Silencio de estrellas
Cuando siento una necesidad de religión, salgo de noche para pintar las estrellas. Vincent Van Gogh.
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- Su reputación lo precede. No hay en toda Europa, alguien que se le compare, si a investigaciones cosmográficas nos referimos. Sus conferencias y artículos acerca de la materia y el cosmos, son de un baluarte inigualable. La posteridad le estará por siempre agradecida, si es que acaso ya no lo está. -opinó el Dr. Argante, ensalzando con abocada determinación, la imagen y el trabajo del bienquisto cosmógrafo; S. Calvino.
- Se trata de una de las mentes más prolíferas de nuestro tiempo; sin lugar a dudas. No me sorprendería si se erigiese un busto, o se levantase un mausoleo en su memoria, cuando su paso por esta vida haya llegado a su término. A mi parecer, ha podido desentrañar, no sin un arduo trabajo de fondo, gran parte de los interrogantes que imposibilitaban seguir avanzando en dicho campo de estudio. Su impronta, alcanza a vislumbrarse en el vasto conjunto de sus aportes. -se expresó con suma sapiencia, uno de los científicos más prestigiosos de Moscú.
- Toda una vida dedicada a servir a su más profusa pasión. Ha de ser por demás gratificante, el hecho de poder encontrar un punto de convergencia con los objetos que nos rodean. Cuando ello sucede, se debe procurar no abandonar dicho sendero, y continuar su trayecto hasta el final. -musitó un flemático anciano que hallábase entre los congregados.
- Pues, a decir verdad, son muy pocos los espíritus que se animan a perecer el hoy, para atisbar el mañana; S. Calvino lo supo comprender, y por su parte, pudo sacar provecho de todo ello.En otro orden de cosas; no he podido dejar de notar, que en su ensayo científico El cosmos también habla, logra abrirse camino de entre el resto de sus coetáneos, al afirmar que el cosmos -al igual que cualquier otra representación susceptible de ser nombrada- no es otra cosa, sino, un todo caótico. Difiriendo así, del resto de los pensadores que postulan que el cosmos no es más que armonía y orden universales. -reparó un joven matemático, aficionado a la cosmografía.
- ¿Entonces cómo se explica el riguroso ordenamiento bajo el cual se hallan dispuestos los elementos del universo? Si bien es cierto que no puede hablarse de una armonía intrínseca, sino más bien, artificial; no resulta inverosímil aseverar, o al menos sugerir, que el cosmos se halla separado y se desentiende de todo aquello que suscita caos y convulsión. Esto se da así, porque ha ido sufriendo, de manera ineluctable, diversas transformaciones que poco y nada tienen que ver con aquella condición pretérita a la que he hecho mención. -se atrevió a opinar otro de los allí presentes.
Mientras el resto continuaba debatiendo acerca del trabajo de S. Calvino; Nicanor se dispuso a separarse del grupo, para a continuación, refugiarse en un rincón apartado y casi a oscuras del salón. Sentíase extrañado y sumamente fascinado a causa de aquel mundo nuevo que se abría ante sus narices. Nunca se hubo considerado un hombre de ciencia, ni mucho menos; al contrario, su espíritu harto creativo, hallábase impregnado de multiversos que nada tenían que ver -o al menos así lo creía- con la física, la astronomía, y demás ciencias duras. Por su consabida naturaleza, y quizás también, a causa de su marcada tendencia a observar con cierto reparo los objetos y las personas que componen el vasto mundo, es que se hallaba tan a gusto al regodearse en aquellas confluencias espirituales que tenían lugar dentro de sí. Pero para aquel entonces, una nueva concepción por completo desconocida, que se erigía ante su persona, caló en lo más hondo de su interioridad, incitándolo a tomar conciencia de que todo paradigma arraigado era plausible de ser cuestionado, e incluso, desechado a posteriori. Sin más, su acostumbrado espíritu reflexivo, lo condujo a auscultar todo cuanto se le presentaba en la actualidad como un nuevo orden de cosas.
A continuación, el cosmógrafo S. Calvino se hubo hecho presente en el lugar, y sin más, se mezcló con el resto de los disertantes; quienes se encontraban gravemente concentrados en sus exposiciones. En el momento en que este hubo intervenido, el debate hallábase en su apogeo, y por lo demás, urgido de un aire renovador. Nicanor, quien se encontraba relegado con sus pensamientos; no podía desprenderse de los mismos, hasta que llegado el momento, S. Calvino lo interrumpió.
- No seríamos nada sin el cosmos. Todo se lo debemos a su existencia, y nada más que a ella. -prorrumpió con tono grave S. Calvino.
- (Patidifuso por el comentario).Tenga a bien explicarse, estimado S. Calvino. -le contestó Nicanor.
- Es el punto de partida de todas y cada una de las cosas que conocemos. La vida misma, no es sino, una suerte de acometida cuyo origen debe buscarse en el lenguaje del cosmos.Verás; el conjunto delas cosas que nos rodean desde el comienzo de los tiempos, se halla contenido en él, puesto que comprende la totalidad de los elementos existentes. -la pasión y la determinación con que se hubo expresado S. Calvino, tuvo su efecto en la interioridad de Nicanor, sumiéndolo en un estado de atención crepuscular.
- En verdad parece saber muy bien de lo que habla, estimado S. Calvino. No creo estar en condiciones de poder explicar con rigurosidad científica, qué es el cosmos, y qué no es; pero sí puedo dar a conocer mi propia cosmovisión. A mi parecer, el universo tal y como lo concebimos, no se halla sujeto a ninguna ley prefijada por el hombre o la naturaleza, sino que comprende sus propias posibilidades de creación en sí mismo. La única condición que necesita para no perecer, es que el hombre pueda reconocerse en su vasta inmensidad como parte de él.
- Interesante punto de vista. Por lo cual, deberíamos suponer de que somos, en tanto no nos desentendamos de la suerte que nos toca a cada cual. Pero, ¿y si acaso de un día para el otro el cosmos pereciese? ¿Si sus estrellas nos abandonasen sin más?
- ¡Las estrellas! ¡Benditas estrellas refulgentes! Siempre tan melancólicas y taciturnas; o quizás no se trate más que de una proyección de las características internas que invisten a mi espíritu. A mi modo de ver, nada hay que el hombre pudiese hacer para evitar que se apaguen, llegado el momento en que esto suceda. Una vez ocurrido esto, el cosmos y todo lo demás, desaparecerían sin previo aviso.
- Al hombre debería de bastarle con contemplar el cielo en silencio, y procurar adentrarse en él.
- Pues, a los efectos, cuando lo contemplo, me observo a mí mismo, y me hallo a gusto de poder encontrarme.
Luego de que ambos hubiesen terminado de contemplar las estrellas que se alzaban ante sus ojos, se unieron nuevamente al grupo.
Manuel Arias

