Cómo preparar a nuestros hijos para la revolución de la robótica y la inteligencia artificial

Cómo preparar a nuestros hijos para la revolución de la robótica y la inteligencia artificial

Hay quienes consideramos que tecnología es lo que va a sobrar en el futuro, y lo que faltará va a ser la capacidad humana de relacionarse con ese entorno, de no frustrarse frente a las transformaciones y de reconvertirse críticamente.

Alejandro Giuffrida

¿Qué tenemos que enseñar las instituciones educativas? ¿Cómo podemos preparar a un joven para que afronte su vida adulta y proyecte su futuro laboral en 20 o 30 años? Si hasta el 2019 no había una respuesta clara, después de la pandemia la brújula definitivamente se rompió. Las instituciones estamos pensando cómo readaptarnos y no quedar en el camino, con el horizonte puesto en apenas unos meses, pero los cambios son tan grandes y estratégicos que tenemos que ser capaces de abstraernos e imaginar cómo será la vida social y laboral de ese estudiante que hoy está en quinto del secundario o en el tercer semestre de la universidad.

Más allá de la remanida recomendación para que todos nos pasemos a modo informático y sólo enseñemos a programar y robotizar en los planes de estudio, hay quienes consideramos que tecnología es lo que va a sobrar en el futuro, y lo que faltará va a ser la capacidad humana de relacionarse con ese entorno, de no frustrarse frente a las transformaciones y de reconvertirse críticamente.

Esto no es una crítica a la tecnología, sino todo lo contrario: será tan habitual (ya lo es), que centrar un programa académico en aprender a programar puede que se transforme en la nueva tortuguita de Logo que copó la educación a finales de los ochenta y sobre todo en los noventa.

Las escuelas y universidades tendrán que alentar el contacto humano, fomentar el pensamiento crítico de los jóvenes para poder distinguir noticias falsas o para programar algoritmos que no repliquen los sesgos y prejuicios de la sociedad actual. No es un plan académico sin contenidos, pero tampoco es uno con centralidad en la transmisión lineal de saberes, sino en la generación horizontal de conocimiento a partir de experiencias.

Hasta no hace mucho pensábamos que la robotización iba a reemplazar las actividades más “mecánicas” de nuestras labores: un repositor, un cajero, un reporte bursátil. Después, descubrimos que la Inteligencia Artificial (IA) y el machine learning podían también manejar vehículos (se estima que los accidentes de tránsito se reducirán en un 90% gracias a esto) o pilotear aviones. Hoy, ya nadie duda que los procesos bioquímicos que se dan en el cuerpo al momento de tomar una decisión también pueden ser algoritmizables, a partir de un reconocimiento de patrones. Es decir transformados en un proceso computacional, por lo que las actividades que requieren de capacidades “más humanas”, como la medicina o la docencia, también están en duda frente a la robotización.

Equivocadamente creemos que la pelea será entre un buen profesional contra una máquina que tiene instalado un sistema determinado. Es erróneo: la competencia será entre un buen médico contra todo un sistema interconectado en red de computadoras que se actualizan a medida que cada una va descubriendo nuevas patologías, soluciones o diagnósticos vinculables. Planteado así, parece algo desigual.

Frente a esto, los educadores tendremos que privilegiar nuestra capacidad de generar empatía, de invitar a pensar críticamente. Tenemos que potenciar filósofos que puedan aplicar criterios éticos a los algoritmos, abogados que identifiquen sesgos y eviten que los sistemas los repliquen, etcétera. Es decir, apuntar a un escenario de cooperación entre humanos y la IA, y no a uno de competencia por el puesto laboral.

Si esto último sucede (si se libra una competencia contra las máquinas), es probable que, como dice Yuval Noah Harari, en un futuro no muy lejano las rebeliones no se organicen entre masas de trabajadores explotados; sino con desempleados que luchan contra la irrelevancia, excluidos por la robótica.

La IA nos pondrá frente a grandes desafíos de distintos calibres. Uno de ellos por ejemplo será la discriminación individualizada; no de grupos sociales, sino de personas a las que de acuerdo a algún criterio (muchas veces irrastreable), un algoritmo considerará que debía aplicarse una política anormal o diferente al común de los casos.

Se dará, si es que no se está dando ya, el caso de un sujeto que solicita un crédito y que la computadora lo considera no apto, aunque no se termine de entender el motivo central o la diferencia con su ex compañero de banco del secundario. Una discriminación que no genera resistencia de un grupo de personas, porque no es como en el pasado donde se prohibía a las afroamericanos subir a un colectivo o a los obreros entrar a la Plaza de Mayo.

Los desafíos en la era tecnológica no serán tecnológicos sino humanos. Con los robots y computadoras entrando en casi todas nuestras actividades, lo más deseable será la humanización, la posibilidad de tomar decisiones autónomamente, de detener manejos inapropiados de usos tecnológicos o de fallar en términos éticos ante las posibilidades de modificar la propia vida humana en una computadora.

Como sostiene Jacques Attali, lo sofisticado, lo exclusivo o premium seguramente será el vínculo humano concreto, sin mediaciones ni tecnologización en su contacto.

¿Qué tenemos que enseñar las instituciones educativas, entonces? La discusión es apasionante y aunque parezca urgente, la pandemia quizás nos permitió ver por una pequeña ventana lo que está por venir. Adelantarnos algunos años y poder pensar con cierta frialdad qué camino tomamos como sociedad al momento de elegir la educación de nuestros hijos e hijas.

Por Alejandro Giuffrida

Rector de la Universidad Champagnat

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