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Pijamada de nenas en casa y otros eventos maravillosos

Son insolentemente hermosas y felices. Mientras desenvuelven impunidades, me oculto en un rincón de la casa y enciendo la computadora para recopilar el día.

Estoy espantado: una de mis hijas ha organizado una pijamada y la casa se ha llenado de risas interminables y maquillajes de mentirita, de canciones de Taylor Swift y desfiles de modas de princesas y recetas de cocina de autor y de cuchicheos de delfines y talleres de plástica dadaísta. ¿En qué momento sucedió todo esto? Es viernes a la noche y mi expectativa para el resto de la noche es la mera supervivencia, ante los accidentes hogareños más severos jamás imaginados: los de la belleza, cuando se solaza. Hace un puñado de años atrás, no muchos, realmente, los viernes por la noche yo me pintaba los pómulos con ectoplasma de puma y me calzaba alguna de mis camperas de cuero y, con mis amigos, entrábamos a los bares, mezclas Dorian Gray, Tony Manero y el Petiso Orejudo, flotando a medio metro del piso y con facones entre los dientes. Bueno, pues, ya no.

Ahora, que el maldito amor me ha cercado y se pasea desfachatado por mis días, como Lady Godiva por Peatonal y 9 de Julio, resulta que Lucía ha decidido que es viernes de pijamada y yo, perro de la gerencia en el edificio de Pessoa, sólo atino a llenar una copa con un estupendo vino y ocultarme en el último rincón de nuestra casa, como lo hacía aquel jorobado aficionado a las alturas, las sopranos y las penumbras.

Entonces, a falta de mejor plan, enciendo la computadora, dispuesto a escribir, sobre las diversas maravillas que trajo consigo este viernes que agoniza. Y así es que recuerdo, por ejemplo, cuando salí a mediodía del diario, luego de varias horas construyendo realidad a domicilio, y descubrí que el cuidacoches había decidido lavarme el auto, que era una mugre; y que lo hizo a cambio de nada, a cambio de saludarnos por las mañanas, intercambiar algún comentario futbolero o climático, a cambio de hacerlo parte. El, a pesar de tener dos policías a diez metros decidiendo si, por portación de rostro, se lo llevaban o no, se puso a lavar mi auto, después de mostrarles el documento. "Está todo bien", me dijo, bondadoso, para determinar mi juicio, cuando le pregunté por qué lo miraban. En fin, le agradecí, le tiré un billete y me fui a una cárcel de mujeres, donde había organizado una función teatral.

Al llegar, me encontré con Claudia (no se llama así, por supuesto). Hace veinte años, cuando recibió su larguísima condena, empezó a hacer teatro en el elenco "Falta de Méritos", que hacía poco habíamos creado con mi amigo Pablo Flores, a instancias del cura, nuestro hermano, Jorge Contreras, el santo padre. Veinte años después, a Claudia le faltan cinco meses para salir y tiene un paquete de harina Blancaflor en la mano: va a hacer alfajores y bizcochuelos para sus nietos, pues, cada catorce días, sale unas horas y va a visitarlos.

Nos damos un abrazo y nos reímos, acordándonos de un par de cosas; en tantos años y en varias cárceles, fuimos haciendo actividades teatrales, literarias y audiovisuales, mientras los años nos convertían en otras personas o nos condenaban las mismas. A fin de este año, dos décadas después, tendrá ocasión de retomar el control de sus días y ojalá lo haga de la mejor manera; ojalá atine y no vuelva a estos ominosos espacios construidos para pobres que delinquen.

Veinte años no es nada, dice el tango, pero, en este caso, son dos vidas. Le pido entonces que junte a las chicas, porque el cuentacuentos Diego Flores hará un show para ellas, en el marco de la Fiesta Nacional de Teatro. Minutos después, las presas traen sus mates y sus tatuajes y sus derribos y "El amor es puro cuento" comienza a desenvolverse.

¿Cómo mierda hacer para explicar, afanoso lector, la maravilla desplegada en ese momento, los instantes de plenitud en la carencia absoluta? ¿Cómo poner palabras por encima de las risotadas de las muchachas, niñas, otra vez, en una pijamada border, con caries, cicatrices y mates tan dulces? ¿Cómo hacer para no correrse a un lado, hacerse pequeño en un rincón del pabellón, cuando ellas lloraron de emoción, ante un cuento que las llevó de los pelos a sus infancias o el primer amor? ¿Cómo no pensar que la vida es hermosa cuando una mujer detenida te convida tutucas y alfajores de almidón de maíz, de sus manos, y encima te da las gracias?

A otra cosa: puertas afuera de la cárcel, todo seguía como si nada: mi auto, limpio; la gente cruzando calles con sus historias a cuestas, los chocos olisqueando en la basura, los canas en las esquinas pidiendo DNI a los pibes pobres, las ramas dejándose columpiar por un vientito, el agua estancada para los pericotes narcisos, mi mujer comprando fajitas y aguas saborizadas para la pijamada y también verduras para un guiso que comeremos mañana a la noche, con los vecinos del barrio.

Y hay más: al llegar a casa, fui a pasear el perro, a un campo vecino, al pie del atardecer, con la vida obstinada es sus repertorios de abundancias. Es insostenible el otoño, pensé, su paleta es insostenible; pasan los años y este asombro vuelve a levantarse intacto como la luz de una vela, con este grado de inaudita y gigantesca intimidad, interrumpida por las corridas tontarronas de mi perro. ¿Cómo no morir, entonces, al pie del crepúsculo, morir víctima de la petulancia del ciclo de las estaciones, morir de tanta belleza desplegada, de tanto evento cotidiano desenvuelto en torno a lo maravilloso?

Detengo la escritura, porque mi mujer, como a un preso que soy, me trae fajitas con cynar. Enciendo el televisor: canal 500, están dando el Concert Baoise Session, un recital, un tanto decadente, de la Iguana. Ahí, sin remera, transpirando como boxeador senil, precioso y feo, arrastrando su legendaria patita renga, el septuagenario Iggy Pop, canta, otra vez, "1969" -another year with nothing to do- y enseña a todo mundo que, si él lo logró, cualquiera lo puede hacer y que no hay que hacer nada para lograrlo.

En los ritos verdaderos, se sacrifican dioses, me hizo acordar que, alguna vez, hace como treinta años, escribí en una Lexicon 80.

La pijamada es un éxito total. Las niñas juegan, y juegan y juegan, van de paseo, van a la escuela, con los soquetes y con las medias Ciudadela. Es viernes por la noche y elijo permanecer en este rincón de la casa y levantar mi vaso con cynar, mientras Iggy canta, otra vez, "I Wanna Be Your Dog" y, a bordo de tres tonos, bailan las niñas de la pijamada, bailan el cuidacoches y los policías, bailan las presas tatuadas, la gente por las calles, las hojas en los árboles, los pericotes en los charcos y el estúpido perro al pie del crepúsculo.

Heme aquí: contundente como un osobuco sobre el altar. Es sorprendentemente hermosa la vida, cuando finalmente conseguiste madurar y apostás por relajarte y contemplar.

Madurar, por cierto, significa también que comenzaste a podrirte, que ya olés mal y que empezás a rodar, como un muñeco rechoncho, ante la caridad gravitacional y así será, mi amiga, mi amigo, rodar y caer hasta detenerse en la zanja recién abierta de un parque de descanso, pero, ojo, con una sonrisa en la jeta, si has sabido apreciar los detalles. No hay mucho más, aunque demasiado para un viernes por la noche, con una pijamada de niñas, como telón de fondo e Iggy Pop en mute, transpirado, saltando con su pata corta, como una suricata con epilepsia.

Ulises Naranjo.