Un vuelo inolvidable: fantasías arriba de un avión
La conoció en un vuelo de esos que todo el mundo quiere hacer con compañía. Ezeiza-El Prat. Ella llegó un minuto antes de que anunciaran el cierre. Cuando la vio atravesando el pasillo no pudo evitar ponerla en cámara lenta como hacía cada vez que algo le parecía extraordinario. Era un mecanismo inconsciente que sólo utilizaba para disfrutar más tiempo de esas escenas que parecen de película.
Así, en modo slow, ella se aproximaba hacia él, rozándose de frente con la azafata y luego pegándose a la espalda de aquel afortunado grandote que justo acomodaba la valija de mano arriba de su asiento. El imaginaba que su perfume era de esos que se crean para una única persona. No pudo dejar de hacer zoom en las puntas de su pelo castaño tocando el escote que subía y bajaba con la inercia ralentizada por el efecto de su imaginación. Cada paso era un zarpazo felino que lo dejó en completa evidencia, mirándola embobado, dejando para después poner su teléfono en modo avión. ¿Dónde iba a sentarse? “No te puedo creer Raúl que viene para acá… “Ay Dios, no… el vuelo más feliz de tu vida”, se dijo mientras ella chequeaba su bording pass, mirando las filas llenas. Se detuvo dos antes que la de él. Fila 42, asiento J, cuerpo derecho. El desde la línea H del cuerpo central, la escuchó hablar con la señora sentada en pasillo, intentando negociar un cambio que no pudo ser. Antes de pasar a su lugar, le clavó la mirada, tan directamente como si fuera culpa de él que no la hubieran satisfecho. Raúl miró hacia atrás chequeando si lo había mirado a él. Y en su cámara subjetiva ese grupo de chicas adolescentes que parecían ir a alguna competencia le confirmaron que sí, era para él. Pensó que, un poco también, la culpa de que ella no quedara ubicada en pasillo para mirarla toda la noche era de su falta de suerte en estos asuntos.
Raúl era de esos tipos que preferían dejar el tema levante para los amigos con más dotes. Inmediatamente lo embargó la decepción a la que ya se había acostumbrado, después de su divorcio y de unas pocas citas fallidas. Había decidido correr ese tema de su cabeza. Los deseos imposibles siempre le duraban un instante. Había perdido aquel lejano optimismo. Lo malo de volverse grande es que se pierde la ingenuidad y ya no se puede entonces luchar por causas que valgan realmente la pena. La sabiduría de la edad viene también con una dosis de abulia…
Raúl se acomodó en su asiento resignado, miró al hombre que estaba a su lado que ya sudaba por el despegue inminente o tal vez por su obesidad avanzada. Y bueno, ese parecía ser su lugar en el Mundo. Ahora sí, se puso en modo avión.
El piloto saludaba a la tripulación y él se concentró en la mímica de la azafata pensando si todos esos protocolos, en caso de accidente, se cumplirían en ese orden de cordura y con la misma sonrisa pelotuda. Cuando vio con la facilidad que inflaba el chaleco entendió que no. Y moriría asfixiado abrazado a su terrible compañero de fila. Giró su cabeza evitando el aliento de su vecino, demasiado cercano, y vio entonces la luz en el túnel, el paraíso perdido, la recuperación instantánea del optimismo por lo imposible: La fila de tres lugares a su derecha completamente vacía.
Mientras con una panorámica recorría el pasillo, escuchó el anuncio en altavoz de vuelo cerrado. Un arrebato de ansiedad le levantó las pulsaciones. Porque claro, el corazón siempre late mucho más fuerte ante la posibilidad que ante el hecho concreto. Pensó en todos los pasajeros que al darse cuenta de esta oportunidad tirarían sus bolsos de mano desde la otra punta para guardar el espacio, que en un vuelo de 14 horas era algo así como un hotel 5 estrellas. En cámara rápida se cruzó al otro lado, sacándose la campera para cubrir los otros dos asientos, avergonzado por la imprudencia. Sin pensarlo dos veces, se acercó a la bomba de pelo castaño y le dijo, “Ahí liberé mi asiento de pasillo, por si preferís.” Ella lo escuchó a medias mientras se sacaba los auriculares. Le sonrió con los dientes más perfectos que vio en su vida detrás de labios que sólo podían contemplarse en películas de Fellini. “No sabés lo que te agradezco”.
Raúl se apuró a ocupar su asiento recientemente usurpado, al mismo tiempo que detectó el gesto de desagrado que a ella le causó ver a su ex compañero sudando ya en pleno carreteo y aprovechando el envión, en un reflejo iluminado, se corrió dos más y le dijo: “Sentate en el mío, yo en ventanilla estoy bien”.
Despegando, la vio cerrar los ojos y agarrarse fuerte del asiento que los separaba. Esta vez en súper slow. Nada más conmovedor que una mujer así de sexy en un estado así de vulnerable.
Ya en el aire, se acercó la azafata y ofreció las opciones de cena. Ella espontáneamente lo miró y le dijo: ¿Qué comemos? Y eso para Raúl fue escuchar violines en todo el ambiente. Le sonó a los primeros tiempos de su matrimonio perdido, a seguridad, a la tranquilidad que dan las relaciones estables por no tener la obligación de seducir a alguien. La miró conmovido otra vez y le dijo: ¿Pastas?
Era perfecta. Demasiado para tener alguna esperanza. Tan dotada de arriba, de abajo, del medio y con el buen gusto necesario que la ponían en el lugar de “mujer inaccesible”. Y para colmo, parecía tener la perdida habilidad de generar comodidad en una conversación real, cara a cara.
Cuando el avión quedó en esa media luz tan acogedora los dos dijeron que sí a un whisky. Impulsados tal vez por la premisa de que en tránsito no hay reglas, ni costumbres, ni moral, y uno puede hacer cosas que en tierra firme no se permitiría.
Después de mentirse un poco sobre cómo eran sus vidas, ella le propuso ver una película. Con el avión ya a oscuras, la película ya en la mitad, ella levantó los apoyabrazos y sin permiso, se recostó a lo largo de los asientos, apoyando la cabeza en sus piernas, mirando el monitor. Las pulsaciones de Raúl volvieron a subir. Otra vez la escandalosa posibilidad. “Por favor, controlate, no lo arruines”.
Empezó a sudar como aquel ex compañero de fila. Respiró hondo. Intentó auto convencerse. Ella era una mujer bastante más moderna que él, fresca, espontánea. Otros códigos. Esto era sólo un gesto de comodidad. Inmediatamente sintió como su intención ya lo dejaba con la evidencia suficiente para descartar el comentario disimulado que estaba por hacer.
Bueno, bueno, si ella se mantenía quieta nada grave iba a pasar. Su cabeza bien podía ser un libro apoyado en su regazo. Era cuestión de quitarle importancia. (Su imprudencia se agrandó un poco más…) “Vamos Raúl, no pases un papelón.” “Es una mina con la que podrías pasar 10 días de romanticismo”. Se pensó junto a ella en plano secuencia, los dos caminando por La Rambla, compartiendo unas tapas en el Gótico, riendo avergonzados ante un Picasso, comprando especias que jamás usarían en la Boquería.
Tiró su cabeza para atrás, como buscando un poco de aire fuera de esta fila de tres que ahora sólo estaba ocupada por la posibilidad, esa que hacía que su corazón se escuchara en toda la cabina. Subió la persiana de la ventanilla para distraerse con un aire nunca llegaría, mirando de reojo la película para no quedar fuera del argumento. Se concentró en la lámpara del techo, pensando en encenderla. Fue ahí, cuando ella sin ninguna tensión previa, sin ningún gesto corporal de incomodidad: giró. Y así, no pudo evitar encuadrar esos labios junto a su entrepierna en un primerísimo primer plano aunque ella, sin darle trascendencia a la cercanía, le hablara sobre la película y su paralelismo con la protagonista.
Dios mío. No era posible. Su aliento tibio al hablar golpeaba contra su bragueta ya al borde de la explosión. “Raúl por favor…” Ella se acomodó, incorporándose un poco, apoyando el dorso de su brazo para sostener su cabeza con la mano, y ya permitiéndole ese espacio él logró jugar con ella a que se conocían de siempre. Y ahí sí pudo dejar de pensar con todas sus partes.
Hablaron toda la noche, le siguió la conversación sin detalles de vida privada que la hacía más genuina todavía. Compartieron el desayuno ya con la naturalidad de una pareja de hace tiempo. Sintiendo que ésa era su vida de siempre bajo ese efecto del no-tiempo y no-lugar que causa estar arriba de un avión.
Ya aterrizados la cinta parecía traer todos los equipajes de todos los vuelos, menos el de él. En plano general, la miraba a ella que más adelante esperaba el suyo. La adivinaba tomando el de los dos. Se irían juntos al hotel y de ahí al Paseo de Gracia dejando para el atardecer la sangría y la discusión de si les gustaba o no Gaudí. Cuando volvieran a Argentina, decorarían su nueva casa con la aprobación de sus hijas que la aceptarían como una nueva amiga y confidente.
La vio desde el mismo plano tomar su valija de cuero y darse vuelta para mirarlo. Le sonrió otra vez con esos dientes increíbles, con esos labios, con esos labios. Y en cámara subjetiva la siguió en su balanceo exagerado y dedicado exclusivamente para él.
Detrás del vidrio de aduana un hombre de sobretodo tomó su valija y la besó en esos mismos labios en los que Raúl había hecho tanto foco.
El pasajero gordo se le acercó y le dijo amable: ¿será esa su valija? Es la única que queda dando vueltas. Raúl lo vio en ese primer plano tan crudo, que en un sólo fotograma lo devolvió a su lugar en el Mundo. Emuló una mueca de agradecimiento en su gesto de resignación.
Caminó despacio reacomodando la realidad y la fantasía.
Si mañana tenía tiempo iría a la Sagrada Familia, tal vez en busca de una nueva experiencia.
Porque entendió que, finalmente, los viajes se disfrutan mucho más en el recuerdo.