"El gran problema de la seguridad tiene que ver con el crimen organizado"
La insuficiencia de las estrategias que los gobiernos ponen en marcha para reducir la inseguridad está vinculada con los pactos históricos que establece la política con las fuerzas policiales a cambio de una gobernalidad viable, sostiene el politólogo Marcelo Sain en un ensayo titulado Por qué preferimos no ver la inseguridad, en el que analiza los niveles de complicidad que la policía mantiene con el crimen organizado.
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Hace unos años que la inseguridad y el avance del narcotráfico inflaman la agenda pública a través de debates que reaparecen de manera cíclica ante episodios policiales de extrema violencia que ganan la primera plana y desatan demandas de cambio en las políticas de seguridad.
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Para Sain, tanto los gobiernos conservadores como los progresistas elaboran el mismo tipo de respuesta "ineficaz" para encarar el conflicto, con estrategias que contemplan un aumento de la cantidad de policías y los dispositivos de seguridad en las calles, la ampliación de partidas para afrontar mayores gastos de equipamiento y una reforma de las normas penales.
Magister en Ciencias Sociales por Flacso, ex interventor de la Policía de Seguridad Aeroportuaria y autor de numerosos textos sobre seguridad, el experto presenta por estos días un nuevo ensayo donde asegura que esas propuestas no son más que una cortina de humo que invisibiliza las formas en que el Estado regula el delito, liberando zonas, apoyando a bandas en detrimento de otras, eliminando competidores y sembrando pistas falsas.
-¿Por qué si la inseguridad aparece como un tema crucial de la agenda pública hay tantas dificultades para encarar soluciones?
-El mundo de la política y de los medios es muy coyunturalista. Todo el mundo habla de que es necesario reformar las instituciones policiales. ¿Por qué no se reforman? Porque así como están formuladas son absolutamente funcionales a la política. Son útiles para hacer control poblacional, para regular el crimen asociándose con él y al mismo tiempo manteniéndolo oculto, para generar una gobernabilidad tranquila y, finalmente, para no criminalizar lo que son delitos de poder.
"El pacto de la política es conceder a la policía el control de la calle, el autogobierno de la institución y la potestad para armar un relato propio a cambio de gobernabilidad".
"El otro elemento que se negocia es el consentimiento para que los jefes policiales puedan tener acuerdos con negocios ilegales. Y no se trata de manzanas podridas aisladas sino de circuitos y dispositivos de asociación con el mundo criminal, y de apropiación de parte de la rentabilidad que genera este circuito".
-¿Ese escenario cortoplacista de la política determina entonces que las iniciativas de control de la inseguridad y el narcotráfico se muevan siempre en términos de estrategias más superficiales?
-No hay diferencias entre los gobiernos conservadores y progresistas a la hora de presentar programas. Desde que aparecieron los temas de inseguridad en la agenda política, todos anuncian más policía, más videovigilancia y más equipamiento para la policía. Se aumentan esos recursos pero no se pone en tela de juicio el funcionamiento de la policía. Todos los gobiernos dan el mismo tipo de respuesta ante la inseguridad: lo que difiere es el relato. Cristina (Kirchner) te ocultaba el tema prohibiendo las estadísticas a partir del 2008 e invisibilizando el problema. El actual gobierno, por el contrario, te lo sobreactúa con más policías en las calles y más equipamiento policial pero sin ningún tipo de reforma en su interior. Queda claro que la estrategia del macrismo es el efectivismo policial, mostrar procedimientos. Pretende montar una cortina de humo a los problemas sociales a través de una magnificación de una lucha contra un enemigo ficcional, inasible, que es el narcotráfico.
- ¿En qué medida conspira también contra la reforma de la estructura policial la regularidad de un calendario electoral que no deja mucho resquicio para hacer cambios drásticos y asumir el costo político que implican?
- Eso tiene incidencia pero no como razón sustantiva. La política suele mantener la estructura policial porque supone que el costo de mantener las cosas como están es menor que el de cambiarlas. Los momentos en que los políticos deciden meter mano para aplicar cambios generalmente son inmediatos al estallido de una crisis en la institución policial, que se termina convirtiendo en política. Y en ese contexto de urgencia, los episodios que disparan el reclamo de una reforma policial llevan a los políticos a plantearse si pueden pagar el costo que eso representa. Por eso no es solo la coyuntura electoral lo que interfiere en las transformaciones del sistema policial, sino la comprobación de que no hay equipos políticos para afrontarlos. Y hay otras dificultades, como la inversión financiera que se requiere para producir un cambio cualitativo y las reacciones adversas que puede provocar una transformación dentro de la fuerza policial.
-En el libro desmontás la idea de que la propagación del crimen es consecuencia de la debilidad o de la ausencia del Estado. ¿Se podría pensar por el contrario que el Estado en muchos casos ayuda a consolidar la criminalidad y los mercados ilegales?
-En el caso del narcotráfico, el mayor error está en ponerlo en términos de lucha o combate y no de control. Las agencias de seguridad norteamericanas nos venden una guerra contra las drogas pero ellos en realidad tienen un esquema de regulación legal del narcotráfico y no de combate. También Europa despliega políticas de seguridad que no proponen narcotráfico cero sino una convivencia con el circuito ilegal. En ese caso, lo que se da es un pacto tácito pero no una asociación criminal donde lo que se busca es que el narcotráfico no tenga capacidad de cooptación financiera o armada.
-¿En qué términos transcurrió este ciclo en la Argentina donde el ascenso del narcotráfico ha sido meteórico?
-En la Argentina ese crecimiento tiene mucho que ver con el consumo recreativo y no con el problemático. Hay una tendencia a la criminalización de este fenómeno pero en realidad el gran problema de la seguridad tiene que ver con el crimen organizado y no con el narcotráfico. Hay que desmitificar tres cuestiones fundamentales: en primer lugar la fetichización de la droga. La sustancia no es ni buena ni mala por sí misma. El segundo punto tiene que ver con desmitificar que el consumo de sustancias prohibidas sea adictivo. La Organización de Naciones Unidas sostiene que solo un 25% de los consumidores muestran consumos problemáticos, aquellos que generan problemas de salud y comportamiento social. El resto de los consumos es recreativo. El otro error es relacionar la sustancia con el crimen y sostener que si hay más consumo hay más delitos. No está probada esa relación pero lleva a que el 80% de la respuesta penal recaiga en consumidores y no sobre grandes organizaciones criminales.

