Grandes cartas de amor

Grandes cartas de amor

Una selección de epístolas publicada por Editorial El Ateneo, donde hay amores platónicos, atormentados, no correspondidos, apasionados, nostálgicos, sensuales... Amores reales, de carne y hueso. Porque más allá de la posición social, el nivel académico o el reconocimiento: el amor nos iguala a todo

Redacción MDZ

Redacción MDZ

Fragmento

1

La primera carta

Siempre hay una primera carta. Esta puede ser curiosa o apasionada, tímida o atrevida, insegura o aventurada. Conduce siempre a algún lugar, aunque se tenga la percepción de que no se va a obtener respuesta. Ocasionalmente se convierte en la primera de muchas, en amores que son vividos a través del papel cuando no se podía hacerlo a la vista.

 

De Victoria Eugenia de Battenberg para Alfonso

En 1905, Alfonso XIII, el joven rey de España, acudió a una fiesta en Biarritz para conocer a posibles candidatas a convertirse en su esposa y por lo tanto en reina consorte. Allí se prendó de Victoria Eugenia, una de las nietas de la reina Victoria de Inglaterra y ahijada de la emperatriz Eugenia de Montijo, quien fue su gran apoyo para lograr llevar a buen puerto el noviazgo real. El compromiso se haría oficial el 9 de marzo de 1906, y en el Palacio Real de Madrid se conserva la primera carta que la princesa enamorada escribió a su prometido. Llena de ilusión y esperanza, Ena se muestra completamente enamorada. No podía imaginar las amarguras que el futuro le iba a deparar en la corte española.

Kensington Palace, Londres, 11 de marzo de 1906

Mi querido y viejo amigo Alfonso:

Se me hace muy raro escribirte en la misma mesa de mi habitación en la que solo te escribía tarjetas postales y que tantos recuerdos me trae. Gracias a Dios, ahora todas mis inquietudes son algo del pasado y solamente me queda soportar la tristeza de estar separada de ti.

Te echo terriblemente de menos, querido, y mis pensamientos regresan sin cesar a las deliciosas horas en que estaba sentada en tus rodillas y apretada contra tu corazón y cuando sentíamos lo mucho que nos adorábamos. Pues bien, la próxima vez en Miramar [el palacio de la reina Cristina en San Sebastián] todavía será mejor, ¿no es así, querido mío? ¡Ya no tendremos que preocuparnos por las interrupciones de nuestras madres!

El marqués de Muni [embajador de España en París] y los [marqueses de] San Román estaban en la estación en París y el bueno de Calibán [apodo que ella daba al embajador de España en Londres, señor Polo de Bernabé] aquí en Londres. La travesía fue muy buena y no me mareé, tuvimos suerte porque hoy hay un viento terrible.

Después de todas las emociones y fatigas de la última semana, estoy medio muerta de cansancio y siento un extraño trastorno en mi interior, así que me he quedado en la cama hasta muy tarde. Espero encontrarme mejor mañana.

Tras haber recibido tu recado esta mañana, Mamá ha dispuesto todo para que Calibán y los señores de la embajada vengan a verme aquí.

En París pude ver un momento al médico, me ha parecido muy bien. Mamá te va a escribir a ese respecto. El tío [el rey Eduardo VII de Inglaterra] ha telegrafiado a mamá encantado de su visita a Miramar. Aguardo con impaciencia las noticias que me cuentes.

Cuando recibas nuestras fotografías, me gustaría que firmases una docena de ellas y me las enviaras para repartir a la familia.

Adiós, mi bienamado, te estrecho contra mi corazón y te doy los más dulces besos en los labios.

Tu novia que te adora,

Ena

De <> para Honoré de Balzac

Nada más estimulante para un escritor que recibir una carta anónima maravillosamente escrita por una mujer que asegura no va a revelar nunca su identidad. Firmada tan solo como «La Extranjera», esta carta le llegó a Balzac en 1832, cuando empezaba a adquirir cierta notoriedad por sus primeras obras, especialmente algunos cuentos, romances históricos y por La mujer de treinta años, que luego se integraría en La comedia humana.

Ewelina Hanska era en realidad una noble polaca atrapada en un matrimonio de conveniencia con un mariscal treinta y cinco años mayor que ella. Retirada en una propiedad en Ucrania, leía asiduamente a los autores franceses y quedó fascinada por el escritor, imaginando cómo sería el hombre en persona. En esta primera carta, hace una apasionada y entusiasta declaración, desafiando al autor a que dé su conformidad para poder continuar escribiéndole. No obstante, ella misma acabó proporcionándole una forma de que pudiera responderle y así se inicia una correspondencia que duraría dieciséis años. En su tercera carta, Balzac ya declaraba a su anónima corresponsal un amor inquebrantable pese a no saber quién era ni qué edad tenía.

Señor:

Como extranjera que soy no sería sorprendente que me sirviera de expresiones que le parecieran poco francesas, pero necesito escribirle para transmitirle con todo el entusiasmo del que soy capaz los profundos sentimientos que despiertan en mí sus obras. Su alma, señor, posee la sabiduría de los siglos. Su concepción filosófica parece provenir de un largo estudio consumado por el tiempo; sin embargo, según me aseguran, aún es joven. Cuánto me gustaría conocerle, aunque no creo tener necesidad de ello, pues un instinto del alma me hace presentir cómo es; le imagino a mi manera, y así si me cruzara con usted, no dudaría en proclamar “es él”.

Su aspecto exterior no debe dejar entrever su ardiente imaginación; tiene que animarse, tiene que despertar en usted el sagrado fuego del genio, que de ese modo hará surgir la persona que es, la persona que yo intuyo: un hombre superior en el conocimiento del corazón humano.

Al leer sus obras mi corazón ha palpitado exultante; eleva a la mujer a su justa dignidad; el amor en ella es una virtud celeste, una emanación divina; admiro en usted esa encomiable sensibilidad del alma que le hace adivinarla.

Debe usted amar y ser amado; la unión de esos ángeles debe ser su legado: esas almas deben poseer felicidades desconocidas; esta Extranjera ama a ambas. Y desearía ser su amiga; ella también supo amar, pero nada más. ¡Oh! ¡Usted me comprenderá!...

Tiene una carrera brillante, sembrada de flores delicadas y fragantes olorosas; debe ser feliz y serlo siempre.

Desde el instante en que leí sus obras, me identifiqué con usted, con su ingenio; su alma me pareció luminosa, le he seguido paso a paso, orgullosa de los elogios que le prodigaban, o deshecha en lágrimas cuando la ácida crítica vertía sobre usted su amarga ponzoña. No obstante muchas cosas me parecieron justas, y a pesar de mi predilección por su persona, me estremecí...

Me gustaría develarle toda la sinceridad de mi afecto, y mostrárselo exponiéndole la cruda verdad: la verdad, ¿querría usted oírla de un ser desconocido que, sin embargo, le ama, como ya he dicho, y puede decírsela?

Su genio me parece sublime, pero es preciso que se torne divino; solo la verdad debe guiarle; puedo percibir su alma, e incluso presentirla, ¡ese es mi único talento! Un alma que todo lo puede, pura, colosal, cuya fuente es divina y su verdad sagrada; me gustaría protegerle para que pudiese vivir siempre puro en medio de todos aquellos que deben rodear su persona, su talento, su ingenio.

Para usted, yo soy la extranjera, y lo seré toda mi vida; no me conocerá jamás...

Pero yo creo presentir su alma con todas sus emanaciones celestes, esas que a una orden suya deja traslucir en sus obras. Usted siente el amor, lo describe con alma de ángel. ¡Oh!, si estudiase a fondo el entusiasmo sagrado que le alienta, debería llegar a crear páginas que pasaran a la posteridad y arrojaran una gran luz sobre una posible felicidad real del hombre.

Me gustaría poder escribirle de vez en cuando, ofrecerle mis pensamientos, mis reflexiones; pero confío no me vea como un ser fanático, entusiasta de ideas exaltadas, no, yo soy sencilla y sincera, aunque tímida y medrosa; parezco tan poca cosa que apenas se me presta atención; no tengo fuerza, energía, ni valor más que para aquello que me parece se alía al sentimiento que me mueve, ¡el Amor! He sabido amar y aún amo; nadie ha podido comprender el alma de fuego que envuelve todo mi ser; usted me comprenderá, sí; usted apreciará tan bien como yo que debía amar una vez, una sola vez, y si no era comprendida, vegetar y morir... ¡He entregado mi corazón, mi alma, y estoy sola!... Mi vida habrá sido un doloroso sueño de esperanzas truncadas y, sin embargo, ¡no desearía nunca perder el recuerdo de semejante amor! Es la idea fantasmagórica del poder eterno que todo lo puede, que todo ilumina, que todo lo crea, que todo vivifica; es más de lo que puedo describir, es soñar a Dios, comprenderlo.

Sus escritos me han infundido un sentimiento de profundo entusiasmo: es usted un luminoso meteoro que debe proporcionar movimiento y vida en un sentido nuevo, pero cuídese de los obstáculos... Estos le rodean, ¡puedo sentirlo!... No tengo ni talento ni ingenio, pero me mueve un profundo sentimiento de verdad; siento que me gustaría ser un ángel de luz y así protegerle de todos los errores; siento que el fuego de su inteligencia me anima; no puedo siquiera describirlo ni retratarlo en brillantes trazos como hace usted, pero mi ser lo respira y querría verle alcanzar impoluto el final de una carrera cuyo aliento me transporta más cerca de Dios que del resto de los hombres.

En otras palabras, tiene usted todo mi ser; admiro su talento, rindo homenaje a su alma; desearía ser su hermana...

Mis juicios sobre usted podrán revelar errores, pero jamás falsedad o mentira; soy todo alma y no tengo más que una virtud: Amar, y amo hasta la eternidad...

¡Cuántas veces he deseado verme cerca de usted cuando esos profundos pensamientos que tan bien describe le alientan: solo, en el silencio, con su propio poder; solo, con su brillante imaginación; pudiendo contar cada pensamiento como un prodigio de fuerza moral, de previsión casi sobrenatural y que, sin embargo, nos hace presentir tan bien que el hombre puede alcanzarlo todo, puede profundizar en todo. Usted da vida cada noche a un pensamiento nuevo mientras que todo duerme a su alrededor, su genio en vela para aportarnos esa sobreabundancia de fuerza, de armonía y de Amor.

Así lo veo yo. A mil leguas de distancia, creo vivir de su vida, de sus pensamientos, pero solo sé sentirlos, no describirlos.

Me gustaría comentar con usted sus obras; celebrar con usted, y solo con usted, mi entusiasmo o mi crítica. Solo con usted, y solamente para usted, ser su justicia, su moral; su conciencia.

Una verdad eterna me mueve, puedo notarlo; me inflama, solo usted puede comprenderla y describir esos latidos de amor puros, sagrados, que me hacen amar para vivir y vivir para amar, que, con un entusiasmo sereno y resignado, me hacen vislumbrar un porvenir que me parece intuir será de felicidad y alegría para el hombre si logra atrapar esa chispa eléctrica que se me figura la verdad eterna y que, unida a la naturaleza, al amor y a la verdad, debe revelar al hombre la armonía de su existencia y decirle: ¡eso es lo que eres, eso es lo que debes ser!

Una palabra suya en La Quotidienne me dará la certeza de que ha recibido mi carta y puedo volver a escribirle sin temor. Fírmela: A la E de H. B.

La Extranjera

 

Del príncipe Alberto para la reina Victoria

Acababa de cumplir los dieciocho años hacía pocas semanas cuando heredó el trono británico en 1837, tras la muerte de su tío, y para evitar las tentativas de control de su madre, los consejeros la animaron a que se casara rápidamente. La reina no parecía tener prisa... hasta que llegaron a la corte, en octubre de 1839, sus primos Alberto y Ernesto, hijos del duque de Sajonia-Coburgo-Gotha, que ella recordaba de su adolescencia. Victoria describió en su diario íntimo la atracción que sintió por el príncipe, las «sensaciones de amor y de felicidad divina» que jamás habría esperado sentir, y le pediría matrimonio el día 15 de octubre, cinco días después de su llegada a Windsor. Pese a saber que siempre ocuparía un lugar secundario en su reinado, el príncipe aceptó y le ofreció un anillo a su amada, un acto raro para la época, pero que con el tiempo llegaría a ser una costumbre ineludible. Poco después de partir escribió esta carta a su prometida, que días más tarde anunciaría el noviazgo a sus súbditos. Se casaron al año siguiente, protagonizando el que sin duda fue el primer matrimonio por amor de la monarquía británica. El príncipe se convirtió en un importante consejero de su mujer, y cuando murió, en 1861, ella guardó luto hasta el final de sus días. «La felicidad de mi vida se ha acabado, el mundo se ha terminado para mí», escribió a su tío la mujer que hasta hace poco ostentaba el récord del reinado más largo de la monarquía británica.

15 de noviembre de 1839

Mi queridísima y profundamente amada Victoria:

Siguiendo tu deseo, y ante la urgencia de mi corazón por hablar contigo y abrirte mi alma, te envío estas líneas. Llegamos sanos y salvos a Calais, desde donde lord Alfred Paget emprenderá el regreso en un cuarto de hora, y estará en Windsor mañana a primera hora. El estado de la mar y el fuerte viento nos obligaron a partir a las dos y media de la mañana para llegar aquí alrededor de las seis. Incluso entonces el Firebrand no pudo acercarse al muelle, por lo que decidimos desembarcar en un pequeño bote. Los dos, Schenk y todos los sirvientes estábamos terriblemente indispuestos: yo apenas me he recuperado aún. No hace falta que te diga que desde que nos separamos, todos mis pensamientos han estado contigo en Windsor, y que tu imagen llena toda mi alma. Ni siquiera en mis sueños imaginé poder encontrar tanto amor en la tierra. ¡Cómo brilla dentro de mí el momento en que te tuve a mi lado con tu mano sobre la mía! Aquellos días transcurrieron tan rápido, pero nuestra separación pasará igualmente. Ernest desea que te diga un montón de cosas bonitas. Con la promesa de mi amor inalterable y mi devoción, siempre tuyo, Alberto.

Todos mis respetos para la tía y baronesa Lehzen.

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