Cómo las bibliotecas mendocinas afrontan los desafíos de la pandemia
En plena pandemia de coronavirus y con una cuarentena obligatoria bastante estricta, muchas instituciones tuvieron que readaptarse a las nuevas circunstancias y acoplarse a la repentina virtualidad, una herramienta tecnológica que antes de marzo recién comenzaba a dar sus primeros pasos serios en la Argentina. Las bibliotecas no fueron ajenas a este proceso y tampoco escaparon a las dificultades que conlleva dicha modalidad, por lo que se vieron en la obligación de asumir nuevas estrategias de interacción con sus usuarios.
Por encima de cualquier evolución técnica o proceso administrativo, lo que resulta de máximo valor es el sostenimiento de los vínculos con la comunidad, en un contexto donde las relaciones presenciales quedaron (y aún quedan) considerablemente reducidas al mínimo, y los contactos virtuales pasaron a acaparar prácticamente todas las actividades de las bibliotecas. La capacidad de expresión y de respuesta, los malabarismos con la tecnología y hasta el afecto entre las partes, están bajo pruebas permanentes que en su mayoría resultan positivas, pero no carentes de conflictos, frustraciones y temores.
Con cierta experiencia en el uso de las tecnologías de información y comunicación (TIC), siendo un tanto superior a la media provincial, la Biblioteca+Mediateca Pública Municipal ‘Manuel Belgrano’, en Godoy Cruz, pudo sobrellevar el impacto de la cuarentena temprana sin necesidad de cerrar sus puertas, aunque debió resentir la mayoría de sus servicios que requerían la presencialidad de los usuarios y bibliotecarios. Apostando al delivery de libros y los pedidos por Whatsapp, y adquiriendo inmediatamente protocolos sanitarios, se mantuvo como la única biblioteca abierta al público durante los meses más duros del aislamiento.
Respecto a los socios, para algunos la biblioteca se transformó en el exclusivo vínculo con el ‘afuera’, como es el caso de una señora mayor que vive sola en un departamento desde que su hija quedó varada en el exterior por la cuarentena, convirtiendo a los libros en su única compañía. En ese marco, la mujer siempre deja mensajes cariñosos por Whatsapp y se manifiesta agradecida cada vez que se comunica con el personal: “De todo corazón los disfruto (a los libros) y me acompañan”.
Otros socios jubilados prefieren que sus hijos o nietos sean los encargados de pedir los libros, para que sean entregados por los voluntarios del delivery. Tampoco faltan quienes como agradecimiento, envían regalos a los bibliotecarios, desde señaladores y libros para donar hasta facturas surtidas.
Las bibliotecas populares, por su parte, viven realidades más complejas y disímiles. Algunas pueden afrontar con mayor o menor dificultad los nuevos desafíos impuestos por la cuarentena, mientras que otras quedan más rezagadas aunque sin perder el ímpetu necesario para sobrevivir, a la espera de tiempos más benevolentes.
Un caso paradigmático, y que puede reflejar fehacientemente la labor cotidiana de las bibliotecas populares, es la BP Chacras de Coria. Si bien reabrió sus puertas cuando comenzaron las primeras flexibilizaciones, esta biblioteca venía trabajando con la virtualidad desde principios del aislamiento social, en marzo, mediante su servicio de información al ciudadano, los talleres virtuales y la disponibilidad de wifi sin costo para que los vecinos puedan conectarse a internet desde la vereda. Posteriormente, se sumaron los préstamos de libros impresos y digitales, siempre bajo estrictas normas de seguridad sanitaria.
Al igual que en la B+M, la biblioteca popular chacrense adoptó la mensajería Whatsapp como principal fuente para recibir los pedidos, gracias a las bibliotecarias Adriana Conte, Jaqui Navarra y Eliana Parenti que ofrecen sus números personales a los usuarios. “La gente de mayor edad es la que más nos solicita material para leer y entretenerse, siempre por mensajes o teléfono. Además hemos sumado nuevos socios durante la pandemia”, cuentan las profesionales a MDZ.
Los jubilados resultan ser los más activos entre los socios de las bibliotecas. Ese es el caso de Elena, una señora que solía concurrir relativamente seguido a la BP Chacras de Coria: “Un día nos llama y dice ‘ustedes van a pensar que yo me desaparecí (porque tenía libros y no había podido pagar), pero es que soy un bombón para este virus: tengo Epoc y sufrí neumonía. Quiero saber hasta qué hora están porque mi hijo llega a las 14 y quiero pagar’”, recuerdan las bibliotecarias.
Otro caso paradigmático es el de Roberto, que siempre manda una lista gigante de autores donde marca los libros que ya leyó, por lo que le buscan aquellas obras que todavía le faltan por descubrir.

Más allá de las experiencias positivas y la satisfacción de cumplir con las necesidades de sus usuarios, las bibliotecas también enfrentan enormes desafíos, no solo por las circunstancias propias de esta pandemia, sino además por la falta de recursos y el escaso y ambivalente apoyo recibido por parte de las autoridades. Quizás las bibliotecas que más sufren estos problemas sean las vinculadas a la educación, especialmente las del nivel terciario.
“Es difícil tener vínculos estrechos con los docentes y estudiantes en la virtualidad cuando tenemos una brecha digital muy importante desde que comenzó la pandemia, lo que genera un vacío bastante grande”, señala Karen Mariano, bibliotecaria del Instituto de Educación Física ‘Jorge E. Coll’.
Por ende, cada vez que los bibliotecarios cubren alguna necesidad, se vive como un verdadero logro. Así le pasó con una docente que le había encargado una lista de cincuenta libros, pero de la que consiguió solo dos ejemplares en formato digital. “Estaba muy feliz y agradecida”, resalta Mariano.
Algo similar le ocurre a Rosana Martin, bibliotecaria del IMEI: “En estos tiempos se hace muy difícil estar presente como biblioteca. Comenzamos de golpe con una plataforma que nadie sabía usar y con los alumnos que tenían muchísimas dificultades para ingresar, por lo que tuve que ayudarlos individualmente para que pudieran acceder”.
Al mismo tiempo, existe una escasez crónica de material bibliográfico en formato digital y que se encuentre disponible para compartir, lo que demuestra una de las tantas deudas pendientes para los institutos terciarios.
Las bibliotecas escolares, en tanto, también se enfrentan a las carencias propias de un sistema que no les da suficiente reconocimiento ni recursos. Ello se ve reflejado en que pocas bibliotecas participan activamente en las plataformas virtuales con los docentes y estudiantes, y dependen principalmente de la buena voluntad de los directivos. El resto debe armarse de valor y mucho esfuerzo, trabajando con las escasas herramientas que tienen a disposición
“A nosotras, por suerte, nos dieron un espacio dentro de la plataforma digital escolar, donde podemos subir el material que necesitan las docentes para trabajar con los alumnos. Además tenemos manuales en PDF disponibles en Google Drive para que los profesores y chicos puedan acceder a esa información”, comenta Daniela Herrera, una de las bibliotecarias de la escuela Tomás Silvestre, de Guaymallén.
Además del uso del aula virtual, las encargadas de esta biblioteca se comunican con los docentes y estudiantes mediante los grupos de Whatsapp, donde reciben las consultas y pedidos de material extra, incluso fuera de los horarios de cursado. También sumaron un espacio de esparcimiento con películas y obras de teatro. “La interacción es mucho más intensa que en forma presencial”, resalta Herrera.


