Ellos también se casan por conveniencia, esta historia lo demuestra

Ellos también se casan por conveniencia, esta historia lo demuestra

El la dobla en edad pero ella le da algo que muchos buscan. Un historia que te puede identificar con un final inesperado.

MDZ Radio

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Por Viviana Muñoz

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Llegó al hotel y estacionó su Cayenne blanca en el espacio reservado. Saludó al guardia por su nombre y eligió las escaleras para subir. Lo hizo con la agilidad de un tipo de 30, le gustaban esos pequeños retos a sí mismo. Alguna maratón de 10 k, estar al tanto de la música nueva, saber cuál reloj en su muñeca era ahora un arma de seducción más impactante que esos bíceps que se habían diluido con la edad

Entró al lobby y las chicas de recepción se pusieron en guardia codeándose, los mozos que salían de la cocina hacia el gran patio cambiaron abruptamente su dirección girando hacia él y hasta el gerente dejó hablando solo a un pasajero frecuente para ir a su encuentro. 

Luis se percató de cada movimiento pero con indiferencia se apuró a salir para saludar a la feliz pareja y deshacerse de este compromiso lo antes posible. Cuando lo vieron llegar la mitad de los invitados se volvieron a mirarlo, confirmando entre susurros y miradas indiscretas el final de su último matrimonio. Estaba más canoso pero esta vez había combinado mejor el color de sus zapatos que debían haber costado más que el cachet de la banda en vivo que sonaba detrás. 

Los jóvenes anfitriones dejaron esperando al fotógrafo para ir a su encuentro, se les sumaron sus padres elevando la voz y gestualizando lo suficiente para dejar claro que ahí había una amistad genuina. Fueron sólo minutos desde su llegada hasta esa pequeña aglomeración a su alrededor de las personalidades más importantes de la fiesta. A Luis le gustaba ese vértigo de la soltería reciente que le inyectaba otra vez el desafío de la conquista, y aunque dejara pasar los lances de tantas mujeres disponibles, no estaba dispuesto a retirarse todavía. La soledad no era opción para él. 

Mientras escuchaba los halagos de las mujeres por su elegancia y delgadez rechazó dos veces el ceviche que obviamente no probaría visto que no estaba en Lima. Bebía su champagne sorprendido por la creciente anorexia entre las mujeres y esta nueva relación que ahora tenían con el alcohol. Y así, por detrás del cristal de su copa,  entre clavículas expuestas y bronceados artificiales la vio: la única a quien le quedaba una curva natural, sin prótesis mamarias a primera vista y con los labios libres de hialurónico. Intentaba torpemente interceptar a un mozo que llevaba en su bandeja el último langostino apanado. No tuvo suerte. Miró a su alrededor asegurándose de que no hubieran muchos testigos del pequeño desdén y en la recorrida lo divisó a Luis mirándola con una sonrisa tierna y cómplice. Dana le devolvió la sonrisa con un gesto de resignación y se refugió en la mesa asignada para las amigas de la novia. Prefirió quedarse sentada porque esos zapatos prestados la estaban matando y porque sí, había exagerado un poco con el escote. 

Bastaron pocos minutos para que, sin explicación, dos mozos la asistieran toda la noche, ofreciéndole insistentemente esos langostinos que se le habían escapado. Ella sospechó quien sería el responsable de tanta caballerosidad y entre miradas y brindis desde lejos le dejó muy claro que el poder le era más atractivo que todos los bíceps a su alrededor. Con la adrenalina reprogramada Luis inició entonces su embestida con la eficacia de la experiencia y la estrategia imbatible de dejar a la vista su reloj.

Bastó esa noche en la que él la llevó a casa en su camioneta tipo yate para que no se separaran más, conformando desde entonces esas parejas a las que las mujeres juzgan a la mujer y los hombres aplauden al hombre. Ellos pasaban por alto esas miradas, guardando el secreto de que los dos tomaban algo prestado del otro, cumpliéndose también los deseos imposibles. Ella lo seguía en sus asuntos por el Mundo y cada vez que entraban al lobby de un nuevo hotel Dana sentía ese sobresalto al corazón que dan los sueños cumplidos. Dejaba de lado los monumentos, los museos y las calles icónicas, prefería quedarse disfrutando de los amenities que la ponían tan predispuesta para esperarlo. Cuando él volvía ella ya era un fuego ardiendo como las velas dispuestas en el jacuzzi donde había pasado la última hora del día.

Pero sólo más tarde, volviendo de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, hacían el amor con todas las luces de la habitación prendidas  como quería él. Ése era su paseo del día, verla de espaldas, recorrer esa piel, deambular por sus curvas, admirar ese contorno como una obra de arte sobre él, que se movía animando toda su perspectiva. Con ella, cualquier temor de falla orgánica había desaparecido. Como si toda su juventud se transfundiera a él en cada encuentro. Era cierto que después de la vasectomía que se había hecho en secreto había ahuyentado los fantasmas que lo reprimían y sumaban estrés en el momento menos indicado, ahora podía concentrarse sólo en disfrutar y en todo caso en prescribirse una pequeña ayudita si era necesario.  
Los dos llenaban sus vacíos con lo que al otro le sobraba a borbotones y se generaba entre ellos esa comunión perfecta que se da cuando se intercambian carencias.

Dana se daba cuenta de esa admiración por lo terso de su piel, por sus muslos tonificados sin esfuerzo, por su fortuna de tener toda una vida por delante y se paseaba desnuda por toda la habitación, marcando su zona de dominio. Luis sabía que ella atesoraba con fascinación los jaboncitos de cada hotel y entonces, la sorprendía sumando una estrella más a cada reserva, demostrándole lo que nunca alcanzaría sin él.

Cada encuentro íntimo era un canje entre juventud y porvenir. Ella se esmeraba con su boca, volviéndose intrépida y, aunque un poco torpe, lograba que él se trasladara a sus mejores épocas. Él la sorprendía con un vestido de alta costura proyectándola a sus fantasías de princesa. 

Juntos mejoraban sus versiones de sí mismos. Luis ganándole al tiempo, Dana ganándole al destino.

Fue esa mañana que ella le dejó su primer regalo material en la mesa de luz. Luis se despertó y vio junto a su desayuno la caja alargada. Sintió un poco de culpa al saber que lo que fuera ya lo tendría pero se recostó en el respaldo y abrió lentamente el paquete. Las imposibles rayitas rosas del test acapararon toda su atención. Su corazón se aceleró de esa manera abrupta y breve que caracteriza a las situaciones que se temen de antemano. Escuchó a Dana salir del baño, recogió los sonidos de su compañía, la vio aparecer desnuda, eterna. No dudó un instante en reaccionar como lo planeó desde el momento en que la conoció, guardando su secreto y perpetuando así su juventud, que era lo único que no podía comprar.

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