El cincuentón desubicado

El cincuentón desubicado

La historia de un hombre que se lanza de grande con algo que no sabe manejar. ¡Mirá cómo termina!

Viviana Muñoz

Por Viviana Muñoz

Lunes. 8 y 15 de la mañana. El café de siempre. Quique, el primero en llegar. Sweater a rombos, campera canelón azul marino, botas tipo trekking, bien calentitas. Le gusta estar a tiempo para sentarse al lado de la ventana antes de que lleguen los demás.  “Ja, pensó mientras se sentaba, se quedan en la puerta del colegio para ver a la mamá nueva que está re buena y recién separada.” “Al final, tanto la van a mirar que se va a dar cuenta.” “Qué bolas, che”. “Lo único que falta es que después se arme lío y le llegue a Silvana el comentario. Y ahí se me acaba el café, los torneos con los chicos, las caminatas de los domingos. Todo se acaba”.

Estudió la carta un minuto porque a veces le parecía que se le iba a antojar algo para cambiar, pero… pidió lo mismo de siempre: Café con leche, 2 medialunas, jugo chico. Promo 1.

De a uno fueron llegando los demás. Con las mismas camperas, y el mismo dudoso criterio para los zapatos pero con anécdotas jugosas de separados y vídeos jugados, a granel.

Le gustaba el ritual diario del cafecito con los padres del colegio. Habían ido pegando onda a través de los años, y entre torneo de fútbol y acto patrio, se habían ido acercando. Pensar que había dudado bastante en elegir ese colegio que al final, no era tan careta.

No había llegado el pedido y ya empezaba la discusión de nunca acabar. Si Cristina lo manejaba a Alberto, si el dólar subía en los próximos días y si hacían ese viaje a cualquier lugar del mundo con o sin mujeres.

Cada mañana, antes de que empezara la calentura por la grieta, rajaba. Prefería no entrar en quilombos. Dejaba la plata de su consumición, se terminaba el vasito de soda y se iba a la concesionaria de su suegro para empezar las tareas administrativas del día. Su preocupación en la agenda semanal era que no se acomodaran los precios de los 0km porque entonces no le iban a vender un usado a nadie.

Al mediodía, cuando se volviera a almorzar a su casa, compraría ese cuartirolo de oferta que se veía bueno para las pizzas caseras que éste viernes le tocaban a él. El sábado estaría temprano arriba para llevar a Mateo al partido. Esta vez se controlaría un poco para no darle tanta indicación en la cancha, como le había aconsejado el entrenador. El domingo, después de volver de lo de sus suegros, se pondría a regar el jardín con una buena cervecita.

Planes simples, vida organizada y por sobre todas la cosas, sin complicaciones.

Ese viernes la noche estaba linda, algo fresquita pero con un abrigo y al lado del fuego se bancaba. Terminó de arrinconar sobre la parrilla las porciones de pizza que habían sobrado. Tanto acomodar las brasas le ardían los ojos. Limpió con la camisa los vidrios de los anteojos y se unió al grupo que ya debatía sobre algo que él se había perdido. Uno de ellos preparaba un fernet y contaba cómo había conseguido que le bajaran la cuota del colegio. 

A Quique le daban terror las deudas. Él por suerte no había empezado la ampliación de la casa y con lo de Silvana, más lo suyo, se arreglaban. No podía quejarse. No se privaban de nada. Pagaban el préstamo y les quedaba siempre un resto que iba directo a la caja de las vacaciones en Potrero de los Funes. Ahí sí que se olvidaba de todo con las patas en el río, sin preocuparse por los repuestos de auto que no llegaban, ni por la yerba seca que el suegro le dejaba desparramada sobre su escritorio.

Aceptó un Fernet y le agregó dos hielos. Hablaban de que a esa edad, ya tenían las cosas claras como para mandarse macanas muy grandes. Habían salido ilesos. Y empezaron a enumerar los pendientes que fantaseaban con cumplir. 

Quique los seguía divertido pero negando todos. Siempre pensaba lo mucho que podía perder si se mandaba alguna. Por las dudas borraba sistemáticamente  los vídeos y fotos de cada grupo de whatsapp y obviamente nada de mandar emoticones, caritas o corazones... nada de eso.

En medio del desafío de lo que iban a cumplir, uno de ellos, con un gesto de duelo a muerte, metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó dos porros.

"¡De abogado a dealer!", gritó otro riendo.

A Quique le cambió la cara de inmediato. “No, no, loco paren. Están Silvana y los chicos”. “Esa huevada tira un olor que se va a meter en toda la casa”.

Mientras cortaba otro poco de ese dulce de membrillo que su mujer les había dejado, los demás ya estaban prendiendo uno. Para no ser parte, se fue a la parrilla a mojar esas brasas y sintió como el grupo empezaba a reírse de cualquier estupidez.

“Vení Quique, una sola”. “Qué te va a hacer!”

Refugiado en su Fernet los miraba como ya medio recostados en las sillas, a carcajadas, se acordaban del partido del miércoles con los papis del otro curso. Cuando recordaron la zancadilla al Gordo Ibáñez estallaron todos llorando en el piso.
Se fueron temprano, aunque a él se le hizo largo porque se quedó afuera de la joda. ¿Fue su impresión o realmente demoraron una banda en subirse a sus autos?

Antes de apagar las luces del jardín, vio el segundo cigarrillo casi entero al lado del membrillo. Salió apurado para alcanzarlos pero fue tarde. “Lo tiro a las brasas aunque después me puteen”. 

Miró para el jardín de al lado, chequeando que no anduviera el vecino que siempre hacía denuncias por todo y antes de tirarlo, lo olió. “Rico che.” Lo apretó con los dedos para ver si tenía partes duras. Lo miró más de cerca sosteniendo los anteojos con una mano. Lo olió otra vez. Y en el primer atisbo de curiosidad en su vida, lo acercó a una brasa encendida entre las cenizas y le mandó una pitada a medias. “Todas pavadas” pensó… “Tanto espamento por un poco de humo”.

Imitando la maniobra que había visto en las películas metió una segunda, bien larga. Nada. “Al final se reía más con la película del oso ése que dice malas palabras”. “¿Cuánto les habrá salido esta porquería?” .

Miró la ventana de los chicos que seguía a oscuras y fue la tercera. Esta vez bien a pecho. Tan larga que evaporó la mitad del faso. Y ahí sí: se fue... lejos. Hasta el cielo. Descubriendo un centro de bienestar que tenía alojado en alguna parte de su cuerpo a la que jamás había llegado. Flotando como un drone sobre el dulce de membrillo. Sonriéndole a las brasas pícaras que no se habían apagado.

Y así, entre pitada y pitada, sólo en su jardín, Quique, el papá de Mateo, el vendedor de usados, el que llegaba primero al café, se inició, a sus 46, en una vida de fumón que nada tenía que ver con su sweater a rombos.

Y como todo nabo que quiere arrancar de grande, y de un día para otro, esos pendientes de pibe, confundió todos los códigos.
Sintiéndose liberado por el hallazgo, caía a las reuniones de padres con los ojos achinados. En la reunión del viaje de fútbol, estalló en carcajadas abrazando al coordinador cuando dijeron el precio por alumno.

Cuidado, Quique, cuidado....

Había comprado un frasco de flores a uno de los pibes de la concesionaria y se le dio por llevarlo orgulloso a todos lados... por si daba. Tirándole indirectas a la sobrina de 19, en pleno asado familiar, que lo miraba sin ninguna intención de compartir nada con él.

Mandando comentarios disimulados en las juntadas de parejas, para allanar el terreno, y plantar el frasco en medio de la mesa y de las miradas espantadas de las mujeres.

Quique, había perdido, en todo sentido: el filtro.

Se ponía re loco en los partidos de Mateo, gritando el gol del equipo contrario. Ofrecía en dónde no daba y fumaba en horarios inconvenientes, Y como buen novato, tosía y tosía sin saber bien cuándo parar.

Ahora, pedía en el café un submarino con porción de chocotorta. Promo 5.

En otro viernes de pizzas, volviendo a casa, no parecía reconocer los bocinazos de otros autos que lo pasaban enfurecidos a una velocidad increíble, pero pudo divisar unas luces brillantes que daban vueltas y pegaban contra su parabrisas. Estas últimas flores eran mejores que las de los muchachos. “¿Será que la mezcla con vino las ponía más copadas?”.

Se detuvo en la banquina encandilado por la maravilla. Una mujer de azul, lo esperaba detrás del vidrio. Le sonrió largamente, inmóvil, balanceándose en el asiento, invitándola con alegría a balancearse con él a través del vidrio. Ella hacía movimientos que no lograba registrar bien. Acercó la cara al vidrio, tirando bocanadas de aliento para empañarlo, sonriéndole y mostrándole su bienestar. Al verla tan predispuesta, deslizó el levanta cristales y escuchó como muy de lejos las palabras mágicas: carnet de conducir, documento, baje del vehículo.

Tardó 4 minutos en lograr el cometido, más obnubilado todavía por las hermosas luces de neón que giraban en todo el lugar. Se acercó a ella, agrandando su sonrisa. Y con la cabeza hacia un lado, entregado a la paz que le enviaba ese centro desconocido de su cuerpo, certificó su identidad poniendo en las frías manos de ella aquel frasco lleno que tanto había insistido en llevar de aquí para allá.

A Quique le costó las vacaciones de ese año convencer al comisario. Y meses reconciliarse con Silvana y con el entrenador de Mateo.

Recuperó su rutina sentado en el café de siempre, llegando antes que los demás, con la campera canelón azul, pidiendo la Promo 1. Acomodándose otra vez en esa vida que, como sospechó siempre, era más para él.

N de la A: Lo que pasa Quique es que para cada cosa hay una edad y, sobre todo, un contexto. No hay vuelta que darle.

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