Si yo fuera Maradona moriría como él

Si yo fuera Maradona moriría como él

Adiós, a D10s.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo

D.A.M.

Todo lo que hice en mi vida, lo hice después de fracasar en mi intento de ser Diego Armando Maradona. Porque no fui Diego, no dejé la escuela pública, pero dejé de jugar en las inferiores de Andes Talleres y elegí el rocanrol, y el rocanrol me llevó a la poesía y la poesía a los libros y los libros a estudiar Letras, toda una extravagancia. Y por haber estudiado y escribir poemas en lugar de jugar al fútbol, recalé en los dos trabajos que han marcado mi vida en los últimos 32 años: el periodismo y la cultura en las cárceles de Mendoza.

Si hubiese sido Maradona, no hubiera conocido Pescado Rabioso y Serú, los sonetos de Quevedo y Borges, Fernando Pessoa y Roberto Juarroz, Baudelaire, Nietzsche, Sartre y Beckett. Si hubiese sido el 10, no habría terminado el secundario después de llevarme 33 materias y no habría conocido a mis amigos pudientes que me enseñaron cosas como Yes, las uñas limpias, el Atari, cómo seducir señoritas que olían a paraíso, ciertos buenos modales y aquel mar de Santa Teresita, por primera vez, a los 18, desde las rendijas del acoplado de un camión repleto de cajones de vino de mesa.

Soy un fracasado, pero lo intenté. Soy un fracasado y, como lo intenté, soy un genuino e indiscutido fracasado. A los 15, ya me había ganado la camiseta 10 de los equipos en los que jugaba, en el oeste hostil de Godoy Cruz y era el goleador cantado, pero no pasé de ahí. Todo aquello lo fui haciendo para construir mi versión de la épica y bajo la sagrada luz de la carrera de Diego Armando, quien tenía 5 años más que yo. En aquellos años, yo era un adolescente repleto de sueños y necesidades y jugaba campeonatos en potreros feroces, esquivando piedras, patadas impiadosas y piñas arteras e imaginando, como en una danza epopéyica, que era él.

¿Cómo no querer ser él? Los dos veníamos de vidas semejantes: morochos de barrios pobres cuya única virtud consistía en saber jugar a la pelota; además, medíamos casi igual, teníamos cuerpos similares, los dos jugábamos de 10, con gambetas cortas, y pateábamos los tiros libres, aunque él era zurdo y yo, derecho. Soñaba, entonces, con tener un par de botines Puma como los del Diego: negros con la onda blanca. Una vez, le escribí una carta a mi amado tío Lenín, que vivía en Buenos Aires, para que me los comprara. La llevé al correo con esperanza y mi amado tío, fiel a su estilo, jamás respondió la carta ni me regaló los botines. Otra vez, me dejé el pelo a lo Maradona, a la par que la educación en una escuela pública del Centro empezaba a cambiarme dramáticamente la vida.

Al terminar la secundaria en el “Martín Zapata”, en 1983, ante mis borrosos horizontes vocacionales, se me ocurrió intentar ser futbolista, como él. Camión con acoplado mediante, luego de unos días en un cámping de Santa Teresita junto al mar (aquellas fueron las primeras vacaciones de mi vida), me fui a vivir a Barracas con mi tío Lenín, en una piecita de dos por tres, con una cucheta, una mesita y un armario, en un mugriento y pintoresco conventillo de Barracas, donde había tacheros, putas, un excombatiente, uno de la bonaerense y una mujer infinitamente triste.

Entrené algunas veces en Independiente, bajo las órdenes de Santoro, en un predio abierto, bastante alejado del estadio de Avellaneda, quién sabe dónde. Jamás llegué ni por asomo a jugar ni un minuto con esa camiseta, en cuya primera división, usaba la 10 un tal Ricardo Enrique Bochini, con compañeros como Burruchaga, Giusti, Marangoni, Trosero, Monzón, Barberón y Percudani. Rápidamente, me di cuenta de que no me daba el cuero para sucesor del Bocha, de que no aguantaría esa posible vida y de que, al fin y al cabo, no tenía el talento y los huevos suficientes como para hacer de la pelota una profesión.

Diego, en ese tiempo, ya jugaba en el Barcelona. Yo, el fracasado, estaba en un conventillo que también funcionaba como taller de taxis, escribiendo poemas torpes y bellos y leyendo a Girondo y a Huidobro. Luego de unos meses, decidí tomarme un tren en Retiro y volver a Mendoza. Durante el viaje, conocí a una chica morocha, hermosa y solitaria, y, en el baño del vagón, apurados y sacudidos de un lado para otro por los caprichos de las vías, nos besamos y nos tocamos con la desesperación y el descaro de los que saben que jamás volverán a verse.

Así, volví a Mendoza y, como no pude ser Maradona, empecé a estudiar en la facultad de Filosofía y Letras, y, poco después, empecé a trabajar en los medios y en las cárceles, cosas que hago hasta el este infausto día de hoy, en que, de a ratos, lloro al ver videos y acordarme de las cosas que me vinculan al Diego.

Por ejemplo, recuerdo aquella vez, en los ’90, en una ruta lejana de la selva colombiana, cerca del límite con Ecuador, cuando íbamos en un auto alquilado con mi novia de entonces, Malen, y nos detuvo un grupo de hombres armados con ametralladoras y ropajes de tipo bélico, nunca supe si eran de las FARC o militares. Nos hicieron alzar las manos, en silencio y ponerlas sobre el capot del auto, sobre el que temblábamos con evidente eficacia. Nos palparon sin dejar de apuntarnos y, entonces, nos permitieron hablar y, así, se dieron cuenta de que éramos argentinos. Y hablamos de Maradona y de fútbol, claro, y empezaron a reírse y nosotros también, aliviados. Al final, nos dejaron ir con palmaditas en la espalda y rajamos hacia Ecuador, felizmente maradonianos.

Inolvidable también, aquel día, en la cocina de la casa de la calle Carlos Gardel. Con mi viejo, el Pocholo Naranjo, veíamos Argentina-Brasil, en un tevé color 20 pulgadas, que yo había comprado al integrar uno de esos círculos de compra, que se hacían en el Rectorado de la UNCuyo, donde trabajé un par de años. En el minuto 81, Diego, con un tobillo hinchado como una pelota de tenis, dejó a tres brasileños en el camino y se la tocó al Cani, que eludió a Taffarel y marcó. Jamás nos habíamos dado con mi viejo un abrazo tan de hombre a hombre y tan feliz. Gritamos y seguimos abrazados y, ahora que vuelvo a escribirlo, vuelvo a llorar, porque mi viejo no aprendió a decir te amo, pero te amaba de todas las formas posibles y más allá de lo posible. 

También recuerdo que, a comienzos de este siglo, tuve el honor de presentar en Mendoza el vino de Diego Armando Maradona. En el público, estaba Nicolino Locche, Leopoldo Jacinto Luque y creo que el Víctor, entre otros. Y había una chica re-futbolera, Gimena Blanco e hicimos jueguito con la cabeza, un buen rato, antes de yo hablara de Diego y del vino (obviamente, mi pésima memoria no permite que recupere ni una sola de las palabras que dije aquella noche).

Recuerdo, también, aquella noche con Victoria, mi novia de entonces, en un bar del barrio negro londinense de Brixton. Entramos a un bar a escuchar unas bandas de rock y había una mesa con diez tipos. Cuando se dieron cuenta de que éramos argentinos, pusieron dos sillas y estuvimos horas bebiendo y hablando, casi con exclusividad, de Diego Armando y 'the hand of god'. No nos dejaron poner una libra y aquello fue muy divertido y singularmente placentero. Pocos días después, estábamos pasando unos días alojados en el teatro de un muy prestigioso director teatral griego, del que sólo recuerdo que se llamaba Theo y que era discípulo dilecto del gran Tadeusz Kantor. Una madrugada, creo que la del 5 de enero de 2000, luego de una noche de excesos, salí a caminar loco y solo por ahí. Sin haber dormido y sin rumbo, terminé dando con la plaza Sintagma. Fui hasta un puesto callejero a desayunar un kebab con picante y cerveza y el tipo que me atendió –claramente un laburante ateniense, turco, afgano, sirio o gitano– al darse cuenta de que era argentino, se emocionó y me dijo entre lágrimas, con un inglés peor que el mío: ‘Maradona is in a hospital. Maradona is in intensive therapy’. Compré un diario griego, sólo para ver las fotos de Diego en Punta del Este, al borde de la muerte. Y me quedé con aquel hombre en la plaza y lloramos juntos, esperando el amanecer, como hermanos. 

Maradona no podía morir. Maradona no podía morir y, sin embargo, Maradona está muerto. 

Como todo protagonista heroico, Diego murió para que nosotros no muramos y su muerte se vive como una auténtica tragedia clásica. Quienes lo critican por sus comportamientos personales, francamente no entendieron nada: ser Maradona, desde los 15, fue ser abanderado en una carrera loca y desigual, traspasando todo ejército enemigo, más allá de toda victoria, desbocado y hermoso, hacia el acantilado. 

Lo amé, incluso más allá de mí, porque, como auténtico héroe clásico, tuvo su viaje y trajo de él respuestas para su pueblo. Lo amé porque, como nadie, se convirtió en espejo para reflejar las contradicciones que nos constituyen como pueblo, porque abofeteó el hocico del poder, porque incomodó a los aposentados, porque no traicionó a los humildes y porque tuvo la valentía de vivir, incluso con sus errores, como si fuera a morir mañana. Y se murió hoy: bien que hizo en incendiarse montaña abajo, con una pelota atada a la zurda. Ahora, que descanse, mientras lo convertimos en mito.

La tristeza es ese intento de convivencia armónica con las ausencias. Estamos envejeciendo: cada vez, nos cuesta más despedir a nuestros muertos. Se ha ido uno que, al asumir ser Maradona, me permitió hacer las paces con mi fracaso y, así, apareció ante mí toda una vida por delante para ser y hacer cosas que D10s no pudo, entre otras: estudiar, disfrutar de la soledad, los libros, los discos, los amores impúdicos, los excesos controlados, los viajes apacibles, los paisajes mudos, los silencios en las conversaciones, el anonimato en los bares, la compañía de mis hijos y la gambeta sin culpa a toda la estupidez humana y sus múltiples formas.

Mientras veo tu carroza cósmica partir en dos las rutas argentinas, mientras se arrodilla ante tu paso el infinito cortejo malherido de tus deudos, te doy las gracias, Pelusa, por ser el que fuiste y por dar sentido a mi vida con tu odisea. Liberaste a tantos que debías pagar tu precio y, bueno, ya está, ahora, es tu turno de ser libre. Ahora, tu zurda y tu tatuaje se consumen bajo una noche inmensa y tu nombre se convierte símbolo. Descansá en paz, eternamente, futbolista. 

Ulises Naranjo. 

 

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