La marcha por Fernando, un click para bajar cien cambios

La marcha por Fernando, un click para bajar cien cambios

La masiva movilización para pedir justicia por el adolescente asesinado en Villa Gesell expresó tanto el dolor de muchísima gente como el reclamo generalizado de que nunca más la violencia sea el camino para resolver diferencias o "marcar la cancha".

Rubén Valle

Rubén Valle

La multitudinaria marcha para pedir justicia por Fernando Báez Sosa, el adolescente asesinado hace un mes en Villa Gesell, tiene un fuerte poder simbólico. Su eco va mucho más allá de la lógica empatía que despierta el inenarrable dolor de sus padres; supone un fuerte rechazo a la violencia -y a sus ejecutores- como mecanismo para dirimir cualquier diferencia, desde el roce accidental en un boliche hasta la grieta política más irreconciliable.

Quizás en las palabras de Julieta, la novia de Fernando, esté la clave de lo que debería dejar como lección la movilización de ayer. "Espero que después de hoy algo le haga click en la cabeza a la gente. Necesitamos que haya gente que pida justicia porque si nadie hace nada todo sigue igual”, fue el simple S.O.S de una chica que, como tantos otros jóvenes que ayer salieron a la calle a hacerse oír, están convencidos de que lo ocurrido el 18 de enero lamentablemente no fue una excepción. Ni lo será.   

No hay día en que los medios no reflejemos trifulcas en la puerta de un boliche o a la salida de un colegio, patovicas y barras fuera de sí, conductores que se "sacan" en un incidente vial, hombres que masacran a su pareja, motochorros que no dudan en golpear a un anciano por unos pocos pesos. Sobran ejemplos de esa locura generalizada, pero el caso de Fernando puso -por las particularidades de sus protagonistas- en primer plano la celebración de la impunidad; la jactancia del triunfo "en equipo". 

La patota rugbier, referencia ineludible mal que les pese a los cultores de la guinda, consideró como un verdadero triunfo la muerte de un chico indefenso. "Caducó" (sic). Al mejor estilo tribal, bien podrían haberse ido del lugar del hecho portando la cabeza de Fernando como un auténtico trofeo de guerra. Alcanzó, está a la vista, con haber registrado algunas fotos y videos del brutal homicidio para cumplir con similar objetivo de ostentación pública. 

Los ocho detenidos, los dos liberados y el "número 11" que se les unió el fatídico día del crimen, son apenas el emergente de ese pus de violencia que supura permanentemente en el país y que no se detiene, claro está, con más violencia. Comerse al caníbal no es la solución. Trabajar estos temas en las aulas, hacerlos parte de la mesa familiar, propiciar una sociedad más justa desde el campo político y social, son algunos de los tantos caminos para que la Justicia no se limite a un juicio, una sentencia y unos años tras las rejas. 

 

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