Un anhelo literario
Los únicos seres que yo deseo tener junto a mí son los artistas y aquellos que han sufrido, los que saben lo que es la belleza y los que conocen el dolor. De profundis. Oscar Wilde.
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- Nos honra con su presencia, estimado Nicanor. Las grandes personalidades han de procurar siempre cultivar a los espíritus yermos. Nos hallábamos intercambiando nuestros pareceres acerca de la literatura y de cómo ésta puede enaltecer el fuero interno del hombre. Quizás guste en acompañarnos, para poder arrojar así algo de luz en todo este asunto. -dijo entusiasmado el señor Von R. a Nicanor, que acababa de llegar.
- Me hallo en sumo grado complacido, no obstante ello, jamás me hube acostumbrado a las alabanzas dispensadas hacia mi persona. Creo que con el paso del tiempo, me he hecho de una falta total de carácter en este sentido, aunque siempre resulta grato ser objeto de cumplidos tan vivificantes, y más aún si provienen de personalidades como la suya, por las cuales siento una honda admiración y simpatía. Respecto del otro asunto, sería un gran privilegio poder disertar con un grupo tan selecto, y más aún si el tema en cuestión versa sobre el mundo literario. -se mostró afable Nicanor.
El señor Von R. hallábase puntualizando sus impresiones acerca del último trabajo del conde de M.:París no descansa.
- La mayoría aquí está de acuerdo en que, si bien es una obra en donde puede observarse el estudio pormenorizado de la sociedad parisina, por otro lado, carece del valor utilitario intrínseco con que toda obra debería contar, puesto que no aporta nada nuevo, y como agregado, detenta un estilo por demás conservador, y en cierto grado elitista, al momento de describir los sucesos históricos más importantes del siglo.
- Pues, debo confesar que mi opinión difiere en lo absoluto. A mi juicio, la obra del conde de M., es harto sublime. Es exquisita por donde se la mire, y ello se debe a su magistral estilo al momento de volcar todo cuanto desea expresar. Cada línea es una maravilla insondable, y mientras más se adentra uno en la obra, mayor conciencia adquiere del valor sustancial que posee la misma. -replicó Nicanor.
- ¿No piensa que abusa desmedidamente de sí mismo en todo su trabajo? ¿Como si sólo se preocupase por dar a conocer el estado de ánimo de su espíritu, en detrimento de lo que realmente constituye el objeto de estudio de su obra, a saber, la sociedad parisina? -inquirió el señor Von R. a Nicanor.
- En lo absoluto. No creo que exista acto más noble que proclamarse a sí mismo;ya sea en el ámbito artístico, científico, o en cualquier otro que nos predisponga a ello. En lo que respecta al entrañable conde de M.; considero que su fin último ha sido y será siempre, apropiarse de su vasto mundo interno, ya que debe de considerar que se trata del medio más propicio para intentar comprender algo de la existencia que le ha tocado en suerte. Si se estudia detenidamente el grueso de sus obras, se llega a una ineluctable conclusión: es muy diferente de cualquier otro escritor. Lejos de querer perseguir y escribir bajo las sombras de otro, decide ser él mismo, en su máximo esplendor. Prefiere abstenerse de tener que adoptar un rol que no le satisfaga del todo. Está al tanto de que no podría hallarse, ni mucho menos, hallar a los demás; puesto que lo más íntimo del ser, se encuentra siempre en completa consonancia con aquello que le es propio representar, y no con otra cosa. -dijo comedido Nicanor.
- Muy cierto, aunque el exceso de sí mismo, puede resultar tedioso por momentos. Todo escritor que se jacte de serlo, debería evitar caer presa de su propia vanidad, pues esto sólo puede conducirlo a querer explorar terrenos de los que nada sabe ni conoce.
- Disiento, pues en este sentido, creo que son aquellos terrenos inexplorados los más provechosos para cualquier escritor. La imaginación ha de nutrirse a cada momento, ya que es el aliciente que impulsa al artista en su búsqueda de la belleza. A lo que aspira todo artista, no es sino, a dar a conocer parte de su alma. Y digo parte, porque existe un resto que sólo él puede llegar a dilucidar con mayor fidelidad. -Nicanor se hallaba a gusto y de ánimo predispuesto para la conversación.
- Así y todo; más allá de la opinión personal que pueda haberme forjado del conde de M., me molesta sobremanera su estilo. Me parece pedante, y sin gracia alguna. Verdad es que toda obra artística, es el reflejo de la interioridad de aquel que le da vida, pero en el caso del conde, no considero que sea adecuado atribuirle semejante categoría. El punto es que, se le escapa de las manos su afán por querer domar su espíritu, cuando en realidad, no hace más que atragantarse con él. Esto puede verse reflejado a lo ancho de su última obra. No halla mejor sustento, que ponerse contra las cuerdas, cada vez que es atacado por su propia filosofía sin clemencia.Y aunque algunas veces logra hacerle frente, parece ser que nunca le es suficiente para volver a encauzar el sentido de cuanto desea expresar.
- Cabe preguntarse, entonces, cuál es el fin último de la literatura. Una vez dilucidado este asunto, podremos discutir si el conde de M. es merecedor de las más bellas congratulaciones, o si su destino es perecer en la peor de las desgracias: el olvido.
¿Es acaso la literatura un medio de expresión artística más, o al contrario, el modo más efectivo de supurar las heridas del alma? Creo que ambas cosas a la vez.
Lo que habita en la interioridad de uno, muchas veces pugna por salir, para darse a conocer, ya que de otro modo, se consume sin más. Por otra parte, la vida misma exige ser expresada, sin importar cuál sea el medio elegido por el hombre para acometer dicha empresa. Detrás de cada literatura, hay un hombre que sufre a escondidas, que calla todo cuanto le pesa, y que siente la inmensidad de la existencia en las estrellas; y es a causa de ello, que hace de las palabras su mundo, pues no halla un modo mejor para expresarse, que a través de ellas. -sentenció Nicanor, el cual hallábase por completo obnubilado.
Manuel Arias

