.
"Esa estadía tiene plazos que muchas veces no se cumplen a rajatabla, porque la Justicia tiene que hacer un conjunto de pericias psicológicas y socioambientales", sigue la abogada.
Actualmente, AVOME cuenta con 35 familias temporarias, con el foco puesto en niños/niñas de entre 0 y 10 años. No todas están con nenes, pero las disponibles han acreditado tener condiciones psicológicas, económicas y espacio como para recibir a quien sea preciso.
¿Por qué lo hacen?
En la charla con este diario, Laura compartió mil experiencias que atesora luego de haber alojado a seis bebés, incluidos algunos que tenían enfermedades. "Antes de ingresar al programa tenés que participar de una capacitación y, obviamente, conversarlo con tu entorno, porque es una elección vital. Tiene que ser una decisión compartida", explica.
"Quien no se encariña no puede dar amor"
En su caso, lo habló con sus hijos Lucía (24), Tomás (21) y Josefina (16) e incluso con su pareja que vive en Buenos Aires, Luis. "Él ya sabe que yo vengo con un cochecito", ríe la mujer.
Y sigue: "Cuando entrás, te preguntan en qué momento y de qué edad son los niños que estás dispuesta a recibir. Porque todo depende de tu hogar. El mío, por ejemplo, no está preparado para chicos más grandes, pero nos hemos acostumbrado a tener una habitación para bebés".
Luego destaca algo fundamental: "Entonces asumís el compromiso de cuidarlo y quererlo infinitamente, pero sabiendo que no es tu hijo".
El apego
La llegada de un bebé implica dormir menos horas, darle de comer varias veces por día, seguir al pie de la letra el calendario de vacunación, etc.
"Incluso a veces hemos recibido hijos de mamás adictas, que llegan con síndrome de abstinencia y necesitan muchísimo amor y cuidados médicos", recuerda Laura. En consecuencia, se lleva a cabo un seguimiento permanente con doctores, psicólogos y otros especialistas.
—¿Y cómo hacés a la hora de la "separación"?
—Quien no se encariña no puede dar amor. El tema es tener claro cómo va a ser el despegue, aún sabiendo que eso no tiene una fecha fijada de antemano. Hay un momento en que te avisan que hay papás adoptantes y sabés que el niño o niña va a ir a una familia donde ha sido muy esperado. Para nosotros, acá en casa, esos meses compartidos son una forma de dejar una huella en el mundo. Así que es una fiesta cuando el chico llega y también cuando se va.
Al despedir a los peques, Laura arma un paquetito con todos sus "objetos de apego"; vale decir, los juguetes favoritos, la ropa, las músicas. "Incluso suelo poner en una cajita los perfumes que había en la casa y el jabón con el que lavo, para que ese ser que se va no se sienta desorientado en su nuevo espacio", apunta.
—¿Qué te mueve? ¿Una convicción política? ¿Ideas religiosas? ¿La ética?
—Por lo menos en mi caso, es más sencillo. Son los valores que les quiero transmitir a mis hijos. La idea de que no hace falta tener mucho para ayudar: alcanza con un poco de tiempo y amor. Y yo ya tengo 50 años, vengo de vuelta. Te puedo asegurar que es muchísimo más lo que cada uno de los niños deja en casa que lo que se lleva. Los agradecidos somos nosotros. 
Y cuando el nene se va, en la casa de Laura preparan un video por si alguna vez el futuro hombre o mujer que vivió con ellos quiere saber cómo fue estar ahí. "Le damos esa grabación a su nueva familia, para que si algún día surge la curiosidad, se pueda reconstruir esta historia y se sepa que existió un lugar donde esa persona recibió mucho amor", cierra la entrevistada.
Cómo hacer
El mapa institucional detrás de la aventura de las familias temporarias es más o menos el siguiente: la Dirección de Promoción y Protección de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (DGP, ex Dinaf) tiene una Dirección de Cuidados Alternativos (DCA), que a su vez firmó un convenio con AVOME. Ese convenio permite que esta última institución lleve adelante el programa mientras se resuelve la situación judicial.
Paula, la abogada que asesora a AVOME, describe el proceso: "Cuando alguien manifiesta su intención de ser familia temporaria, pasa por una serie de entrevistas y se evalúa si existe un espacio adecuado para recibir al nuevo integrante. Hecho el proceso de admisión, se firma un documento en el que se detalla que la presencia del niño es temporal y que habrá que ponerlo a disposición de la Justicia cuando sea necesario".
Y hay otro requisito fundamental: la familia temporaria no puede estar inscripta en el registro de adopción.
Todo lo anterior sonará a locura para muchos. Sobre todo en tiempos en los que maximizar el beneficio individual se plantea como la única brújula. Para otros, "invertir" tiempo en alguien que se va a ir tendrá sabor a pérdida. Sin embargo, esas metáforas bancarias no sirven para explicar a los vínculos humanos.
Es más: muchas veces, cuando las personas enfrentan grandes crisis, se refugian mentalmente en ese año, ese mes, ese día o ese minuto en el que alguien les dio cariño. Casi todos tenemos ese refugio. Por eso las familias temporarias saben que en un gesto mínimo, una canción de cuna o un juego a deshoras se puede inclinar la balanza del mundo hacia el lado del bien.
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