El enigma: ¿Es posible que cambiemos totalmente nuestra personalidad?

El enigma: ¿Es posible que cambiemos totalmente nuestra personalidad?

Contaremos la historia de un hombre que dejó de ser quien era: Phineas Gage ¿Puede cambiar nuestra personalidad al punto tal de modificar nuestros vínculos, nuestros afectos y nuestro futuro? Te lo contamos.

Cecilia Ortiz

Nos vamos a situar en la década de 1880 en Boston, Estados Unidos. Phineas Gage había nacido el 9 de Julio de 1823 en New Hampshire. Fue un niño sano, de padres humildes pero trabajadores. Y pareciera ser que el trabajo fue un valor que lo traspasó, porque a temprana edad ingresó al Ferrocarril Rutland y Burlington y fue ascendiendo hasta llegar a jefe de cuadrilla con solo 25 años de edad. Sus jefes lo consideraban el empleado más eficiente y capaz de la empresa.

A Gage le tocó trabajar en el tendido de líneas de ferrocarril en el país del Norte. Una obra quijotesca, porque había que abrir caminos a través de las rocas. Y él en eso era bueno. Había adquirido una maestría extraordinaria, de la que hacía gala al ejecutar cada una de las secuencias que rigurosamente debían sucederse para liquidar el macizo: trepanar un agujero, rellenarlo sólo hasta la mitad con pólvora, insertar una mecha, completar el espacio faltante con arena (paso sumamente importante), apisonar bien con una vara de hierro y, prender una chispa. Los breves segundos que tardaba el fuego en devorar el sutil material de la mecha hasta llegar a la pólvora daban tiempo para correr a guarecerse. Se necesitaba de una dosis extra de concentración para tener éxito y que nadie saliera herido.

El día que cambió la historia de Gage llegó y tenía que ser así. Quizás estaba cansado, quizás había tenido una mala noche, quizás estaba preocupado o vaya uno a saber qué. Un hecho es seguro: se distrajo y, entonces, la delicada melodía de pasos desentonó. Gage puso la pólvora, la mecha y, atendió al comentario de un compañero: ahí lo agarró el destino por el cogote, porque olvidó poner la arena. Tomó la vara y, como marioneta cumpliendo el vaivén de los hilos que la mueven, apisonó con mucha fuerza. Los chispazos del hierro contra la roca provocaron a la pólvora y…no tuvo tiempo. Voló por el aire sintiendo un dolor muy fuerte.

La vara había entrado por la mejilla izquierda, perforando la base de su cerebro, al que atravesó abriendo (paradójicamente, como la pólvora en la roca) un orificio en la parte superior. Phineas no perdió el conocimiento. Sus compañeros lo llevaron a urgencias. El médico que lo recibió quedó asombrado: cráneo trepanado, pérdida de masa encefálica, pómulo partido y el mismo paciente diciéndole: “doctor, aquí hay trabajo para usted”. Después de dos meses de infecciones y tratamientos, Gage fue dado de alta.

Y el final se transformó en comienzo. Si bien recuperó fuerzas y sus sentidos estaban preservados, sus seres queridos empezaron a notar conductas extrañas en él. “Gage no es más Gage”, le confesó angustiada la esposa al médico. Antes él era un hombre pulcro, equilibrado, prolijo, correcto. Luego del accidente, estaba hosco, caprichoso, no podía perseverar en una conducta: comenzaba a hacer algo, lo dejaba a la mitad y seguía con otra cosa; era incapaz de esperar, insultaba ante la mínima falla, hacía comentarios “fuera de lugar”, hablaba a los gritos por las calles, abandonó su cuidado personal e higiene, “se quebró el balance entre sus facultades intelectuales y sus propensiones animales” rezó su historia clínica. Gage no era conciente de sus cambios.

Imagino que en la Edad Media hubiera sido declarado como poseído por el demonio y quemado en la plaza.

Tristemente, en una conspiración, las mechas, la pólvora, las rocas y la distracción firmaron el tratado de aniquilación de la personalidad de Phineas. Su esposa lo dejó después de algún tiempo, perdió todo lo que tenía, se desbarrancó económicamente y le gente le huía. Gage ya no era Gage en el cuerpo de Gage.

Los registros cuentan que se unió a un circo que lo exhibía como rareza con el que recorrió toda América y que hasta estuvo acá, en Argentina. Terminó sus días viviendo en la calle, pobre, abandonado y solo.

El caso de Phineas Gage es emblemático en Neurología, porque abrió las puertas al estudio del lóbulo frontal de nuestro cerebro: la porción que ocupa nuestra frente y la parte superior de las órbitas oculares.

Es el área que nos caracteriza a nosotros como humanos. Termina de desarrollarse tardíamente en la evolución ontológica (alrededor de los 18 – 20 años) y es la que primero empieza a deteriorarse. Se encarga, por un lado de las denominadas funciones ejecutivas: del razonamiento lógico, de la concentración o atención sostenida, de organizar, planificar y tomar decisiones, de regular los actos motores, incluido el lenguaje, pero, además, se ocupa de conservar “las buenas prácticas sociales”, es decir, inhibe conductas socialmente no aceptadas, garantiza la conservación de lo que está aceptado, de lo que “debe ser” para que podamos convivir en armonía.

El estudio de Gage permitió entender que nuestro cerebro no es un órgano dividido en parcelas, sino que funciona en red. Una masa de aproximadamente 1 kilo y medio invadida por conexiones neuronales que guían nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras conductas.

Gage no pasó a la historia por su arte, Gage pasó a la historia por aquello que no pudo controlar, por aquello que lo sorprendió. Me deja pensando en cuántas veces nuestra necesidad de orden, de dominio, de minuciosidad en nuestras vidas nos aleja de nosotros mismos y nos hace actuar un papel en una tragedia que, lejos de gustarnos, nos angustia.

Lic. Cecilia C. Ortiz / Neuropsicóloga / licceciortizm@gmail.com

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