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Gafas, las mejores del verano

Hay historias reales y otras no. En ambos casos, los protagonistas se revelan ante sus decisiones. El que a veces soy yo escribe ahora entre lo posible y lo imaginado.
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El que a veces soy yo se encuentra en el lento inicio del crepúsculo, aquella hora de los dioses como bien sabemos. La escena sucede en medio de lo que ahora llaman "eventos". El sol está tan encantador que nadie puede evadirlo. De hecho hay miles de cuerpos diseminados por lo que sería el allá. 

Es un gentío y por suerte el sonido del océano todo lo tapa.

El allá es la playa, la costa, el exacto límite entre la tierra y el mar. Es un allá que transcurre como las películas mudas: se ven apenas los movimientos, algunos veloces, otros cansinos. Y lo repito: la música más maravillosa es la que surge de la rompiente de las olas. Alguno ha colocado una música, pero es de lavadora automática, última generación: cero invasivo para nuestros oídos.

El "allá", UFO Point al palo, por si cabe alguna duda.

Folklore marino, la juventud: los mejores días de la vida fueron, son y serán cuando somos jóvenes.

El "allá" del allá. No pecamos de ambiciosos si referimos al "más allá".

El que a veces soy yo se pasea por un evento que organiza Marlboro. Me entretuve un rato largo en adivinar cuánto podía tardar en encontrarme a Amy Winehouse. Yo creo que no me fui por culpa de ella. La buscaba como siempre: piel blanca, pura, nada de cremas ni otros ungüentos. Se hacía rogar o estaba demorada (en el fondo, hacerse rogar es estar demorado, pero con uno mismo).

Pese a Marlboro yo creo que esto es más Parliament que otra cosa. Los fumadores saben de lo que hablo. Y no quiero hacer apología del tabaco, pero, la verdad, ver el mar cayendo la tarde, copa de espumante en mano, leve y sin mayores preocupaciones, merece un cigarrillo. Y las promotoras de la marca se encargan que no falte nada.

El que a veces soy yo ha pasado casi un mes en una ciudad que ha crecido alrededor de los bosques plantados por Jorge Emilio Isidro Bunge, quien se ocupó de descomunal obra para que los pinares fijaran la arena y el viento no arrasara con ella. Quiero decir que desde hace un mes he visto muchísimos trajes de baño, sandalias, ojotas, pareos, bronceadores, sombrillas. Y gafas.

Y cuando entiendo que Amy Winehouse no va a venir y menos entiendo por qué he sido invitado por Marlboro aquí, me topo muy de frente con las mejores gafas de la temporada verano 2017. Pueden creerlo o no, pero los que porta María Pía son, de lejos, los más lindos que he visto en todo el año.

Es fetichista y afecto al detalle el que a veces soy yo, claro. Por eso cuando reparo en estas gafas, surgidas como desde la nada misma, lo expreso, sin mayores intereses o temores. 

- Tenes los lentes más lindos que he visto en todo el año- dice, el que a veces soy yo.

- He escuchado de todo. Y más hoy. Pero esto es de lo más inesperado- dice ella, María Pía. No ríe. Me mira fijo. Lo veo en el reflejo que me devuelve este modelo de óculos, acaso más inesperado que mi comentario.

Le digo que me veo obligado a escribir sobre sus gafas y que no me importa ni su nombre real, ni su teléfono ni ninguna otra forma que pueda prolongar esta no-relación.

- Me llamo María Pía- responde, de inmediato. Y sin acomodarse las gafas se muestra sorprendida. - ¿En serio me estas diciendo todo esto o alguna parte es un bolazo?

- En serio, todo- digo. Y alguien me atropella, el típico pogo de los eventos, bah. Y se produce como una situación rara: le pido entonces si puedo sacarle algunas fotos con las gafas.

- ¿De cuerpo entero también?- pregunta.

- No. Las gafas. Si voy a escribir de las mejores necesito al menos una foto- explico. No yo, sino el tipo que a veces suele ser yo.

Accede, sin evitar la sorpresa. Y me interroga acerca de si tenemos que movernos. Le digo que no, que no es necesario: apenas necesito sus gafas para ilustrar una nota. Ok, responde, ahora en medio de una risa que algún novio o marido o lo que sea dudo le haya conocido jamás. 

Somos gente rara los seres humanos en el verano, durante las vacaciones, ¿no?

Las gafas las compró en Milán, me cuenta, mientras hago foco, mido la luz, las sombras y la pongo en cuadro. Este minué no dura más de 20 segundos, lo mismo que una canción que es hit en cualquier enero.

- Tu espumante, ¿está frío?- pregunta, en lo que podría inscribirse como el corolario de la sesión más rápida en la historia de la fotografía.

- Normal, sí. Tampoco perfecto pero tragable- agrego.

- Sos argentino pero no puedo saber de dónde- afirma, para cambiar el eje de la conversación a lo Nicolás Copérnico.

Pienso. Vuelvo a verme en sus gafas, un objeto que no desentonaría en las actrices secundarias de la película "La gran belleza".

- Argentino, sí. De Sicilia- afirmo, suelto, con una imaginación que carece el tipo que a veces soy yo.

Retorna a una risa que pocos conocen y que muchos han alardeado de conocer. Me hace la señal de un brindis, pero sin chocar nuestras botellitas de espumante. Le agradezco. Nos decimos chau o algo parecido. Y antes de desaparecer me pregunta:

- ¿Vos crees que me llamo María Pía?

Y se esfuma.

Parece una publicidad de Marlboro. O de Parliament.


(Suena el mar)

Prefiero seguir tus pasos

(Suena el mar)

Prefiero seguirte

Tengo mal de alturas

y aquí vuelan

pájaros de oro

Si me mareé

es por devoción

Prefiero seguir tus pasos

(Gustavo Cerati, 1995)