Presenta:

Un asunto interminable

¿Cuál es el fin último de las cosas; de todo cuanto nos rodea? Es una pregunta que ha estado, y seguirá estando por siempre presente en el colectivo imaginario de la sociedad.
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 ...en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.El túnel. Ernesto Sábato.

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¿Cuál es el fin último de las cosas; de todo cuanto nos rodea? Es una pregunta que ha estado, y seguirá estando por siempre presente en el colectivo imaginario de la sociedad. Yo, al igual que muchos de mis coetáneos, me lo he preguntado una y otra vez, pero nunca hube hallado una respuesta que me satisfaga del todo. Las más de las veces, acabo por hundirme en un pozo aciago y sin fondo; por completo desconocido. Creo que no estamos preparados para dar una respuesta cabal a dicha interrogante, puesto que desde un inicio, nos vemos imposibilitados al momento de tener que argumentar y sostener con bases fehacientes, a qué vinimos al mundo. Y el asunto se complica aún más, cuando se intenta dilucidar el porqué de lo que nos ha tocado en suerte a cada uno.Abundan las teorías, así como también los "grandes" pensadores contemporáneos, pero de allí a ponerle un punto final al asunto, existe una brecha abismal más que evidente. "¿Y si no hay nada que responder, puesto que nada somos?" Tal es el pensamiento de los inacabados, de los que se refugian en la no búsqueda, en la no comprensión de todo lo que hace a la vida humana.Es como mirar al cielo, y pretender fingir que nada nos sucede por dentro. O al revés; como si el cielo nos mirase, y sus elementos fingiesen no reconocer en nuestra mirada nuestros más profundos anhelos. Observarlo durante mucho tiempo, puede alterar fortuitamente nuestra visión de las cosas; y lo mismo sucede cuando nos embaucamos de lleno en el plano terrenal. En exceso, ni lo uno ni lo otro le hacen un bien al hombre que contempla obnubilado los aconteceres, con el fin de escarbar las profundidades de su espíritu harto complejo.

Me pregunto, y con suma gravedad, si el común de las personas pretende siquiera encontrarle un mínimo grado de sentido a su vida; o mejor dicho, si son conscientes de lo peligroso que puede resultar, el hecho de ir en contra de la marea, al evitar auscultar más allá de lo que sus sentidos alcanzan a percibir y a comprender.¡Los hay quienes no se cuestionan nada, ni tampoco sienten compasión alguna por el estado de ruindad que carcome a sus espíritus! A estos últimos, debería exigírseles que se ensucien con el barro de la existencia; puede que así, entren en razón, y comiencen a protestar y a sentirse disconformes con lo que sucede en su fuero interno y en torno a su alrededor. Muchas veces, es necesario golpearse convulsa y reiteradamente, para poder tomar consciencia de los golpes. El grueso de los cuestionamientos que nos hacemos y nos hacen los demás, no provienen sino, de la necesidad inherente que tenemos como seres humanos, de profundizar en las vastedades de aquellos asuntos mundanos que más afectan a nuestras vidas. Así y todo, no siempre se puede sopesar el verdadero alcance de nuestras exploraciones, debido a que no existen límites definidos que circunscriban nuestro proceder.

En mis horas de ensueño y ensimismamiento -las cuales son incontables- me desprendo sin más del resto. Ello me permite entregarme con suma aplicación a un minucioso examen interno, sin el cual, me hallaría supeditado a la nada. A medida que se avanza en el terreno de las pesquisas internas y de la reflexión, nos cercioramos de que las interpretaciones a las que pudiésemos llegar, distan de hallarse en consonancia con aquello que se intenta elucidar. Y es que no toda interpretación puede ni debe considerarse como un punto concluyente de algo, puesto que, lo que en un primer momento se nos figura como una respuesta aclaratoria de tal o cual asunto, a continuación, puede verse desprovista de contenido, y transformarse en un problema enrevesado y de dificultosa resolución.

Por mi parte -que no es ni más ni menos que cualquier otra que pudiese existir- preconizo una vida austera, colmada de pensamientos que incomoden al resto del mundo, discordante e intransigente con los valores que priman en el núcleo de la sociedad; una vida ajena a los prejuicios que tienden a asfixiar las libertades, y poblada de verdades incorruptibles, como jamás se hubo visto en otros tiempos. ¿Es posible asentar las bases para instaurar dicha forma de vida, sin el agregado de tener que sacrificar todo lo que hubimos edificado desde un principio? Sí, es posible; nada nos aleja más de nuestro cometido, que nosotros mismos. Pero tal vez sea necesario que dejemos de lado la prudencia, y sacrifiquemos lo ya construido, con el propósito de renovarnos por completo.

Si acaso alguien pudiese proclamarse alguna vez como verdadero dador de sentido, a continuación, nos veríamos enfrentados a un nuevo dilema: ¿qué hacer con todo ello? Es decir, una vez que hubimos dado con la respuesta a aquella interrogante que tanto incomoda e interpela a nuestro espíritu, a saber, cuál es el propósito de todo cuanto nos afecta; nos vemos obligados a enfrentar la ardua tarea de tener que sobrellevar dicha carga. Allí radica tal vez, el punto culmen de nuestros conflictos y sojuzgamientos existenciales. Es preciso que nuestros hombros se llenen de aplomo, y levanten el mayor peso posible, para dar cuenta de su verdadera fuerza. Cabe agregar que, no es más pesada una carga que otra, puesto que no son los hombros quienes la sostienen, sino, la tenacidad de espíritu.Todo aquello que el hombre estila con su pensamiento, se convierte luego en otra cosa, a saber: una acción o un profuso sentimiento. Y es debido a ello que, el asunto existencial se torna inagotable y digno de estudio por las almas que moran en la tierra; e incluso para aquellas otras que se hallan anquilosadas en las profundidades de lo desconocido. 

Manuel Arias