Manolo, el custodio de Challao Land Park y su sueño de reflotar el oxidado parque de diversiones de Mendoza

Manolo, el custodio de Challao Land Park y su sueño de reflotar el oxidado parque de diversiones de Mendoza

Fue epicentro de la diversión de niños y adultos. Pero ahora es un parque abandonado en pleno piedemonte. Manolo recuerda esas épocas de gloria y se ilusiona con algún día reabrir el parque. Por qué cerró.

Cecilia Corradetti / Especial para MDZ

Afloran las emociones cuando evoca su viejo parque de diversiones. A sus setenta y largos, Manuel Martín -“Manolo”-, describe con claridad la época de oro de este rincón de felicidad que supo alegrar durante décadas a miles de niños de una amplia zona de El Challao, esta villa tranquila y apacible situada al pie de los cerros.

Es que, por entonces, la localidad, plagada de historia y naturaleza, representaba un punto estratégico donde familias enteras transcurrían su tiempo libre alentadas por su inigualable paisaje; su surgente natural  y su imponente iglesia Nuestra Señora de Lourdes, que aún hoy recibe a miles de fieles.

“Manolo”, que es soltero y vive en el centro de Mendoza, repasa cada juego y cada momento como si el parque no se hubiese convertido en un depósito de hierros oxidados y retorcidos que yacen arrumbados a escasos metros de la plaza central pero que, como paradoja, conserva intacto el  resplandor de otros tiempos. Se emociona, una y otra vez, mientras contempla  los toboganes descoloridos; el “telecombate”;  la rueda gigante y el pulpo desvencijado, escondido entre tunas y aguaribay, así como la calesita y el tren con sus rieles todavía firmes.

Los megáfonos, desde lo alto, custodian este cementerio de juegos que supo ser competencia de otro parque local importante: “Challaolandia”, que también marcó una época, aunque, según aclara, “no contaba con las innovaciones que sí había adquirido Land Park. “Quisiera reflotar este lugar. Claro. Ha sido mi sueño desde el momento en que nos vimos obligados a cerrar”, se lamenta, y responsabiliza a los políticos de turno que sólo le respondían año tras año con exigencias y tasas elevadísimas a sus pedidos de reapertura.

 “Como sucede siempre, no la hacen fácil a los que quieren trabajar.  Ellos pretenden el bien propio, nada más”, critica.

Jubilado, cuenta que toda la vida su familia se dedicó a este rubro que tuvo su esplendor en los años 70 y 80. De hecho, comenzó como locutor de publicidades de parques de diversiones y, de allí en más, se desempeñó en varias empresas, como Ital Park, Hollywood Park, entre otras, siempre viajando de ciudad en ciudad, hasta que pudo hacer realidad su sueño y desembarcar de manera estable en el lugar que lo vio nacer.

 

 Su madre, María Gracia, era la encargada de la boletería. Casi no había descanso. “Nunca fue intención hacernos millonarios. Cualquiera puede darse cuenta de que este trabajo es una vocación, es un modo de contribuir a la felicidad de los niños. Pero los gobernantes me pusieron trabas durante décadas. Si hoy encontrase un socio que me ayude a sacarlo adelante, no lo dudo”, enfatiza.

Cae la tarde en El Challao. El otoño y su manto amarillo representan hoy  los únicos testigos y protagonistas de un sitio que marcó la historia de lugareños y visitantes. Un lugar que supo brindar alegría y que más allá del tiempo, se resiste al olvido.

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