Lejos de todo, en el norte de Perú

Lejos de todo, en el norte de Perú

Estamos varados en Máncora y sin fecha cercana para el regreso al país. Aquí rige un aislamiento total: no podemos salir ni a la calle. La solidaridad del que está cerca ayuda para la supervivencia.

Juan Carlos Albornoz

Juan Carlos Albornoz

Escribo estas líneas mientras escucho el ruido fuerte de las olas del mar que llega hasta el hotel en el que estoy hospedado con mi familia.

Sí, ya se. Soy solo una persona más que ha debido encerrarse para protegerse del coronavirus. Pero he tenido mala suerte: el aislamiento por la enfermedad me enganchó de vacaciones, a más de 4000 kilómetros de casa. 

No puedo volver a Mendoza ni tampoco arrimarme al mar. Aunque lo tenga a apenas a 200 metros de distancia.

Así es la cosa por estos días en Máncora, una ciudad turística del norte de Perú. El presidente Martín Vizcarra emitió el domingo un sorpresivo y riguroso decreto que obliga a la gente a quedarse en sus casas por el brote de coronavirus

Para darle cumplimiento, está ocupando a toda la fuerza pública. Policías, militares y una suerte de preventores municipales en conjunto evitan que las personas lleguen a la playa, por ejemplo. Hasta los guardavidas tienen la misión de custodiar el ingreso al mar. 

Con más de 30 grados de temperatura y un sol que derrite, las playas están desiertas. Solo son una postal para los que tienen alojamiento con vista al mar. Ni eso para los que estamos un poquito más lejos. 

Las playas de Máncora. 

Aquí en Perú, desde el domingo y hasta el 30 de marzo, están restringidas las libertades individuales, hay un panorama de Estado de sitio y cualquiera que ande en la calle puede terminar preso si no convence a la policía de que va o viene del mercado o la farmacia. 

No abren los restoranes y no se puede hacer ninguna excursión ni paseo, por supuesto.

La medida dictada cuando Perú sumaba cerca de 80 casos de Coronavirus (la gran mayoría en Lima) es muy molesta para el turista. Pero es un golpe más duro aún para este pueblo silencioso y dócil, en el que la mayoría de la gente vive al día, vendiendo a visitantes y locales frutas, jugos, sánguches, ceviches, ropas y accesorios.

Conductores de "mototaxis" (deben ser cientos) y vendedores callejeros son los más afectados por la medida sanitaria. El presidente ha prometido un bono de 380 soles (casi 110 dólares) para los carenciados por el cese de actividades. 

En las calles no se puede circular si no es para comprar alimentos o ir a la farmacia.

Al margen de ello, hay unos cuantos almacenes precarios cuyos dueños siguen tratando de vender sus cosas y chistan a los turistas a su paso, con la puerta entreabierta, para que la autoridad no los regañe.

Máncora es un lugar tranquilo, agradable y hasta flexible para el bolsillo, pero también muy evidemente pobre. Es desértico y llueve poco. La lluvia no es bienvenida por quienes viven cerca de la playa porque se embarran las calles. Las mototaxis suben la tarifa en esos días, aunque rige el regateo y casi todos los precios son charlables.

Se alquilan algunas habitaciones que están muy por debajo de cualquier estándar hotelero. Y en algunas calles se intercalan, sin pudores y en extraña convivencia, casitas precarias con hostels para surfistas extranjeros que ofrecen happy hours de tragos.

El aire acondicionado es un lujo muy escaso, a pesar de que acá siempre hace calor. No lo he encontrado ni en los hoteles caros. Apenas vi un equipo en un Banco de la Nación. 

Las bolsas de hielo son caras y un poco difíciles de conseguir...En fin, Máncora te obliga de entrada a una adaptación. Después se puede empezar a disfrutar sus bondades: playas amplias, un mar cálido, días largos, rica comida típica y paseos para bañarse con tortugas gigantes.

La crónica turística queda incompleta porque la normalidad se cortó aquí el domingo a la noche. Volviendo al decreto del presidente peruano, hay que decir que su parte más dolorosa para nosotros es la que ordenó el cierre de todos los aeropuertos y canceló vuelos nacionales e internacionales. 

Después de estudiar las alternativas posibles, que no eran muchas ni muy prometedoras, decidimos con mi familia quedarnos aquí en el norte de Perú hasta que se termine la medida. A pesar de que debíamos volver, según el plan original, el próximo fin de semana.

Contamos para ello con la gran predisposición de Judith y Manuel, los ejemplares dueños del hotel Puerto Bamboo, que han cancelado todas las reservas y han cerrado el bonito establecimiento que tienen, pero se van a quedar aquí para que nosotros y una pareja de limeños también varados tengamos dónde hospedarnos hasta que se nos permita el regreso. Solidaridad real, sin verso ni declamaciones.

Judith y Manuel, los dueños del hotel que nos tiene alojados, con una paciencia enorme. 

El problema es ese precisamente. Cuándo vamos a poder volver. Los pasajes se los compramos a la empresa aérea LATAM, pero esta compañía está colapsada y hasta ayer no daba ninguna garantía de retorno a los miles de argentinos varados en el exterior.

Nosotros hoy pudimos cambiar la reserva de pasajes para el 30, pero todavía dependemos de que no se prolongue el cierre de aeropuertos en Perú y de que esté abierto el de Santiago, donde hacemos escala.

Han prometido ayuda y gestiones todas las autoridades y funcionarios con los que hemos podido hablar en estos días, pero nadie ha podido aportar soluciones. Conseguir la manera de volver a casa antes del 31 sería lo ideal, pero eso es complicado incluso para quienes hacen guardia y le prenden velas a Aerolíneas Argentinas en el propio aeropuerto de Lima.

Podría haber sido un plan irnos nosotros también a Lima a rogar que algún avión de nuestra aerolínea de bandera nos llevara de vuelta al país en algún momento. Pero la propia Embajada Argentina en Perú no nos aseguró éxitos y desde este martes llegar a Lima es imposible: se ha prohibido todo el transporte entre provincias y la capital peruana nos queda a mil y pico kilómetros de distancia.

"Esto es minuto a minuto", me dijo ayer un ministro mendocino que prometió gestiones. Es así en Perú y muchas partes más: incertidumbre plena respecto de lo que va a venir. Siento que la supervivencia de los que quedamos afuera de casa por ahora depende exclusivamente de la calidad humana del que está cerca y puede darte una mano.

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