El golf y la antena camuflada pero no tanto
Cuando me invitaron a desayunar allí por primera vez ya había advertido dos cosas: la primera era que al fin veía esa antena camuflada muy de cerca, casi delante de mis narices, y que estaba a punto de ingresar a un sitio donde el golf y el tenis apenas funcionan como vértices de una geometría que esconde otras figuras, acaso de mayor volumen.
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¿Puede el tenis o el golf convertirse en una excusa? Claro. Tanto como ir a un club de bochas o al picado de fútbol semanal. Y hacer de cuenta que uno va pero no va allí, en realidad. Es una excusa socialmente aceptada, digamos.
Durante varias mañanas he pasado por allí, por el "Viejo golf", y he oído ese chisporroteo del riego artificial sobre el polvo de ladrillo, que incluso rebalsa los límites y, en su recorrido mecánico, a veces riega parte de la calle. En las mañanas más calurosas he hecho lo que cualquier haría: colocarme cerca de las telas que separan las canchas del camino de arena y esperar ese rocío minimalista, como maná del cielo. Algunas de las tantas catas verdísimas que habitan en el bosque han sido testigos. Por ahí, de vez en cuando, reparé en el motor cansino de un cuatriciclo. O el eco del diariero, que vocea mejor que Tony Bennett.

Cuando alguien te espera allí, en el salón del golf, hay dos cosas que uno sabe: el anfitrión no sabe que el golf te importa un bledo (y tampoco está interesado en "convertirte", ya que probablemente a el también le suceda lo mismo). Y segundo y no menos evidente: te está pidiendo discreción, un mínimo gesto.
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Soy bastante afecto a los rituales y más aún a los gestos que pueden darme más background en un imposible: el conocimiento universal. Entre las 9 de la mañana y hasta las 11 es una rareza ver a un golfista allí. Apenas tenistas gordísimos, viejísimos, ni siquiera mayores de 50 años, lo que los convierte en más gordos y viejos. Ves la ropita que usan y te deprime: el mismo modelo, color y tienda.
En algunos días allí me he enterado de movimientos en el mundo de las empresas, de la política y de los nuevos ricos de la temporada. Han sido las faenas más interesantes. Si la información es poder, en el siglo XXI deberíamos adosarle que también contar con ella es imprescindible.
Otros días, en cambio, han resultado aburridos en materia de "conocimiento universal". Me aburro cuando la gente habla de coches o de lo que le cuesta la minita 20 años menor en edad -cuesta en términos económicos-, de si la temporada está mejor según indicadores frívolos, tipo, ahora hay que reservar para ir a comer, salvo que quieras hacer cola de 25 minutos.

En esos días he reparado en esta antena, disfrazada, muy en vano en su intento por "adaptarse" al paisaje. Me he entretenido pensando que para el establecimiento es un ingreso financiero necesario (en voz baja siempre te hablan del que viene siempre y no paga la cuota desde que fundió la empresa y entró en depresión). También en la "necesidad" de que se vea lo menos posible.
Pura ilusión: hasta un ciego huele el plástico o símil.
¿Por qué nos abocamos a camuflar lo evidente? ¿No será otra manera de mentir y mentirnos? ¿Por qué quisiéramos tapar lo que no queremos ver? ¿Cuánto hay de verdad en una imitación? .
"Es paradójico", dice Veyl, un tipo. "Hasta las personas que protestan se organizan por celular, pero nadie quiere una antena cerca".
Rodolfo Veyl, chileno, es dueño de una empresa que está condenada al éxito: Infrawireless. Me refiero a una en la vanguardia del servicio de instalación de antenas aparatosas para comunicarse mejor entre los celulares. Hace 6 años ya llevaban ubicadas un centenar de antenas-palmeras, apenas en Santiago.
Le propongo el negocio a uno de los hombres de negocios que he conocido. Hemos pegado buena onda: nos unió el libro de Stephen King "Mientras escribo". Y hemos desayunado descaradamente alrededor de ese texto. Aprovechó para decirme que el capitalismo está allí, en ese cuento. Jamás lo había pensado. No resulta del todo mala la parábola.
- ¿No es un buen negocio esto de fabricar y colocar adornos para antenas de celulares?
Me mira. Me pide un cigarrillo. El sol está en otro lado, en otro field.
- El capitalismo y el periodismo no son compatibles- dice, canchero, como si tuviera cinco veces más de dinero en ahorros que lo que cuenta la realidad. - No me moves de la Bolsa, querido-. Y fuma.
Hago de cuenta que tiene razón. Sigo el simulacro. Obvio que clavo la mirada en la antena pino del bosque. Está más fea que nunca.



