Una madre en apuros
Porque al besar la madre a un hijo amado, besa a un tiempo el amor del que ha nacido. Ramón de Campoamor.
---------------------------------------------------
- ¿Es mucho pedir que no se hable del asunto en presencia de los invitados? -se dirigió con suma gravedad la condesa.
- Pero querida, es necesario que... -fue interrumpido en seco el conde.
- No, es necesario para ti, no así para el resto.-dijo dispuesta a imponerse.
- En verdad me apena que así lo creas, pero lo encuentro injusto de tu parte. Nunca hube querido otra cosa que no sea hacerte la mujer más dichosa de entre todas, o al menos, así se me ha figurado siempre. -el semblante del conde denotaba un dejo de tristeza, y cuando hubo dicho esto, todo su ser se sintió aquejumbrado.
- (Con el corazón ablandado). -No hace falta que recurras a dichas artimañas para llegar a mi corazón. Bien sabes que te estaré por siempre agradecida, por todo el amor y el cariño que me has dado en todo este tiempo.Pero debemos quedar de acuerdo en algo; no siempre hemos de coincidir en los asuntos que conciernen a nuestra pequeña. -se advertía un ánimo de reconciliación por parte de la condesa.
- Pero si nos abrimos ante los demás, quizás entonces, alguien nos pueda tender una mano. Insisto, querida; deja que yo hable, si es que a ti te resulta demasiado penoso hacerlo.-sugirió el conde.
Muy a su pesar, la condesa consintió en la determinación de su esposo. Por dentro, sabía muy bien que el hecho que aquejaba a ambos, requería de toda la ayuda que estuviese a su alcance. No se encontraba dispuesta a renunciar ante las circunstancias tal y como se presentaban, y lo más importante, tampoco se hallaba preparada para sucumbir a la pena de tener que decirle adiós, a quien para ella era el ser más querido en la faz de la tierra: su pequeña y adorable Constanza. Por más que se intentase convencer de todo lo contrario, sus sentimientos hacia ella no hubieron cambiado ni cambiarían en lo sucesivo. Le afligía tener que admitir que su vida dependía y giraba en torno al bienestar de su preciada hija, puesto que se trataba de un arma de doble filo; por un lado, todo su derrotero interno hallábase consagrado al amor incondicional que le propendía a la misma, y por el otro, la posibilidad -ahora más inminente que nunca- de perderla algún día, significaría que su existencia pasase a dejar de tener sentido alguno, si es que acaso lo tenía en la actualidad.
Por ello, y debido a muchos otros elementos que se encontraban en juego en su fuero interno, es que la condesa se decidió al fin a recibir la ayuda de sus allegados, con el único propósito de poder recuperar y mirar a su hija a los ojos otra vezlo más pronto posible.
- Sabía que de un modo u otro, entenderías la gravedad del asunto. No te preocupes, querida, saldremos airosos de todo esto, al igual que tantas otras veces. Procura levantarte y buscar sostén en mi persona; yo haré lo mismo. -ambos fundieron sus cuerpos en un sentido abrazo.
- Es que lo pienso y todo parece tan irreal, y a la vez, en algún punto, esperable. Sí, era de esperar que las cosas se diesen de este modo y no de otro. Y yo tengo una gran cuota de responsabilidad en todo ello. Si tan sólo... -un sentimiento de culpa la carcomía por dentro.
- No. Mientras siga en pie, no permitiré que te castigues de ese modo. Aquí no hay culpables ni mucho menos responsables. Cabe suponer que estamos como estamos, porque las circunstancias han rebasado cierto límite, el cual escapa de nuestras manos. -intentando suplir la desazón de una madre destrozada.
- No hay palabra ni consuelo que valga en este caso. Lo único que me devolverá la calma y apagará este ardor que me quema por dentro, será el hecho de tener nuevamente a mi querida Constanza a mi lado, y poder colmarla de infinitos besos y gestos de arrepentimiento. Jamás creí experimentar semejante sentimiento de zozobra. Mi corazón se halla partido a la mitad. Es como si una parte de mi alma toda, me hubiese abandonado sin más. -al decir esto, los ojos del conde se enternecieron aún más.
- Oh, querida. No todo pasado fue mejor ni todo presente es peor. No nos precipitemos; aún no han pasado tantos días desde que... -se vio interrumpido por la llegada de los invitados.
La velada tuvo lugar en un clima de camaradería y disfrute hasta donde se pudo; pues llegado el momento de tener que tratar el asunto que afectara a la hija de los anfitriones, el ambiente hubo adoptado un tono más serio.
- Pues, como verán, a veces las cosas toman un rumbo imprevisto y se hace dificultoso volver a encauzarlas tal y como antes. -el modo con que se hubo expresado el conde, alarmó a los presentes. Hallábase alicaído y en sintonía con los sentimientos de su esposa.
- No creo que haya de qué preocuparse. Estas cosas suceden más a menudo de lo que uno piensa, y por lo general, el desenlace es siempre prometedor. -opinó uno de los convidados mientras se servía una copa de vino.
- ¿Existe alguna posibilidad de que se haya...? -insinuó otro.
- Pero qué cosas dices. Sepan disculparlo, pero a veces no se puede contener y habla sin reparar en lo que dice. -se disculpó la esposa del caballero.
- Sea lo que sea que haya sucedido para que la pequeña Constanza no esté hoy entre nosotros, lo resolveremos cuanto antes. Tengo unos contactos en la jefatura de policía que pueden resultar de gran ayuda. Pueden contar conmigo para lo que necesiten, estoy a su entera disposición. -se mostró solícito un joven que pertenecía a una importante firma de abogados en Moscú.
La gran mayoría se mostraban preocupados y resueltos a proveer de toda la ayuda que fuese necesaria. Aun cuando estableciesen toda clase de sojuzgamientos e hipótesis para sus adentros, alcanzaban a vislumbrar el estado de angustia y pesadumbre que hallábase ensombreciendo el ánimo de ambos padres. Por lo cual, creyeron conveniente hacer a un lado todo juicio de valor que pudiese llegar a afectar su predisposición, y a continuación, brindaron todo su apoyo y consejo necesarios.
- No he podido conciliar el sueño desde que se hubo marchado de casa. Pienso en cómo se las estará arreglando para sobrevivir a este gélido frío que hiela hasta los huesos. Sin comida, ni abrigo, ni rumbo alguno ante sus narices. Lo que daría por intercambiar de lugar con mi pobre y entrañable Const... -la condesa no hubo terminado de decir esto, cuando de pronto, alguien llamó a la puerta. Era Constanza. Su rostro taciturno estaba como ausente; vio cómo sus padres volvían en sí,y sin mediar palabra alguna, se dirigió a su cuarto.Y allí concluyó la amarga velada.
Manuel Arias

