Historias sorprendentes de los mendocinos varados en Máncora

Historias sorprendentes de los mendocinos varados en Máncora

Vinieron a esta ciudad peruana por unos días y llevan casi un mes en cuarentena por el coronavirus. No pueden ni siquiera arrimarse a la playa y sobreviven con poca plata. El giro inesperado que convirtió la alegría del viaje en incertidumbre y tristeza.

Juan Carlos Albornoz

Juan Carlos Albornoz

*Juan Carlos Albornoz desde Perú

Todos saben que ya hay un caso de coronavirus en Máncora, una pequeña ciudad costera del norte peruano a la que llegaron hace por lo menos un mes más de 150 argentinos.

Entre ellos hay diez mendocinos. La noticia de la llegada del coronavirus a esta ciudad sin hospitales representa otro desafío de supervivencia. Uno más que se suma a la falta de dinero, la obligación de cumplir con el riguroso estado de sitio impuesto por las autoridades nacionales y la incertidumbre de no saber cuándo van a volver a su provincia.

Para algunos de ellos, todo lo que está pasando es casi una broma pesada. Es el caso de Carlos David Gizzea (42), un comerciante de Maipú para nada "cheto", quien antes de venir a Perú tenía una idea muy diferente para sus vacaciones: recorrer en auto nuestra ruta 40.



Sin embargo, un vecino peruano lo sedujo con la idea de conocer este país y hasta le ofreció sacar los pasajes con su tarjeta, porque él no tiene una. Logró convencerlo y así arrancó está rara aventura.  Al fin y al cabo, Carlos nunca había viajado en avión y unas vacaciones diferentes eran un buen regalo para su mujer, Adriana Ortiz (42), con quién está casado hace 25 años.


Llegaron a Lima en avión el 5 de marzo y un día después compraron pasajes en colectivo a Piura, para completar el recorrido hasta una ciudad cercana a Máncora. Ya en la playa, se alojaron en un hotel del centro y tuvieron unos días bonitos, seguramente, hasta que el domingo 15 de marzo se les vino la noche.

Desde que el presidente peruano anunció la cuarentena, Carlos se pasa los días mirando en su celular apps sobre aviones y buscando certezas para el regreso, pero no consigue ninguna.

Muy ansioso, se ha metido en todos los grupos de WhatsApp para buscar información y pedir ayuda. "Hoy estoy pinchado porque en algunos grupos dicen que esto puede durar hasta junio. Yo no soy una persona de plata y no tengo guita para esperar tanto", comenta el viajero desilusionado.

Sin embargo, esa no es la pena más grande para Carlos. La tristeza mayor es el llanto de su hija Selene (18), quien no asume la situación de varados de sus padres.

Selene se quedó en Mendoza con su hermana. "La mayor, Ariadna, que tiene 23, se ha hecho cargo de la casa y lo toma bien. Pero Selene no y eso me tiene muy mal", cuenta Carlos, quien no puede hacer nada para consolar a quien más lo espera en Mendoza.

No muy lejos del hotel de Carlos y Adriana se encuentran Naila Augier (26) y Débora Augier (27), dos primas que se vinieron a Perú a mediados de marzo para conocer Lima, Cusco y Máncora.



Son de Maipú también. Naila es dueña de  local de venta de aberturas y Débora trabaja para ella. Cuando el virus comenzó a desesperar a los políticos y se anunció la cuarentena en Perú, tomaron una decisión: decidieron no conocer el Machu Pichu y se vinieron directamente al norte peruano. "Vinimos a Máncora porque pensábamos que en el norte íbamos a estar más protegidas del virus por el calor, pero no sé si hicimos bien", cuenta la joven.

Llegaron a esta ciudad el 16 de marzo, es decir, en plena cuarentena. O sea que poco y nada pudieron disfrutar de la playa ni nada. Todo lo contrario. Débora dice que se siente "ahogada". La angustia y las dudas, ciertamente, la tapan de a ratos: se nota que es la más frágil de las dos.

Más que nada, Débora está preocupada por la cuestión económica y el casi nulo saldo de la tarjeta: tenían pago el hostel nada más que hasta el 31 de marzo y no saben cuánto les van a cobrar por los días de abril. Tampoco hasta cuándo se van a tener que quedar aquí.


Si yo fuera su amigo y estuviera en Mendoza, le llamaría o escribiría seguido, porque le hace bien que le den ánimo. Mejora tanto que después de una charla positiva se acuerda que es joven y dice que no se resigna a volver algún día a Perú, cuando pase toda esta locura, para completar el viaje y conocer el lugar que quedará pendiente: Cusco.

Otros jóvenes varados en Máncora son Nicolás de Carlos (30) y Magalí Sebok (29), quienes son de Guaymallén. Ella es psicóloga y él trabaja en un hotel.

La pareja llegó a Lima el 12 de marzo y tres días después, en otro avión, completaron los 1.100 kilómetros de distancia que hay con la playa del norte peruano.

Tomaron por la tarde del domingo 15 de marzo un taxi en el aeropuerto de Talara, hicieron otros 60 kilómetros y, al bajar en el hotel de Máncora, el dueño les dio la peor noticia: ellos eran los últimos huéspedes que recibiría pues el país acababa de entrar en cuarentena.

Al otro día, bien temprano, salieron a caminar por la playa por primera vez. Pero los paró la policía para regañarlos y no volvieron a hacerlo nunca más.

Magalí dice que el 15, cuando se subieron al avión de Latam que los llevaría de Lima a Talara, notaron un ambiente raro. "Hubo demoras en la salida pero Latam no nos dijo nada. Es una lástima porque, de saber lo que nos iba a pasar, nos hubiéramos vuelto ese mismo día a la Argentina", cuenta la psicóloga.

Ha pasado casi un mes y Magalí y Nicolás todavía aguantan la estadía gracias a las tarjetas de crédito. No se quejan demasiado y hasta confían en que el Estado Nacional, en algún momento, los va a repatriar. Pero advierte: "Hay gente que está muy complicada en esta espera".

De todos los viajeros, quizás el que peor suerte tuvo fue Ignacio Ferrari. Este joven de 23 años que vive con sus padres en la calle Lisandro Moyano de Las Heras salió en enero a hacer un solitario viaje por Latinoamérica. Visitó Bolivia y llegó a Perú el 7 de febrero.

Estuvo en Cusco y luego se vino a Máncora. Lo tomaron como "voluntario" en un hostel, en donde trabajó por la cama y una comida. Tenía previsto volverse a la provincia el 9 de marzo, pero en el hostel le hicieron una oferta tentadora: un mes y medio de trabajo más en la recepción y en la barra, pero esta vez, cobrando un salario.

Ignacio, quien es estudiante de turismo, decidió quedarse. Pero sólo seis días después se declaró la cuarentena y el hotel se vació de turistas. Conclusión: no solo perdió el trabajo, sino, lo que es peor, se quedó sin la posibilidad de volver a Mendoza.

Ha pasado un mes desde entonces. El hostel le permitió seguir alojado sin sueldo ¿Cómo come? "Compramos arroz y fideos con unos entrerrianos, con la plata que nos queda", responde.


Ignacio es joven y no dramatiza su situación. Pero en su relato no menciona ninguna ayuda de la Embajada argentina y esto deja flotando una duda importante: hasta cuándo podrá tirar así.

 

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