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La pareja perfecta

Los chicos 10 en el parador más chic de Pinamar. Una historia con final feliz.

Yo no sé cómo he llegado hasta este balneario. El 87,4 % de los veraneantes aquí posee ese halo del ideal físico de los griegos del esplendor. Ninfas y efebos se agrupan como si fueran una tribu en extinción.

¿He caminado tanto para llegar aquí? 

¿Tantos años de suelas gastadas para arribar a una playa que me recuerda a la serie "Baywatch"?

Es mediodía. El mar está increíble. Quizá llegué nadando hasta aquí, como haciendo la plancha, flotando, levitando entre las olas.

Parezco un hombre salido de otro mundo: aquí, el 87,4 % realiza crossfit tres veces por semana, corre maratones, compra muchísima ropa deportiva y posee una casi envidiable facilidad para conectarse vía celular.

Se trata de personas lindas. Con cierto grado de perfección. Eso no es lo que envidio, justamente, sino la facilidad que tienen para comunicarse vía celular.

Aquí, en esta playa, una suerte de "Lost" pero en versión mejoradísima, hasta el amor es perfecto. O eso es lo que dejan ver. O eso es lo que percibo, mientras reparo en la rapidez de sus dedos para comunicarse. Son como pulpos. Otra generación. E igual de lindos mientras el sol más dora sus contornos.

Por casualidad oigo sus charlas, sus comentarios, sus sorpresas, sus intereses. No sé si casarme o comprarme un perro. Lo que es seguro es con alguno de esos celulares tampoco sabría bien qué hacer. Tienen colores exóticos, formas ergonométricas. Y una velocidad increíble: en conectividad, en reciprocidad.

Me tiro al sol como lagartija. Escucho una música árabe chill out. Me quedo dormido. Despierto y siguen lindos, hermosos, como eternos.

Suena mi celular. 

Obviamente que se corta la comunicación.

Me vuelvo a quedar dormido, al sol, mientras pienso que lo que tengo que decir bien entra en un papel dentro de una botella. Y el que la lea, la lee.