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Y mis objetivos para este año son....

Año nuevo, vida nueva, dicen. ¿Cumplimos las metas que nos proponemos lograr durante el año que anuncian las campanas de las 12?
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"Las personas con objetivos tienen éxito, porque saben dónde van. Tan simple como eso", Earl Nightingale. 

"Voy a dejar de fumar", "Voy a correr 50k", "Voy a tener hijos", "Voy a viajar por el mundo", "Voy a construir la casa de mis sueños", "Voy a cambiar de trabajo". "Voy a", "voy a", "voy a". Intenciones, deseos, promesas que nos hacemos cuando comienza un año.

Estadísticamente, está demostrado que la mayoría de los propósitos que nos planteamos al recibir un año nuevo, no se logran. De hecho, en un estudio llevado a cabo por el psicólogo Richard Wiseman, sólo el 12% de las personas consigue lo que se propuso cuando comenzó a correr el nuevo calendario. ¿Es un misterio la causa? Yo les diría que gran parte de la responsabilidad está en nuestro cerebro. ¿Me acompañan?

¿Por qué hacemos un balance cerca de fin de año y establecemos metas para el próximo? Nuestro cerebro se acostumbra a funcionar con ciclos. Cuando un ciclo se cierra, generalmente acompañado de algún hecho significativo, se abre otro, lleno de posibilidades. Mi hija María Amelia terminó su primaria. Con su viaje de egresada cerró un período y abrió otro (escuela secundaria), lleno de proyectos. El casamiento es un hito, un ritual que cierra un ciclo (soltería) y abre otro, lleno de vivencias nuevas. El entierro de un ser querido es un rito, también, que sella un ciclo e inaugura otro.

Así, vamos funcionando, cerrando períodos e inaugurando otros. Estos últimos, que traen momentos nuevos, son enfrentados con múltiples planes. Pensamos, ideamos, imaginamos. 365 oportunidades de lograr aquello que anhelamos internamente. Pero resulta que hay una maquinita, nuestro cerebro, que tiende a alejarse de lo nuevo y a aferrarse a aquello que ya conoce. Y pasa que nos encontramos repitiendo excusas, que nos llevan a más de lo mismo. Así solemos terminar ese año que abrimos llenos de intenciones, prometiéndonos lograr....lo mismo, el próximo año.

La seguridad de lo ya conocido

El cerebro es un órgano que busca constantemente la adaptación al medio, está programado para no cambiar. La selección natural hace que conservamos aquellas conductas que nos resultan adaptativas, nos gusten o no. Si fumar nos resulta útil para enfrentar el estrés, es muy probable que nuestro cerebro busque mantener ese hábito, aunque racionalmente sepamos que no es bueno para nuestra salud, con lo cual, dejarlo implicará un trabajo extra.

Cambiar implica aprender una conducta nueva, y conlleva la posibilidad de equivocarse. Fallar provoca dolor. Entonces es como que el cerebro nos dijera: "¿para qué vas a sufrir si estamos tan cómodos así? Mejor no probemos nada nuevo". Acto seguido, llueven las excusas: "hoy no porque hace frío", "tengo que organizarme antes", etc.

Pero tenemos potencial de cambio. Sólo hay que proponérselo "engañando" al cerebro para que el dramatismo disminuya.

La teoría del establecimiento de metas estipula que la primera fuerza motivadora para el cambio es la intención de trabajar. El cerebro no distingue realidad de fantasía. Sólo responde a nuestras creencias. Entonces, lo que primero tenemos que hacer es creer en que necesitamos cambiar algo y, fundamentalmente, que somos capaces de lograrlo. Esa es la base de sustento que aportará energía para movernos en dirección a un objetivo.

Cómo ayudamos a nuestro cerebro a enfrentar los desafíos de cambio

  • Un primer punto importante es revisar nuestras metas. Yo muchas veces les hago a mis pacientes la siguiente analogía: "si yo hoy los paro en la base del Aconcagua y les digo que no paramos hasta hacer cima, ustedes ni siquiera van a intentar dar un paso, porque van a saber que es tan difícil que ni siquiera querrán gastar energía en intentarlo. En cambio, si, en el mismo escenario, les digo: hoy vamos a caminar dos horas hasta donde lleguemos, mañana otras dos horas, y así sucesivamente, es muy probable que lleguemos a la cima y que el esfuerzo no se haya notado demasiado".

La mayoría de las veces nos proponemos metas tan grandes, que nos abatimos de entrada. Siempre es mejor dividir ese objetivo en pequeños escalones más fáciles de lograr. Esto nos motiva a seguir.

  • Un segundo aspecto tiene que ver con que a nuestro órgano superior le cuesta entender el "no". Si yo les digo: "no sigan leyendo", es inútil, la mayoría no va a hacer caso. Entonces, no ayuda mucho proponerse algo desde la negativa: "este año no voy a fumar más", "este año no voy a comer más azúcar". Es más útil acercarse al objetivo desde la afirmación: "este año voy a comer comida saludable".

  • Los objetivos tienen que ser claros y medibles. La meta: "este año voy a construir mi casa" puede ser angustiante. El cerebro la vive distinto si digo: "para Mayo voy a tener los materiales comprados", porque le di especificidad (materiales comprados) y medición (en Mayo). Si establecemos objetivos vagos, difusos, extendemos el tiempo como "chicle", entonces vamos postergando y, cuando queremos acordar, nos sorprende el fin de año y no hicimos nada.

  • Es mejor cuando las metas responden a deseos personales antes que a "mandatos". Una cosa es "este año voy a empezar el gimnasio porque quiero hacer algo por mi cuerpo" y otra muy diferente es "este año voy a empezar el gimnasio porque mi pareja me lo pidió". El cambio es un trabajo personal. Desde uno y para uno. Hacerlo pendiente de la mirada del otro no garantiza buenos resultados.

Un estudio que se hizo en la Universidad College de Inglaterra demostró que para que un circuito entre neuronas se establezca y se fortalezca hacen falta 66 días de repetición de la conducta. La neuróloga Jane Wardle, dice que, si durante ese tiempo repetimos una conducta, terminará convirtiéndose en hábito, porque se fortalecerá la red neuronal que la sustenta, con lo cual, pasará a ser parte de nuestro repertorio.

A nuestro cerebro no le gusta lo nuevo, pero podemos ir amaestrándolo, despacito, para lograr metas, entendiendo que todo cambio implica un proceso y que todo proceso necesita un tiempo. Tener paciencia es sumamente necesario. El otro ingrediente es la confianza en uno mismo. Luego, trabajar, perseverar, caerse y volver a intentar. No hay otro secreto.

"Siempre he creído que no importa cuántos disparos falle, acertaré en el siguiente", Jonathan Swift.

Cecilia Ortiz