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Los valores del pueblo quechua en la voz de una mendocina

Elisabeth Roig plasmó en "¡Vamos a Charcoyo!" la cotidaneidad de un vibrante pueblo boliviano, rescatando aquellos valores que aún sobreviven entre sus habitantes.
Foto: Elisabeth Roig
Foto: Elisabeth Roig

La visibilización de los pueblos originarios de América Latina ha sido una de las principales preocupaciones sociales de los últimos años, en un contexto socio-político, que remonta sus inicios en la segunda mitad del siglo XX, que pugna por la revalorización de las culturas de raíces precolombinas y la integración de esas comunidades como parte sustancial de las sociedades actuales de la región.

Elisabeth Roig, hija del célebre filósofo mendocino Arturo Roig, posee una sensibilidad hacia los pueblos originarios de América del Sur, especialmente en lo referente a los valores que emanan de ellas. Motivada por esas ideas, junto con su experiencia personal, se lanzó a publicar ¡Vamos a Charcoyo! (Trompo Ediciones), en el cual narra, mediante imágenes y palabras, la vida de un pequeño pueblo quechua en el sur de Bolivia llamado Charcoyo, haciendo hincapié en la vida comunitaria y en los lazos que se entretejen entre las familias que habitan el lugar, en las formas de cómo se relacionan entre ellos y sus costumbres.

Publicado en diciembre año pasado, ¡Vamos a Charcoyo! es el resultado de un largo proceso de contacto de Roig con los habitantes del poblado quechua, en compañía de Juan "Juanito" Lázaro Mendolas, antiguo poblador que vive en nuestro país. Este libro nació al revés, es decir, surgió como consecuencia de esos viajes, que le mostraron un mundo donde la solidaridad y la reciprocidad entre los vecinos, como si fueran una gran familia, son la norma cotidiana, esos valores que en nuestra urbanidad hemos ido perdiendo paulatinamente entre asfaltos y globalización.

Es indudable que esta obra va más allá de un simple acto reivindicatorio de la cultura quechua: lejos de cualquier pretensión academicista, intenta acercar a las comunidades, achicar esos enormes espacios que separan a los pueblos originarios del resto de nosotros y, lamentablemente y fomentan resquemores y discriminación, trata de romper las barreras de los prejuicios y busca revalorizar los valores (valga la redundancia) de los vínculos comunitarios que, al menos entre los quechuas de Charcoyo, están muy presentes.

Una especial sensibilidad hacia los pueblos originarios, más una clara perspectiva de perfil latinoamericanista (imposible no disociar con buena parte del pensamiento de Roig padre) y una sólida formación académica en filosofía y antropología le permitió a Elisabeth Roig consolidar una sinergia texto-imagen que trasciende la labor testimonial para brindarnos una rica historia cultural abundante en la simpleza y sistemáticamente equilibrada en muchos aspectos de la vida.

En diálogo con MDZ, Roig contó que sus vínculos con la cultura quechua y los pueblos originarios nacieron mucho antes de la concreción de ¡Vamos a Charcoyo!: "Comenzó hace mucho tiempo atrás, cuando vivía en Ecuador durante el exilio (con su familia) a partir de 1976, donde tomé contacto con miembros de la comunidad quechua. Allí terminé mi carrera de Filosofía, mientras retomé los estudios de música que había abandonado en el país. Cuando regresé a la Argentina, quise juntar mis dos amores, la filosofía y la música, por lo que hice un posgrado en Antropología de la Música, con lo cual, a partir de ahí, me dediqué a la investigación sobre esa área y trabajé con distintos pueblos indígenas, como los tobas y los mapuches". 

"El contacto con Juan (Lázaro Mendolas) hizo que tuviera la posibilidad de ir y entrar en Charcoyo como una persona más de la comunidad, teniendo un contacto muy pleno, lo que me permitió trabajar con ellos. Me encariñé mucho", añadió. 

Uno de los aspectos que más le llamaron la atención, y que plasmó fehacientemente en su libro, fueron "los valores que tienen que ver con todo lo que es la solidaridad y la reciprocidad, y cómo funcionan allí" y manifestó que "en nuestra sociedad urbana y contemporánea tenemos rotos esos sistemas de reciprocidad, mientras que allá se mantienen, porque la seguridad en sí misma se ha determinado por la reciprocidad. Para cultivar el campo necesitás que otro te ayude hacer los surcos, o la cosecha requiere varios cosechadores, y después los demás van a necesitar esa ayuda, generándose un tipo de vínculo increíblemente fuerte que después se expande a la vida misma de la comunidad, que se organiza en relación a esos vínculos".   

"Vivo hace más de 30 años en Buenos Aires, y allí noto que hay una rotura de los lazos sociales, aunque -aclaró- en Mendoza algo se mantiene un poco más. La experiencia en Charcoyo me aportó la comprobación de la vigencia de esos vínculos, de la importancia que ellos tienen y de lo que construye. Es un mundo muy rico, que está lleno de símbolos compartidos, como la fiesta del Carnaval y los patronales", amplió.  

En ese sentido, Roig confesó que "No fui allá para hacer un libro, sino que, viendo y vinculándome con la comunidad, surgió esto de documentarlo y difundirlo".

Las motivaciones de la autora no parten solo de la difusión de una cultura arraigada en el sur boliviano y que se remonta a más de 500 años, sino también en las necesidades de quebrar los prejuicios y marginalidad social que existen en torno a los pueblos originarios, en este caso, la comunidad quechua. De hecho, Roig sintió eso en carne propia: "Cuando trabajaba con los toba, llevé personas de esa comunidad a una escuela primaria y un niño de seis años les preguntó '¿ustedes como hacen a los hijos?'. Esa pregunta nunca se me olvidó, fue como marcar una distancia, como si no fueran argentinos, ni siquiera seres humanos". 

También impera la necesidad de quebrar prejuicios hacia los pueblos originarios, y Roig cita la principal teoría de Marshall Sahlins que rechaza la presunta pobreza que se le achaca a las comunidades aborígenes, dado que el antropólogo estadounidense plantea que esos pueblos practican una economía autosustentable donde no existe la pobreza, "y demuestra que esas comunidades no requerían de la acumulación, y por eso hay que tener una mirada sesgada y descalificadora de ese sistema económico". 

"En el caso de los quechua, cultivan lo que necesitan, y si hay algún excedente en sus producciones agrícolas los destinan al trueque para obtener cosas que no producen", expresó. Por ello, Roig enfatizó en que "planteo en el libro que no hay en Charcoyo un campesino que no tenga su propia tierra con sus casas, y tampoco hay ninguno que no tenga trabajo". "Quiero ayudar a pensar que no se puede asimilar el concepto de campesino con pobreza, algo muy evidente al mirar su riqueza cultura", recalcó.

De todos modos, la autora advirtió que no persigue la "idealización" de los pueblos originarios, dado que en estas comunidades "también hay conflictos, envidias y peleas, porque son seres humanos". Por ello, sintetizó, "no hay que caer en la idealización absurda, pero sí debemos rescatar los valores reales que estamos perdiendo".

Otro pilar fundamental para Roig como motivación es la finalización de la discriminación: "Lamentablemente compruebo día a día la discriminación que sufren la gente de origen andino, en los maltratos que padecen los inmigrantes bolivianos". En ese sentido, señaló que "mi idea es que el libro llegue a las comunidades bolivianas que están en la Argentina para mostrarles que el texto aporta a una revalorización de su cultura, y al que no conoce por ser totalmente ajeno, decirles que se trata de una cultura valiosa para conocer y comprender".

Roig es contundente al afirmar que su libro "es para ser usado" no solo en las librerías, "sino por ámbitos donde realmente ayuden a la reflexión y a abrir una mirada diferente".

Justamente, la autora valoró el aporte de 'Juanito' a ¡Vamos a Charcoyo!, sobre todo en los textos que transcribió al quechua: "El trabajo de Juan ha sido muy importante en este libro, dado que hubo mucho compromiso de su parte".

¡Vamos a Charcoyo! Se presentará oficialmente este domingo 9 de abril, a las 18, en la sala de arte y taller Donde duerme la Luna (Viamonte 3005, Chacras de Coria, Luján de Cuyo), donde además se exhibirá una muestra fotográfica de Roig con imágenes del pueblo.