Si sobrevivimos al Covid-19 seremos mejores personas

Si sobrevivimos al Covid-19 seremos mejores personas

"El cerebro es vago: por todos los medios va a intentar que las cosas vuelvan a la 'normalidad' porque le cuesta procesar cambios. Y no es que el cerebro sea caprichoso sino que intenta ahorrar la mayor cantidad de energía", indica la neuropsicóloga y criminóloga, en su columna.

Redacción MDZ Online

Por la razón o por la fuerza”, es el lema nacional de la República de Chile que reza en sus monedas, aunque justamente ellos no son los que más caso han hecho al confinamiento, hasta la fecha. Sin embargo, así ha sido para muchos de nosotros, que si no nos obligan (mediante amenazas o multas) no lo terminamos de entender del todo ¿Somos irresponsables? Por estos días hay varios artículos de expertos que nos explican por qué es tan difícil cumplir a raja tabla lo del confinamiento. Hablan de sesgos cognitivos que en definitiva no son más que “autoengaños”, “trucos de nuestra mente” para intentar seguir con lo que veníamos haciendo, hasta que nos dijeron a los gritos que eso ya no era posible. Vamos a ver; el cerebro es vago: por todos los medios va a intentar que las cosas vuelvan a la “normalidad” porque le cuesta procesar cambios. Y no es que el cerebro sea caprichoso sino que intenta ahorrar la mayor cantidad de energía (automatizando pensamientos y conductas) para que de esa manera quede disponibilidad mental para hacer frente a los desafíos que pudieran surgir (consejo: siempre es bueno tener desafíos porque de esa manera entrenas tu mente). Y entonces nos encontramos con que el Covid 19 ha venido a interrumpir todas esas automatizaciones, y de la noche a la mañana se nos pide que nos comportemos de una manera muy diferente a la habitual. Entonces la cabeza, como mínimo, va a intentar engañarte, al menos por un tiempo, para que sigas pensando o haciendo lo que antes del Covid 19.

Por otro lado, el tema de que el confinamiento es uno de los peores castigos que aplicamos a animales y seres humanos no es algo nuevo y tampoco nos estamos enterando ahora, sino que lo venimos usando desde hace siglos para tratar de separar y disuadir a todo aquello que se considera “peligroso” para la sociedad (porque lo de reeducar no me lo cuelan más). Controlar, básicamente. Por tanto, el confinamiento siempre ha estado ligado al castigo ¿Y quién en su sano juicio acepta de buenas a primeras un castigo semejante? Vigilar y castigar es un libro hermoso que pueden aprovechar por estos días, es de Michel Foucault, y explica muy bien por qué está en la naturaleza humana lo de vigilar y lo de castigar. En tiempos de pandemia no es casual que el control se transforme en el oro con el que todo país sueña. Vigilar y castigar no tiene fecha de vencimiento y por estos días China aparece coronándose ante la mirada del mundo entero con el uso de este método en su batalla contra el Covid-19. También les puede interesar leer al historiador Yuval Noah Harari para una mirada más contemporánea sobre el tema. El caso es que se trata de una filosofía de doble filo ya que algunos “líderes” la aprovechan por estos días para incrustarla como sea y donde, sin mucho esfuerzo mental y al mejor estilo Neandertal. Y es que cuando solo tenés un martillo, todos te parecen clavos dice el dicho, ¿no es así? Espero, ruego, que no crezcan, que no engorden, más martillos de los que ya tenemos, porque si no estaríamos tirando casi cincuenta días a la basura y cargándonos el mundo entero.

Es cierto que el miedo es casi lo único que se respira por estos días (y para los que aún podemos hacerlo); miedo en la calle, miedo en el súper, en la farmacia, en el metro, en el bus, en el trabajo, con los vecinos, con la familia, al contacto, a las miradas desde los balcones, a lo que miramos desde los balcones, miedo al levantarnos, a no levantarnos, a la media tarde, al acostarnos y todos los días en un bucle que parece no tener final. Incluso miedo a lo que nos depare el futuro después de la cuarentena.

Sin embargo, actuar únicamente desde el miedo es irresponsable, como mínimo. Porque, digas lo que digas, putees lo que putees, lo que tenes que hacer lo tenes que hacer. Es cortita la cosa: #quedateentuputacasa escuchamos todas las noches con los vecinos desde los balcones para que no lo olvides. Pero si tenés que salir, al super, a la farmacia, o a tirar la basura, entonces ponete guantes y desinfectáte lo que más puedas: los zapatos, las manos, la ropa que has usado y la mercadería que hayas traído ¿Es un embole? Si ¿Entonces me hago el tonto y evado? No ¿Puedo putear? Ya estaría bueno que te vayas haciendo la idea que eso no cambia las cosas, pero bueno, para gustos los colores.

Entonces ¿qué hago con el miedo que siento? ¿Me lo meto en el bolsillo? Con que me digas que no lo sienta no es suficiente. Efectivamente, por eso algunos tips que cada uno adaptará a su situación particular.

Tip Nº 1: El miedo está por algo, aparece para darnos un mensaje y se va a quedar hasta que lo escuches porque esa es su función. Si te haces el que no lo escuchas entonces te lo va a gritar en la cara (o en el cuerpo mejor. Miles de personas por estos días me cuentan de los ataques de pánico que sufren o han sufrido tras el confinamiento y la maroma que nos toca vivir). Su función primera es prender la sirena para decirte que algo está pasando y que tenés que cuidarte.

Tip Nº 2: Poner en palabras lo que te asusta, podes decirlo o escribirlo y después podes volver a hablarlo o escribirlo todas las veces que sea necesario. Pero ¡hacélo! No es una chorrada, te va a ayudar a ordenar las ideas y a ponerles nombre. Porque en caso contrario, el miedo se dispara para cualquier lado y terminas con un terror a todo y todos.

Tip Nº 3: Esta me encanta porque es como ir contra la corriente (y eso siempre me ha gustado, ¿masoquista? Me descubriste!): aguantate el embole de soportar la sensación de miedo en tu cabeza y en tu cuerpo. Quedate un tiempito ahí. Sentí y reconocé esa emoción. No trates de esconderla, taparla o evitarla. Después, solo después, dejala ir. Pero, escucha que esto es lo más importante: si no haces esto, entonces te vas haciendo cada vez más débil a tolerar las emociones que llaman negativas (esto de que son negativas es otro tema a discutir pero que no viene al caso ahora, me parece).

Tip Nº 4: Preguntáte ¿qué puedo hacer yo para que este miedo disminuya? Y hacelo. Todo lo que no puedas hacer vos, dejalo (o tratá de dejarlo mentalmente. Es difícil porque ahora todos tratamos de controlar hasta el último detalle. Normal, porque hay miedo. Un buen ejemplo de esto es lo del papel higiénico) Pero también tratá de no hechar culpas al pedo, no acusar a los demás como si vos hicieras todo a la perfección. Esta es difícil pero bueno, la dejo para que lo pienses.

Los que vamos para la tercer semana de confinamiento tenemos una mezcla de un montón de emociones más, que vienen y se van de a ratos y con distintas intensidades. Como es el mecanismo habitual de las emociones, que duran unos segundos (ocho para ser exactos). Algunas emociones son agradables y otras no tanto. Vienen en malón y no se van tan fácil como quisiéramos ¿Y qué hacemos con todos esos autoconvocados en una casa tan chica? Lo mismo que con el miedo ¿Un embole? Si, ya te lo dije, pero si no lo haces, lo que pasa es que las emociones te van a dominar y muy poco margen te va a quedar para pensar. Te vas a ir poniendo raquítico en términos de control emocional: impulsivo, depre, panicoso, irritable o como lo quieras llamar.

Claro que todos estos ejercicios son para gente que tiene casa, que tiene comida en la heladera o en las alacenas, que tiene dinero para ir al súper o a la farmacia, que tiene internet, que tiene ahorros, que tiene seguridad social o privada, que tiene la chance de ponerse a pensar en cómo controlar las emociones para vivir mejor, o para que sus hijos lo hagan (porque está “tranquila en casa”, porque duerme del tirón sin que nadie la machuque porque no hace la comida o porque no tiene ganas de follar). Pero, como sabrás, no todos gozan de esos privilegios. Y por ahí esta situación de estar pasando en carne propia lo del confinamiento y sus prohibiciones hace que, por un segundo, te obliguen a pensar en que si es difícil para vos, imagináte entonces lo que puede ser para gente que tiene mil prohibiciones más que vos ¿Lo pensaste? ¿No te interesa? Vaya nomás entonces, porque no le vas a sacar mucho provecho a lo que viene después. Quizá una guerra en tu país te pueda ayudar a “derrumbar” viejos y rígidos pensamientos.

¿A vos si te interesa? Genial, somos varios. Te cuento, eso se llama empatía. Y, a diferencia de lo que se cree comúnmente: de que la empatía surge solo porque el otro te cuenta lo mal que la está pasando, yo te voy a decir lo que me enseñó la vida y los libros sobre el tema: la empatía aparece cuando vos has vivido una situación similar a la que te están contando, o cuando tenés muchas ganas de entender lo que está pasando la otra persona y entonces buscas entre tus recuerdos una situación similar, comparable. Entonces lo sentís y después lo pensás. No es al revés. Claro que la gente que está más entrenada en esto pasa con mayor velocidad a lo segundo. Pero bueno, la idea es que entiendas que esto va de las emociones al pensamiento: primero sentís y después te pones a pensar en lo que sentís, como ya te expliqué antes (Si te interesa profundizar en el tema, te recomiendo a Antonio Damasio).

¿Qué quiere decir lo anterior? Que si no tenes lo mínimo para vivir no vas a poder pensar mucho más. Pero, si lo tenes (casa, comida, medicina y ambiente pacífico) entonces dejate de joder y ponete a pensar en lo que podes hacer para ayudar a otros y otras que no tienen tus privilegios la próxima vez que se te de por opinar por opinar.

No es casual que las personas que mejor entendieron de qué va esto del confinamiento son aquellos que ya se atravesaron y sobrevivieron una situación similar.

La empatía es lo que nos salvará, dice Facundo Manes y yo coincido. Pero la empatía entendida desde ese haber experimentado algo parecido, si no no hay lola. Y, actualmente, a todo el mundo le está tocando experimentarlo ahora, a la fuerza, experimentar muchas de las privaciones que desde hace años padece esa gente que no me interesa. Esa gente que cuando las veo en la tele cambio de canal o que le pido a mi amiga que no me cuente porque me molesta. Solo están excluidos de este ejercicio todos aquellos que no pueden “darse el lujo” de tomarse una taza de té en el sofá de la sala y meditar.

¿Viste que a veces las cosas que nos pasan no se eligen? ¿Viste que a veces no “provocas” los desastres porque inconscientemente te gusta que te den? ¿Viste que a vos también te puede pasar? ¿Viste que tenés miedo y no sabes cómo actuar? ¿Viste que a veces te aparece, sin que lo quieras, un pánico que te paraliza? ¿Viste que está bueno que te ayuden? ¿Viste que está bueno que te escuchen, que te entiendan y que no te juzguen?

Pero, si no te pinta contagiarte de empatía después de sobrevivir a esta pandemia, quizá te toque contagiarte a la fuerza: porque desentenderte de “esos y esas” ya no va a ser posible. Lo que les pasa a ellos te pasará a vos también, dicen los expertos. Creo, espero y ruego, que finalmente así, dejemos de esconder la “mugre” bajo la alfombra.

¿La empatía nos salvará? Parece que las cartas están tiradas. De los afortunados a los hermanos y hermanas que no pudieron y no pueden elegir, vayan mis reflexiones.

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