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Una historia subversiva de amor, dinero y solidaridad

Parece increíble que en estos tiempos mezquinos que vivimos un grupo de mendocinos disponga buena parte de sus sueldos y esfuerzos para brindar a desconocidos. Leé esta nota sobre gente imprescindible.
Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

Aquellos que no padecemos grandes -enormes, considerables- necesidades (supongamos que -siendo ascetas y muy optimistas- se trate del 40% de la población de Mendoza) no tenemos realmente la dimensión -y tal vez nunca la tendremos- de lo que significa eso de que la necesidad tiene cara de hereje.

Para nosotros, para la minoría, la necesidad es más bien una respuesta cultural al poderoso vacío, un evento existencial, un entretenimiento relevante, no mucho más. Para nosotros, los privilegiados, no padecer grandes -enormes, considerables- necesidades es, además, ocasión de elección de nuestras máscaras favoritas: el cinismo para los más cabrones, la conmiseración para los más tibios y la aventura de la construcción social, para los más arriesgados y fraternales.

La generosidad, bien entendida, en nuestro sistema es apenas un tema de conversación y hasta incluso un atentado social, porque aquellos genuinamente generosos tiran por la borda los mandatos constitutivos del poder: consumo, mezquindad, exclusión, jerarquización, diferenciación, condena.

Poco sabemos -en general- de otras caras que la necesidad promueve: la solidaridad de dar, por ejemplo, pero no de dar aquello que te sobra, sino de dar lo que te hace falta, la mitad de tus túnicas, por caso, diría aquel muchacho judío crucificado entre dos ladrones a los que regalo contundentes free-pass al paraíso.

Por esto es que las religiones no tienen éxito: porque fabrican dioses, credos y normas que nadie está dispuesto a cumplir, especialmente los hijos hippies de esos dioses, revelados contra el poder, a costa de sus vidas.

No obstante, del otro lado del sacrificio, están los que pagan el costoso e incesante sacrificio por vivir sin premio ni justicia y también las drásticas salidas de vida y de muerte -muchas veces estúpidas, siempre dañinas al prójimo- que asumen aquellos que viven con el hocico seco ante la ferocidad de la penuria y salen a la calle dispuestos a todo.

Nada sabemos nosotros de los monólogos internos de los desesperados ni de sus grados de merecimiento ni de sus perezas constitutivas ni de la montaña de injusticias sociales que cargan sobre sus espaldas, desde niños y aún antes, desde sus concepciones en marrones vientres maternos.

En fin: vivir, para aquellos que no padecemos grandes necesidades, es ir aprendiendo a soportar el caballo salvaje y pícaro de la existencia y, si somos sabios, disfrutando de los detalles de proceso. En cambio, vivir en la necesidad es algo más complejo que hacer malabares para llegar a fin de mes: es hacerlos para llegar al final del día.

A pesar de todo, y he aquí la maravilla: suceden ciertas cosas, se despliegan ciertos hechos que se yerguen invictos, como una gitana herida; sucesos insólitos, como un mantra bajo la tormenta de piedras; limpios, como las manos de un niño, cuando están sucias. Así es como se levantan ciertas cosas y vienen a negarnos la indolencia constitutiva que, desde la minoría, ejercemos y exhibimos en variadas formas: modelajes y omisiones, herrajes y contraseñas, postales y maridajes, delaciones por apariencias, sanciones a los diversos, exuberancias quirúrgicas, credos inverosímiles, vacaciones obscenas y exclusiones de todo pelaje.

Viviana Porra

Miren si no y vamos a una historia: Viviana Porra es una mujer que vive sola y, muchas veces, no llega al final del día. Este que escribe la conoce de hace como diez años, cuando vivía con su madre, ya fallecida, en los galpones del ferrocarril, donde ahora está la estupenda Nave Cultural. Cachetadas van y vienen, de allí las echaron y ahora vive en un barrio humilde Las Heras y hace de todo, y con escaso éxito, para ser incluida: clases de computación hasta obtener el diploma, de inglés, de secretaria; se forma para dar apoyo en cuestiones matemáticas, de comprensión de textos; aprender a hacer artesanías, se ofrece para cuidar enfermos, empleo doméstico y etcéteras. Y nada: se caga de hambre y, encima, como tiene buen corazón, recibe perros para que no los asesinen y, así, es que tiene 14, mientras piensa cómo hará pagar las cenizas de su madre y llevarlas a La Rioja, donde la doña quería ser esparcida (ya mismo te digo: su teléfono es 2613432248, por si querés ayudarla, ofreciéndole trabajo).

Bueno, resulta que la otra vez, Viviana me llamó y, sin embargo, no fue para pedir auxilio para sí, sino para una conocida, también mujer, también sola y también perrera, llamada Claudia Arnáez. Así fue que hice una nota sobre las condiciones de vida de Claudia y sus perros, en un humilde hogar de La Favorita, que se le había inundado luego de las pasadas intensas lluvias: pedimos ayuda para ella y sus chocos y la ayuda llegó. 

Claudia Arnáez.

La ayuda llegó y no de donde uno podría imaginar: esos hogares holgados y apacibles, satisfechos y crédulos, elegantes y tonificados, bilingües y amantes de la excelencia: llegó de hogares que, sin pasar grandes necesidades, pasan de las medianas; gente laburante, de clase media con amor por el prójimo, también, y he aquí una distinción, por marcado amor por el arte, en casi todos los casos, aunque, si analizamos en profundidad, será en todos, porque el arte, su vivencia, su acechanza, su frecuencia, nos pone en riesgo ante el status quo que promovemos; el arte es una aventura hacia el desprendimiento; una herramienta, como el amor o el poema, subversiva del espantoso orden establecido.

Se trata, por qué no arriesgarlo, de una cuestión de clases, de clases sociales: héroes anónimos (que dejaran de serlo, pues este huevón que escribe y suscribe, a pesar de ellos, ha decidido delatarlos), para que lo suyo contagie: gente de clase media que donó parte de sus sueldos, para ayudar a una desconocida, sin saber que, a fin de cuentas, ayudará a varios desconocidos, ya lo contaremos.

A ninguno de ellos les sobra el dinero, pero ninguno dudó a la hora de darle una mano a Claudia, la mujer que vive con siete perros allá bien en el oeste hostil de la Ciudad Maravillosa y, además, a Viviana y a cientos de niños de La Favorita. Luego de la nota a Claudia, uno a uno, fueron llamándome y fuimos encontrándonos y me dieron plata para solucionar los problemas en el hogar de la mujer.

El maestro Alfredo Ceverino, un hombre talentoso y muy generoso.

Vamos a la delación, los héroes son: el maestro de la pintura Alfredo Ceverino, quien donó el importe de un fantástico cuadro que vendió; el músico y docente Octavio Pepe Sánchez y su mujer, Ana Romaniuk, musicóloga y docente; la notable pintora Laura Rudman, la profesora Leticia Cortese -del PJ de Capital- y su equipo de trabajo; el ejecutivo Roberto Colombo de Fundación Alta Dirección y Víctor Esainz, lector primigenio del diario y escritor. A ellos, hay que sumar especialmente al capo ingeniero Gustavo Ickovic, de Alef Construcciones SRL, además, músico, cantante de la murga El Remolino, quien realizó, in situ, la dirección de la obra y se puso con los rollos de membrana y el gas para el trabajo en el hogar de Claudia, que finalmente encaramos y concluimos. 

Y todo de onda, amigos. Y ninguno, ninguno, de ellos quiso ser nombrado, pero -a pesar de sus cariñosas amenazas- lo hacemos, porque es necesario poner nombre y apellido a esas acciones contra la corriente, que hacen de Mendoza un lugar más digno y justo para vivir.

Ickovic, de rojo, con el albañil don Simón, viendo la obra en La Favorita

Con el dinero reunido, contratamos la mano de obra (Jésica, una albañil del barrio, quien sumó a don Simón, también del barrio) y compramos materiales (metros de arena, bolsas de cemento, pintura asfáltica, ladrillones, etcétera) y cancelamos los fletes. Lo siguiente fue armar un plan de trabajo, con el objetivo de renovarle íntegramente la superficie superior de la casa de la mujer, que se llovía generosamente. 

Claudia, Gustavo, Jésica, Simón y tres de los chocos del hogar.

En medio, hubo que lidiar con inclemencias y desajustes, que se fueron saldando, gracias al ingeniero Ickovic. Ahora, gracias a todos ellos, Claudia y sus chocos ya no se llueven.

Zulema Olivares, mujer más culta de Mendoza.

Pues bien, terminada la obra, sobró plata y decidimos utilizarla: parte de ella para pagar un par de meses de la comida de los perros de Viviana y parte de ella para comprar leche, chocolate y golosinas para el festejo que la impecable amiga Zulema Olivares, hará para el Día del Niño, a fin de mes, en La Favorita (ya publicaremos otra nota, sobre este particular, en breve). 

Por suerte para Mendoza, hay gente de gran corazón, mujeres y hombres que marchan a contracorriente de nuestras habituales mezquindades, la tacañería desenfadada, el egoísmo constitutivo que escondemos al considerar que nuestra familia está formada solamente por nuestros parientes y que nuestros amigos son solamente los que son parecidos a nosotros.

Gracias, amigos, Gustavo, Alfredo, Pepe, Ana, Laura, Leticia, Roberto y Víctor; ante sus ejemplos, nos arrodillamos como si creyéramos en un más allá que queda más acá. Ustedes son la clase de personas que dejan al mundo mejor que como lo encontraron.

Ulises Naranjo.