El odio como argumento político no es un invento argentino

El odio como argumento político no es un invento argentino

El odio es una emoción negativa que ha crecido como argumento político en el debate social. Lo que pasa en las redes sociales con los haters, en las calles con los linchamientos y en las campañas políticas tienen una raíz común: el odio es un gran simplificador, "River o Boca".

Victoria Chales

Victoria Chales

En los últimos días las noticias han virado, en la medida de lo posible, del problema sanitario al económico, a internas políticas y a hechos de inseguridad que poblaron mayormente la agenda. Detrás de las cartas que se enviaron funcionarios y oposición, o del jubilado que atacó al ladrón hay una emoción compartida, el odio.

En una sociedad que tiende a simplificar entre los buenos y los malos, lo blanco y lo negro, el odio aparece como un elemento ordenador para entender dónde estamos parados y dónde está el otro. Aunque pudiera parecernos que el uso político del odio es un invento argentino, lo cierto es que surge principalmente en Europa en el período entre guerras. Fue así una forma en aquellos años de focalizar en ciertas poblaciones el enemigo interno y externo.

En América Latina, en los últimos años tenemos muchas experiencias de políticas del odio. Desde MDZ Radio consultamos sobre esta emoción negativa y su uso político al sociólogo Luis Alberto Quevedo, director de la Facultad de Ciencias Sociales (FLACSO). "El odio es un modo de organizar el campo social para volverlo inteligible". Se trata de una simplificación que nos hace más fácil acercarnos a la realidad, a los hechos y la comprensión de los mismos. "Alguien hace tal cosa porque juega en tal equipo".

En Argentina, explica el sociólogo, hay tres elementos que funcionan políticamente con el odio. Por un lado, es útil para focalizar un enemigo simplificando la política. Por eso ocurren esos esquematismos que permiten decir que el origen de todos los males es "los extranjeros, los chorros, los corruptos, los choriplaneros, las feminazis". A esto se le añade un segundo elemento que es la brutalización del pensamiento con la que para evadir toda complejidad se reduce todo a un maniqueísmo imperante.

Ahora bien, "hay una experiencia argentina más o menos reciente (porque no ocurrió al principio de la democracia allá por los ochenta y noventa) que es habilitar la palabra del odio como una palabra de la que no me tengo que avergonzar, o sea que yo tenga una identidad política porque yo odio a un cierto enemigo. No sólo no me tengo que avergonzar, sino que tengo que utilizar eso como un argumento de la política". Este fenómeno aunque reciente ha sido muy prolífero en las discusiones cara a cara, pero también en las redes sociales. No se desconoce tampoco, el papel que los medios de comunicación tienen en ello tampoco.

Lo cierto es que "hay muy poca gente que realmente se interesa por la complejidad de la política, con todos sus matices. Esos grises hacen a la riqueza de la política". El desafío es "comprender que vivimos en una sociedad diversa donde debe primar el diálogo". Si lo pensamos un poco más, añade el director de FLACSO, la democracia debiera ser el campo de recibir al otro en su diversidad, en su diferencia.

¿Qué pasa con los odiadores en las redes sociales?

Las redes sociales trabajan fundamentalmente con las emociones. En cada una de ellas, encontramos espacio para cosas distintas. Facebook es la red social, familiar, del encuentro, de las fotos viejas, de las instituciones. Es una red social amigable con un un target de 40 años o más. Por otro lado, Instagram es una red social adonde migraron los jóvenes principalmente y tiene un contenido altamente aspiracional. En otras palabras ponemos allí nuestra idea de "cómo nos gustaría ser y cómo quisiéramos que fuera el mundo".

En cambio, en Twitter es dónde transcurre el debate público simplificado en 280 caracteres y por eso, además, habilita mucho las palabras del odio porque es destruir al otro en una frase. En esta argumentación sobre la red del pajarito, Quevedo explica que es un espacio que "se presta mucho para el debate sin desarrollo, las ideas cortas y la simplificación de los slogans. Le viene bien la política del odio". Después de todo "un muy buen twittero es aquel que tiene una muy buena economía del lenguaje, pero también alguien que tiene mucho humor".

Un ejemplo de cómo opera el odio como elemento simplificador de una realidad más compleja es el uso que se le da en "ese chat que aparece a un costado de un vivo en las redes", donde no encontramos otra cosa que no sea una "catarsis enorme que no construye nada y que claramente habilita el odio y por tanto la simplificación".

Linchamientos: el odio toma las calles

En estos días se ha discutido bastante sobre algunos hechos de inseguridad en los cuales, la víctima ha intentado "justicia" por mano propia. La palabra linchamientos aparece como la cristalización de una impotencia frente al delito que ya no espera los tiempos del Poder Judicial y decide ir a castigar al ladrón con sus propios medios. Luis Alberto Quevedo repasa un poco cómo ese discurso del odio que habilita esas prácticas se fue tejiendo en los últimos años principalmente."Durante la presidencia de Mauricio Macri se habilitaron mucho los discursos que tenían que ver con matar al ladrón o al que comete un delito y el que actúa de esa manera, no solamente no es castigado, si no que debe ser premiado". En este sentido recuerda que fue "el mismo Presidente de la Nación (Macri) quien felicitó a un policía que mató a un ladrón por la espalda. Ahí la máxima autoridad del Estado habilita un discurso de aniquilamiento de alguien que comete un delito.

"En la Argentina si alguien me roba el celular en la esquina, aquí no hay pena de muerte. Pero si el Estado habilita un discurso de que si yo tengo un arma le puedo disparar en defensa propia y matarlo, se produce una tensión entre la ley y los discursos que habilitan matar al ladrón".

El uso político de los "haters" para hacer campaña: Trump y Bolsonaro.

Entre los múltiples usos políticos de esta emoción negativa, atado siempre a la simplificación de que el "otro" es el origen de todos los males y por tanto nuestro enemigo, aparece la campaña electoral como uno de los principales. ¿Cuánto lugar ocupa en los debates presidenciales del mundo el "odio" al contrincante como argumento?, ¿Cuántas veces se acercan las personas a las urnas a votar a quien le haga más daño al candidato que no quieren, ni pueden ver?"Yo no estoy a favor de...simplemente no quiero a...." es una frase que con seguridad muchos de nosotros hemos dicho.

Donald Trump ha construido gran parte de su discurso político en base al odio al inmigrante, al afroamericano y al musulmán. Sin matiz alguno cataloga a toda persona que se enfrenta a él como terrorista. "No son enemigos, no son adversarios, ni gente que piensa distinto de él, si no que son terroristas con todo lo que esto significa para el pueblo norteamericano" señala el sociólogo de FLACSO. Así, Donald Trump es un claro ejemplo de cómo "desde un enorme lugar del poder como es la presidencia de los EEEUU, se habilita un discurso donde el odio tiene su máxima expresión".

En una dirección similar, pero con otras características tenemos en nuestra región al Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. En su caso, no tiene un logro económico, institucional o de política regional que pueda mostrar. De hecho, es "alguien que se ha comportado frente a la pandemia de manera muy irresponsable". Sin ir más lejos, está gobernando sin Ministro de Salud porque sus dos funcionarios anteriores renunciaron y puso en su lugar a un cuadro militar. A pesar de la debacle económica y de que Brasil es el epicentro de la pandemia y muchos hayan muerto por COVID-19, "Bolsonaro es el político con mejor imagen de Brasil con entre 30% y 35% de aprobación. Por lo que hay una porción muy importante del pueblo brasilero que se siente identificada con ese odio, con esa política de mano dura de Bolsonaro". Aún "siendo minoría" quienes lo apoyan, no hay otra "minoría igual" porque de hecho Lula Da Silva que también tiene una imagen muy positiva, no logra el mismo nivel de adhesión.

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