El joven venezolano que caminó un año para llegar a Mendoza

El joven venezolano que caminó un año para llegar a Mendoza

A sus 18 años, José Daniel Piña Silva dejó la casa de su madre en Portuguesa, Venezuela, y tomó un colectivo a Colombia. Luego de ser despojado de todas sus pertenencias por la policía de su propio país, se vio obligado a continuar su travesía a pie hasta encontrar nuevo refugio. Durante su éxodo, trabajó en cada pueblo que visitó, hasta se encontró con guerrilleros del ELN y se enteró del nacimiento de su hijo al que aún no conoce.

El caso de José Daniel Piña Silva podría tomarse como una historia más dentro de las tantas escritas por venezolanos que ante la grave crisis humanitaria que sufre su país deciden cruzar la frontera a pie para encontrar refugio en alguna nación vecina. Son los "caminantes" que ya sea por falta de dinero o documentación, deciden emprender una aventura con destino incierto.

Los últimos nueve meses de la vida de José Daniel Piña Silva fueron parte de una auténtica aventura, desde que, a fines de mayo de 2018, empujado por la situación política y social de su Venezuela natal, decidió a sus 18 años dejar la casa en la que vivía con su madre y probar suerte, solo, sin ayuda de nadie, en otro lugar.

"La idea no era convertirme en ‘caminante’, pero antes de salir de Venezuela me robaron todo el dinero que tenía", cuenta Silva y recuerda que quienes le “robaron” fueron oficiales de la Policía de Frontera venezolana.

“El problema en parte me lo busqué -admite en el venezolano-. En el micro en que viajaba tenía sentado a mi lado a un niño de 14 años que quería cruzar el límite con Colombia para vender jugos de frutas”.

Piña Silva explica que la venta de jugos de frutas al otro lado de la frontera es una de las tantas prácticas que adoptó la gente de su provincia para ganar algo de dinero extra. Cuando vio a su joven acompañante, supo que si la policía le pedía su documentación personal no solamente le iba impedir salir del país por viajar solo y ser menor de edad, sino que además le iba a secuestrar toda su mercadería. “Yo siempre trabajé, lo hago desde que tengo 11 años y sé lo que es necesitar dinero para ayudar a tu familia”, dice, y agrega: “Por eso cuando llegamos al control, le dije a los oficiales que el niño era un familiar mío”.

"Me preguntaron si me gustaba el olor a meada", cuenta Daniel sobre su conversación con la policía venezolana.

El pequeño acto solidario le costó caro a Piña Silva. Según su relato, la policía no le creyó y luego de discutir un tiempo no solamente quisieron cargar contra el chico de 14 años, sino también contra el mismo. “Me preguntaron si me gustaba el olor a meada, a lo que yo les pregunté qué me querían decir. Me respondieron que tenía que elegir entre dejar todas mis pertenencias junto con las del niño, además del niño, o pasar seis meses en una celda por ‘tráfico de menores’. Obviamente dejé todo”.

Los caminantes

Ya sea por decisión propia o simple mala suerte, a Silva no le quedó más opción que seguir los pasos de otros tantos coterráneos suyos y convertirse en un caminante más. Pero él tuvo que hacerlo solo, sin familia ni amigos, a diferencia de las enormes mayorías que siempre se trasladaban en grupo.

Daniel Silva, "caminante" venezolano

“Cuando la gente me preguntaba con quién andaba y les contestaba que con nadie me decían que estaba loco. Pero tampoco había mucho entre lo que yo pudiera elegir. Mi única alternativa era volver a Venezuela y eso era algo que no estaba dispuesto a hacer”, dice Piña Silva.

"Llegué a tener burbujas en toda la planta del pie”, recuerda Piña Silva.

Así que se lanzó a atravesar Colombia. Cruzó todos los paisajes posibles, desde la selva amazónica de esas zonas hasta los bosques áridos que se extienden sobre la cordillera antes de llegar al Pacífico. “Hacía dedo y cada tanto alguien me ayudaba. Una vez tuve que viajar parado sobre el enganche que unía el acoplado con la cabina de un camión; andábamos por los cerros y las dos partes se movían primero una y después la otra y yo debía sostenerme de ambas”, cuenta el joven migrante entre risas.

“De todos modos -agrega Piña Silva-, en Colombia la mayor parte la hice caminando. Las rutas allí son más difíciles y tuve que andar unos 200 kilómetros en total. Fue terrible. Ahí sufrí heridas horribles en uno de mis pies, el izquierdo. Llegué a tener como burbujas en toda la planta del pie”.

La afección de su pie izquierdo se convirtió en un problema para realizar grandes caminatas. Por eso los 200 kilómetros no fueron recorridos en un único sino por tramos, intercalados en varias oportunidades por la generosidad de camioneros o viajantes. Eso lo llevó a meterse por pueblos desconocidos y experimentar situaciones de riesgo, aún sin estar plenamente consciente del mismo.

En una oportunidad, por ejemplo, llegó a una ciudad llamada San Alberto, ubicada en El César, al noroeste de Colombia. Allí se encontró cara a cara con guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN), el grupo paramilitar que en esa zona en especial cuenta con un largo historial de persecuciones y enfrentamientos hasta la muerte con las Fuerzas Militares.

“Estaban armados y aparecieron todos sobre sus motocicletas. Cuando me vieron se detuvieron y luego siguieron de largo”, relata Piña Silva.

“Estaban armados y aparecieron todos sobre sus motocicletas. Cuando me vieron se detuvieron y luego siguieron de largo”, relata Piña Silva y sigue: “Yo en ese momento no le dí demasiada importancia. Estaba junto a una anciana que vendía artesanías, por suerte sin los bolsos. Luego un hombre me dijo si no hubiera estado al lado de esa mujer o si me hubieran encontrado junto a mi equipaje, se habrían dado cuenta de que no era de allí y me habrían secuestrado, al menos para interrogarme”.

Un hijo "sorpresa"

La travesía de Piña Silva continuó con un breve paso -de apenas tres días- por Ecuador y su llegada a Perú en el mes de agosto. Allí comenzó a buscar trabajo y recibió la primera parte de una noticia totalmente inesperada: su pareja de Venezuela le hizo saber que tenía un embarazo de 8 meses y todo indicaba que el padre era él.

"Yo no sabía qué hacer", confiesa el viajante al recordar aquel momento que habría de cambiarle todos los planes. "Decidí seguir, no volver a Venezuela, conseguir un buen trabajo en Perú y más adelante reunirme con todos en donde me hubiera podido radicar".

"No quiero decir que todos los venezolanos en Perú se dedicaban a robar porque realmente no ocurría eso", cuenta Piña Silva.

Pero el sueño de Piña Silva de convertir Perú en su nuevo hogar no prosperó. Al poco tiempo de probar suerte como tatuador, mozo, cocinero y asistente para carga y descarga de camiones, se dio cuenta de que muchos venezolanos ya habían llegado allí antes que él y que algunos de ellos lo habían hecho con más malas intenciones que buenas. "No quiero decir que todos los venezolanos en Perú se dedicaban a robar porque realmente no ocurría eso. Pero ya por llegar desde mi país uno inmediatamente tenía mala imagen. Y mí no me agradaba vivir así, sin sentirme bienvenido", explica.

UNO DE LOS TRABAJOS QUE PIÑA SILVA REALIZÓ COMO TATUADOR -TRABAJO QUE ANTES REALIZABA EN VENEZUELA- EN PERÚ.

Por todo eso, en octubre decidió cruzar a Chile, atravesar el desierto de Atacama y llegar, vueltas más, vueltas menos, a la ciudad de Concepción. "En aquel momento aún no planeaba venir a Argentina. Eso sucedió luego, cuando entendí lo difícil que era conseguir los papeles para trabajar de manera legal allí", dice Piña Silva.

En Concepción, Piña Silva consiguió trabajo como cocinero en Atelet, una empresa dedicada al servicio de catering para eventos. Fue uno de los empleos más estables que tuvo y mientras intentaba estabilizarse económicamente con el dinero que ganaba ahí, le llegó la noticia del nacimiento de Alessandra y la confirmación, por parte de su madre, de que efectivamente era su hija. "Así que no quedaron más dudas al respecto", afirma y ríe.

ALESSANDRA, LA NUEVA INTENGRANTE DE LA FAMILIA DE PIÑA SILVA.

Entonces, Argentina

"Un día me surgió otra oportunidad de trabajo en Chiloé y viajé hasta allí. Así que me di el lujo de conocer bien el sur de Chile", relata el venezolano y sigue: "Trabajé un tiempo y después me cansé de los problemas que me ocasionaba no contar con los papeles para conseguir un empleo formal". Por entonces corría diciembre, ya terminaba el 2018 y era el momento de ajustar la brújula una vez más.

"Ustedes dicen que están mal, en una crisis, pero yo te aseguro que esto no es estar mal", dice Piña Silva.

"Dejé todo en Chiloé y me dirigí a Santiago. Después continué por la ruta hacia el Paso de Los Libertadores y muy a mi pesar tuve que volver a caminar, aunque mucho menos. Crucé la frontera a pie, dormí en Penitentes y ahora aquí me encuentro", dice Piña Silva en referencia a Mendoza, a donde llegó el 24 de enero.

LOS DOCUMENTOS CON QUE DANIEL PIÑA SILVA INGRESÓ DESDE CHILE A ARGENTINA. SOBRE EL PAPEL SE LEE LA INSCRIPCIÓN "A PIE".

Ahora, Piña Silva piensa establecerse en la provincia. Lleva apenas días y aunque todavía no consigue ni trabajo ni lugar fijo donde dormir, se muestra optimista cuando habla de su futuro. "Ustedes dicen que están mal, en una crisis, pero yo te aseguro que esto no es estar mal", asegura y concluye: "Yo a Venezuela no quiero volver. El único problema que tengo ahora con eso es la bebé. Sigo con la idea de traerla, pero todavía es algo no definido. El tiempo dirá".

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