Prueba de fuego para varias generaciones

Prueba de fuego para varias generaciones

Los que sienten amenazada su salud o los que comen salteado porque no pueden salir a trabajar; los médicos que "la ven fulera" o los niños que preguntan si se van a morir: todos ellos nos dicen, en el fondo, que es hora de arrancarse la careta.

Facundo García

Facundo García

Mi abuela tiene 88 años. Hace un mes le regalamos una tablet. Días atrás –antes de que empezaran estas rutinas deformes de la pandemia- se me ocurrió agarrar el aparato, abrir el Google y ver en el historial qué había buscado. Me dio ternura encontrar que había hecho esta pregunta: “¿qué significa empoderar?”.

Quiso saber sobre ese concepto que surca los feminismos y que tantos cambios trajo a nuestra vida. Yo sonreí en silencio, sé que ella conoce de eso, de empoderarse. O lo puede aprender. En realidad, lo que más le está costando de este presente es que, después de casi nueve décadas con el corazón latiendo, ahora no nos podamos abrazar.

En la semana fui a su casa para buscar su tarjeta del cajero automático. Ella no la había usado nunca. Para mucha gente grande ir al banco es una forma de socializar, de hablar con otros viejos. ¿Para qué recurrir a una máquina “si está el muchacho de la caja”? Cuando puse el plástico en la ranura, vi el mensaje: “tarjeta incorrecta”. Después de un año sin uso, se la habían desactivado.

Así estamos todos los días. Aprendiendo. Aterrizando sobre una actualidad que no ofrece señales. Y si escribo esto no es por el placer de la autorreferencia. Es porque sé que somos millones los que pasamos por lo mismo. Los que barnizamos el miedo con alegría, para que nuestros seres queridos teman menos al futuro que se nos cayó encima.

La pandemia no es solo un fenómeno sanitario. Es un hecho ético, político y hasta emocional.

No es tanto el miedo a morir, sino a no dar la talla. A no estar a la altura de lo que exigen estos tiempos. Vivimos una prueba de fuego para varias generaciones. Para los más grandes, es el momento de escuchar, de asumir que existen desde hace años herramientas como Internet, que te hacen más fáciles las cosas. De comprobar que uno jamás deja de aprender y de enseñar.

A los que estamos en mitad del camino también nos han caído -en siete días- responsabilidades que antes permanecían disimuladas. La de oponer templanza a la desesperación; la de encontrar, dentro de cada uno, la fuerza que nos va a sacar adelante como grupo. Para los más jóvenes, quitar la vista un rato de las pantallas bastará: deberán descubrir el rol que les cabe por sí mismos, como ha sido desde que nació la Humanidad. 

Y hasta ellos, los chiquitos, transitan instantes que recordarán para siempre. La escuela es indispensable, sí, aunque estos días van a enseñarles lecciones que servirán para todo el viaje. De pronto estamos en un aula global donde es indispensable ser menos egoístas, compartir uno de mis juguetes si yo tengo dos. Entender que a veces hay que tener paciencia, pararse a pensar, cumplir algunas reglas.

La pandemia no es solo un fenómeno sanitario. Es un hecho ético: ¿cuántas imbecilidades hemos visto desde que rige el aislamiento? Es también un hito político: tras semejante palazo global, solo los necios insistirán con la cantinela de que hay que dejar toda la dinámica social bajo la órbita de "la mano invisible del Mercado". Y por último, este avance del Covid-19 es un faro emocional: en las semanas que se aproximan, deberemos aprender a querernos a dos metros de distancia, desafiando cientos de miles de años de abrazos, besos, apretones de manos y palmadas. Deberemos demostrar la solidaridad no solo con posts en las redes, sino dándole guita contante y sonante al vecino que pasa hambre y no puede salir a buscar laburo. Es así. Ya no hay resto para el autochamuyo.

Suena el teléfono. Es mi abuela. Dice que hoy tiene que haber cobrado la jubilación, que si lo puedo chequear de alguna manera.

"Novena Ola", Iván Aivazovski (1850).

 

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?