Otra vuelta de ideas
El aire de las ideas es el único aire que merece respirarse. La edad de la inocencia. Edith Wharton.
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- Su exacerbada grandilocuencia al momento de tener que dirimir acerca de los asuntos que conciernen a la sociedad toda, no es sino, un vano intento por querer demostrar el sumo valor de sus opiniones. -expresó con un dejo de ironía uno de los ancianos.
- Pues, en lo que a su espíritu concierne, se halla colmado de precipicios. No me sorprendería que al fin se decidiese a lanzar al vacío por uno de ellos. -dijo en tono categórico el acompañantedel primero.
- Siempre tan obcecado en su comportamiento; que bien podría presumirse que atienta contra toda costumbre instaurada en el acervo de la sociedad. Su afán por querer derribar aquellos cimientos en los cuales nos hallamos insertos, da cuenta de la voluptuosidad de su pensamiento, así como también, del espíritu harto transformador que lo contiene. Por otra parte; me complacería escuchar su postura acerca de cómo debería funcionar el mundo según su parecer. -se animó a cotejar con suma gravedad el anciano de espíritu escrutador.
El pensamiento de uno, se amalgamaba como por fuerza mayor, en el pensamiento del otro. Esculpían sus argumentos a la manera de un artista experimentado, y las conclusiones a que arribaban, dejaban entrever el vasto mundo de acepciones que se hubo forjado cada cual. En otro orden de cosas; se mostraban por demás conservadores y reticentes, en aquellos asuntos que atañían al común de la sociedad.
- Después de todo, su aparente solidez de pensamiento, quizás no sea más que una compensación de su falta de madurez en el orden espiritual. Hay cientos de casos como estos. -señaló con desdén el acompañante del anciano.
- No deja de ser menos cierto, el hecho de que tanto su posición social como su estimada reputación, son bien vistos por el grueso de sus contemporáneos. Tanto así, que aquellos detractores que intentan desbaratar su ideología, se hallan casi extintos, pues temen a las consecuencias que podría acarrear todo ello para su entramadopolítico. -se expresó tajante otro de los presentes.
- Pero ahora díganos, ¿cuál es su opinión al respecto, estimado Nicanor? Sabido es por todos nosotros, que su pensamiento político ha dado muestras de ser uno de los más influyentes en toda esta partida. Me gustaría saber si aún lo sigue siendo. Bueno, ¿qué tiene para decir? -interpeló uno de los magistrados a Nicanor.
- Su consabida capacidad para adular a los demás, siempre me hubo parecido única, estimado magistrado; aunque me veo obligado a objetar, espero que no se lo tome a mal. -respondió impasible Nicanor.
- Se lo ruego encarecidamente, adelante. -contestó afable el otro.
- Las circunstancias ameritan una explicación de mi parte. Ha de saber que no soy de esos hombres que engordan de ideas, para a continuación, sentirse culpable a causa de ello; mi idiosincrasia se encuentra posicionada más allá de cualquier ideología que pudiese llegar a defender con la mayor de mis voluntades. Esto es; no encuentro motivo alguno para no expresar mi descontento en relación a cómo se vienen dando las cosas. Considero que la crisis actual, no es tan sólo económica, sino también, espiritual. -el auditorio se mostró desconcertado por el comentario de Nicanor, pues a su parecer, era desacertado y demasiado arriesgado.
- Un país como el nuestro, debe forjarse a base deidealistas radicales, hombres acérrimos que no teman tomar decisiones que puedan afectar al conjunto de la sociedad, y cuya vanidad, no se vea trastocada por un simple acto de supuesta vulneración de los derechos. Dicho esto, necesitamos hombres como usted, estimado Nicanor. Abundan los errantes; es momento de que las cosas cambien, y esperemos que para bien. -el resto asintió con sus cabezas, demostrando así estar de acuerdo.
- ¿Cómo puede estar tan seguro de ello? -le rebatió Nicanor.
- Ya veo. No desea trabajar con alguien que ya hubo defraudado a su nación. Pero déjeme decirle algo; ya no soy aquel hombre enceguecido por su codicia. He cambiado, y mucho. Ahora veo cómo han de hacerse realmente las cosas, si es que queremos sacar adelante a nuestro pueblo. -sentenció el magistrado.
- No soy quien para descreer del valor de su palabra, pero algo me dice que no se halla del todo convencido. -dijo con un velo de desconfianza Nicanor.
- Así y todo, debemos renovar la esperanza del pueblo. Sin ella, no hay mucho que se pueda hacer. -el magistrado se hubo mostrado sincero al respecto.
A continuación, algunas de las personalidades se marcharon del auditorio, y otras tantas, arribaron al mismo. Aquí y allá, llevábanse a cabocalurosos debates acerca de la economía y la situación actual del país. Había quienes se vanagloriaban por su consabida ideología conservadora, mientras que el resto, mostrábase fiel a sudoctrina liberal. Ni el uno ni el otro grupo, daba el brazo a torcer en sus opiniones. Como si de fieras enjauladas en un mismo recinto se tratase. Y el apetito voraz de cada cual, se acrecentaba a medida que se avanzaba en el terreno de las deliberaciones.Por último, las circunstancias, tal y como estaban, favorecieron el abordaje de diferentes tópicos.
- Aún no concibo cómo es posible que se le permita a una mujer agenciarse un lugar en el terreno político. No se encuentra preparada para ello; sus condiciones hablan por sí solas. Es por demás sabido, que sus ideas jamás han de ser tan plausibles e idóneas como las del sexo opuesto. Además, el género femenino es siempre proclive a encarar los asuntos que le conciernen, con el corazón, en oposición a la razón, tal y como es preciso que se actúe en este campo. No es algo que deba tomarse a la ligera, el hecho de que cada vez, son más las mujeres que procuran acercarse a los altos cargos en las instituciones del Estado, para así poder hacerse con un mayor poder en la esfera social. -se mostró molesto y contrariado otro de los presentes.
- Con el mayor de los respetos, pero no creo que le haga bien a nadie pensar de ese modo. A la vista está, el rol protagónico que ocupa la mujer en los tiempos que corren. Su valía debería medirse por el alcance de sus acciones, y no por su condición femenina. -se atrevió a contradecirlo Nicanor.
- Con que tenemos a un abocado defensor de la mujer entre nosotros. ¿No cree que se le está dando demasiada importancia a la figura femenina? Después de todo, ¿cuál es su verdadera injerencia en los asuntos que sólo deberían incumbirle al hombre y nada más que a éste? -le respondió con evidente ironía su contrincante.
- Es momento de que las puertas se abran para todo el mundo, no sólo para la mujer. Ella no hace otra cosa más que representar a la minoría que permanece recluida del resto. Su voz debe ser escuchada, aquí y ahora. -y así, Nicanor tomó su sobretodo y se dispuso a retirarse del lugar.
Manuel Arias

