¿Qué puerta abriste, que no se haya vuelto a cerrar?
Aunque resulte un exceso para nuestros limitados grados de confianza e intimidad -vos, lector de un diario; yo, asalariado de él-, voy a confesarte detalles sobre uno de los momentos más determinantes de mi vida: esos en los que tu acontecer cobra significación y se abre una puerta que, lo sabrás después, años después de atravesarla, se volverá determinante, categórica, invicta, inolvidable.
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Volvamos unas décadas atrás, haciendo la aclaración de que mi memoria es bastante floja y muy selectiva: adolescencia, últimos años del Proceso Militar, tal vez primeros días de la democracia. Por entonces, había fracasado o estaba en pleno progreso hacia rotundos fracasos respecto de todo: mis padres como dadores de respuestas, mi barrio como síntesis del mundo e incluso como escenario de toda épica posible, la educación formal y sus profesores cobardes y militarizados, Dios y su Iglesia hipócrita, los partidos políticos y sus promesas excesivas, mi intención de jugar al fútbol en un gran club de Buenos Aires, que me llevó a vivir unos meses en un conventillo de Barracas, y la tentación -avara, precisa y tontona- de estudiar una carrera "que diera plata", como, no sé..., Abogacía, Administración de Empresas, Ingeniería en Petróleo o Medicina.
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Mi búsqueda de una vocación, por entonces, era mi única túnica, llena de agujeros, sí, pero agujeros que usaban mis sueños para poder respirar. Y así me entregué a aquellos años, inconscientemente guiado por el hecho de que fracasar, en la adolescencia, es también sinónimo de crecimiento, de fortaleza y de aventura.
Mi gran descubrimiento personal, la llave para abrir la puerta, la única cosa valiosa a nivel social que me mantuvo nutrido y desafiado fue, por entonces, el rock. Allí, en aquellas ingenuas y provocadoras canciones, encontré mi epifanía.
Y he aquí el preciso suceso, el día en que la puerta se abrió. Fue hace más de treinta años: recital de "Pedro y Pablo", con sus guitarras al frente, Cantilo y Durietz hacen un tema que, luego de que lo oí, vaya uno a saber por qué -tal vez la perenne injusticia, la Guerra de Malvinas, la carencia como norma, los milicos cabrones o la mismísima letra de la canción, con su atractiva estructura temporal, su melodía folk, la voz de Cantilo o las infinitas aristas que propone para el segundo-, vaya uno a saber por qué, decía, fue cuestión de oírlo y nada, jamás, jamás de los jamases, volvió a ser igual en mi vida.
La canción se llama "En este mismo instante" y es esta:
Luego de esta canción, esa noche, en mi pieza, en mi casa, escribí mi primer poema, uno torpe y hermoso. Y, luego, llegó otro y otro, y entonces, empecé a leer mis primeros libros y nunca dejé de escribir y nunca dejé de leer y nunca dejé de escuchar canciones de rock. Y volví de Buenos Aires en un tren pastoso y terminé estudiando Letras en la UNCuyo y me volví periodista, porque escribía y, entonces, fui a enseñar literatura a las aulas y también a las cárceles. Y estas cosas, que sigo haciendo ya hace casi 30 años, me hicieron una persona feliz, hasta este mismo instante.
Estamos en la cárcel Régimen Abierto de Mujeres, de Godoy Cruz. Recién termino de hacer esta confesión sobre mis orígenes, ante una docena de mujeres presas y cuatro poetas del "Festival Internacional VaPoesía". Marta Miranda, Julio Ceballos, Noelia Andía y Sonnia De Monte están aquí, mientras que otro grupo hace lo propio en el ex Cose, con detenidos menores de edad. Ellos, los poetas, han venido a visitarlas, pues, por alguna razón, el poema nace y gana latidos, cuando se siente amenazado y, en su jubiloso parto, es recibido por enfermeros enfermos, por enfermos enfermeros. Por eso, el poema, en las cárceles, luce erecto y precioso, como el gato de un rey.
Los poetas que fueron al RAM y al ex Cose, a llevar sus vidas y sus obras.
Y, bueno, resulta que, entre mates y poemas, una de las mujeres encanadas -con tatuajes tumberos, ojotas y medias de toalla y uñas con pinceladas excesivas- soltó, con inaudita timidez, que ella escribe y que escribe mucho, sobre todo cuando se siente mal, y que nunca ha mostrado sus cuadernos, presos, como ella, de la imposibilidad de decir-se, como una melodía en la boca de un mudo, como una campana bajo el agua, como el peine de un pelado o cualquier mierda por el estilo, que bien se les ocurra. El asunto es que sus textos están también bajo condena.
Entonces, por eso, porque no se atreve a mostrarlos, y porque los esconde en su calabozo como un hijo impropio, por eso, conté mi historia con aquella canción de "Pedro y Pablo" y lo saludable que fue para mí mostrar a mis entrañables amigos del aula -Claudio, el Tano, Mariano, Gerardo, Darío, Leo- aquellos genuinos y estúpidos versos que terminaron por constituirme en esto que soy, en lo bueno y lo malo que soy, en lo hermoso y lo terrible, estas sobras de miserias y maravillas tiritando sobre la mesa.
Confieso, además, al respecto, que suelo ir mucho, muchísimo, a dar charlas a escuelas secundarias de Mendoza, que incluyen la proyección de un documental que hice sobre la vida en las cárceles. "No llegués hasta acá" se llama. Les cuento a los chicos de dónde vengo, de mi educación pública, de mi barrio obrero, de por qué empecé a escribir y de por qué, desde hace 29 años, voy a las cárceles: porque me siento identificado con los presos y también porque tengo miedo de le pase algo malo a los que amo y mi manera de enfrentarlo es mediante la participación social y la aceptación de los que son distintos de mí.
Les digo que uno hace lo que hace con su vida a partir de pequeñas decisiones, que pueden ser buenas o malas. Y que las malas, si sos pobre y abandonás la escuela pública, te hacen terminar preso y, a veces, muerto. No obstante, les digo, tu nivel social no te salvará de tus decisiones, porque, tengas o no tengas plata y privilegios sociales, podés convertirte en una persona sana, solidaria y culta o en una persona vana, indolente y satisfecha de salvarse sola, a partir de tus propias, íntimas y pequeñas decisiones.
Las cárceles se hicieron para los pobres y los paraísos, para los ricos, pero siempre hay maneras de evitar uno y otro tormento: la cárcel, estudiando y el paraíso, dejando de temer.
Ahí tienen a los poetas, legos y valientes, yendo a una prisión a compartir lo mejor que tienen de ellos, con gente enfrentada, día a día, con lo peor que tienen de ellos; en un régimen, el penitenciario, que resume lo peor que todos nos ofrecemos como sociedad: el ocultamiento ominoso y sostenido de la basura que generamos debajo de las alfombras, lejos, bien lejos de nuestros estados de confort.
Volvamos. En un momento de la cita, la escritora Sonnia De Monte, dejará brotar un azoro que guardaba desde hacía un buen rato en sus ojos: había descubierto que el aula de esa cárcel se llama "Ana María Moral".
Sonnia De Monte, leyendo a las presas del RAM.
Así, recordó Sonnia, quién era la hermosa Ana María, una chica de 25 años que fue secuestrada por los militares en 1977, herida de bala, en el mismísimo portal de la Iglesia de Fátima, en la calle Joaquín V. González, de Villa Marini, en mi barrio, de donde también se llevaron a Billy Lee Hunt.
Se la llevaron y jamás apareció; se la llevaron mientras yo escuchaba Pedro y Pablo, Spinetta, Vox Dei, Moris y Charly, en casettes TDK, en mi pieza, a 400 metros de allí; mientras el cura del lugar -posiblemente el padre Pérez- miraba para otro lado, haciéndose el choto, con liturgias incluidas, al pie de sus estatuas, de espaldas a sus fieles.
Ana María era una jovencita campeona de natación y montonera; corría rapidísimo, pero, ya vemos, no más rápido que las balas. Ahora, su nombre está en una puerta que, si se abre, lleva educación a mujeres pobres que tomaron malas decisiones y han sido alojadas en una cárcel.
Afuera el otoño de 2017 nos ofrece un día espléndido, pero nadie, ni las presas, querrá salir a recibir esa bendición hasta que termine la cita: están oyendo poemas y están hablando de la vida y tomando mates dulces, mientras pintan cajas de maderas y yesos de ángeles bobos, Marías con niños Jesús en la falda o ramos de rosas psicóticas. Charlan y se despejan, por un buen rato, del peso de sus frentes obstinadas en ceñirse, en una sístole duradera y cruel, en su antojo.
Es hora de irnos, porque es hora de irnos. Una de ellas, a quien conozco desde que entró a la cárcel, hace justamente veinte años, me regala una figura pintada con sus manos e intuyo cierto rubor admirable en sus acciones, cierta expectación indefinida.
Acepto su espigada morena con cántaro en sus brazos. Nos abrazamos y nos decimos que nos queremos y me promete que jamás volverá a pisar un penal. Cuando la conocí, entró embarazada a la cárcel. Fue en el siglo pasado. Ahora, es una abuela con todas las iniciales del dolor afincadas en su rostro. Le prometo que su morena adornará mi hogar y me hará acordar de ella.
El sol, ahora, ya entibia tatuajes de condenadas en el patio y una madre, con su niña alzada, sale a mostrárselo. La sístole vuelve sobre las frentes, que tornan ágilmente a ser de toro. Todo retoma su curso natural. Aquí, amigos, aquí, no ha pasado nada, en apariencia, aunque, quizás, para alguien, gracias a un poema, una puerta se abrió y no habrá de volver a cerrarse. Tal minúsculo evento podría salvar tu vida o la de los tuyos, para que mañana tengas ocasión de abrir tu propia puerta y te dispongas a ingresar a territorio desconocido.
Ulises Naranjo.