A duras penas
La verdadera soledad consiste en vivir entre toda esa gente encantadora que sólo te pide que finjas. La edad de la inocencia. Edith Wharton.
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- Se rumorea que la condesa de N., vendrá la semana entrante a la capital. Al parecer, unos asuntos ligados a una de sus fastuosas propiedades, requieren de su intervención inmediata. -comentó el más viejo del grupo, mientras atusaba su bigote perfectamente delineado.
- ¡Qué agradable noticia! La condesa de N. es, por excelencia, la dama mejor instruida en lo que a buenos modales respecta. Su reputación es envidiable, así como también, la forma cabal con que se dirige al público; cabe agregar, su buen gusto para la música, y el vasto conjunto de dotes pianísticas de que es dueña. Su persona es exquisita en todo sentido. ¡Cuántos corazones hay que se desviven por conquistar el suyo! -exclamó con júbilo una de las damas.
- Dicen que mantuvo en secreto durante mucho tiempo, un affaire con un hombre mucho más joven que ella. Cierto o no, ya no se puede confiar en nadie. La vida privada se ha vuelto un bien público. -arguyó otro de los presentes.
- ¿Menor que ella? ¿Y los padres del joven no intervinieron? Pero qué desfachatez la suya, comportarse de ese modo. Vaya uno a saber con cuántos jovencitos habrá intimado. ¿Y esa es la famosa condesa de N. que tanto adulan? Debería sentir vergüenza y remordimiento, al mostrarse en sociedad como alguien respetable y de conducta intachable, cuando en realidad, no es más que una mujer que carece de su sano juicio, promiscua y de comportamiento deleznable.
- Hay bocas que deberían ser más prudentes, o en su defecto, mantenerse cerradas. En mi opinión, no creo que la aventura amorosa de la condesa de N., haya sido en modo alguno reprobable, y si así lo fuese, qué más da. Cada quien debería ocuparse de sus propios asuntos, y dejar al resto lidiar con los suyos. -sentenció con vehemencia un oficial del ejército.
- No obstante, si la condesa de N. ha tenido el descaro para obrar de ese modo, no sólo se hallaría comprometida la opinión de su persona, sino, la de la sociedad en general. Las grandes personalidades no pueden darse el lujo de tener aventuras, así como así.Su proceder les exige permanecer a la altura de su estatus social, por lo tanto, deben dar cuenta de un comportamiento modelo para los demás; de lo contrario,suceden cosas como éstas. -esgrimió otra de las damas, mientras se abanicaba compulsivamente.
- Hoy en día, nadie se salva. Todos escondemos algo bajo la alfombra. A diferencia del resto, la condesa de N., sigue siendo la misma de siempre.
- Con ese criterio, cada quien se comportaría a diario inescrupulosamente. No señor; orden y acatamiento de las normas ante todo. -concluyó otro de los señores, que se jactaba de ser el más conservador de todos.
A continuación, la condesa de N. se hizo presente en el lugar, y todos los congregados, dispensaron sus salutaciones a la par, como si se tratase de la mujer más respetable de toda Europa. Al día siguiente, visitó a Nicanor, al que hacía bastante tiempo no veía.
- Querido Nicanor, qué agradable es volver a verte. Por lo visto, el paso del tiempo le sienta bien a tu figura; a mí, en cambio, me ha vuelto más insegura, y menos atractiva que antes. -dijo con un dejo de tristeza la condesa de N.
- Qué grata sorpresa; eres y serás siempre bienvenida aquí. Pues, debo confesar que no puedo estar más en desacuerdo contigo. Aún se observa la lozanía en tu mirada, y el aura que envuelve a tu persona toda, todavía se encuentra allí. -le respondió con total sinceridad Nicanor.
- ¿Tan favorable es tu concepto sobre mi persona? Perdona, pero no puedo más que dudar. Los hombres acostumbran a embellecer todo cuanto se posa ante sus ojos. -acotó la condesa de N.
- Mi concepto se forjó aun antes de llegar a conocerte; en el momento preciso en que me hablaron acerca de tu existencia por vez primera. -replicó Nicanor.
- Siempre tan condescendiente conmigo, mi querido Nicanor. El punto es que, no soy aquella mujer que tanto idealizas, dotada de múltiples cualidades. Es más complicado de lo que parece. Tu corazón ignora el hecho de que no me conoce del todo, y es ahí donde tiende a equivocarse.
- Posees incontables cualidades a tu favor, sólo que no alcanzas a verlas. Siempre he admirado esa capacidad que detentas para comprender y transformar los sentimientos del otro. Tu corazón se halla a gusto cuando ve que puede tocar la sensibilidad de otros corazones. Pero dime, ¿a qué se debe tu visita, querida amiga? -preguntó intrigado Nicanor.
- Así y todo, mi situación en la vida dista de ser favorable.Si de corazones bondadosos hablamos, el tuyo es el que más cerca se encuentra de dicho ideal.Respecto a mi visita; una de mis propiedades pasará a ser posesión de un acaudalado banquero de la capital, por lo que debo firmar los papeles de compra-venta. -el semblante alicaído de la condesa, daba a entender que algo le sucedía.
- Me complace escuchar que tus negocios marchan sobre rieles. Pero ahora dime, querida amiga ¿a qué se debe ese desencanto en tu vida? -Nicanor se hallaba un tanto preocupado.
- Estoy derrumbada espiritualmente, y no consigo dar con la causa que explique el porqué de dicho estado. Siento como si una parte de mí, se hubiese apagado por completo, y la otra parte, pugnase por no perecer y seguir existiendo. -dijo la condesa de N. sollozando.
- Quizás, en este caso, lo más conveniente sea no malgastar energías en querer dar con la fuente de dicho malestar, sino, procurar aferrarse a todo aquello que le produce un bien inconmensurable a tu corazón. En otras palabras, ignora ese antagonismo que opaca tu vida. Sea lo que sea que te esté oprimiendo por dentro, y persuadiendo de que todo se halla en ruinas, no olvides que a fin de cuentas, se extinguirá, para quizás retornar en otro momento. -Nicanor pretendía acariciar con palabras el alma de la condesa de N.
- Tus palabras son un bálsamo para mi desdicha, pero no son suficientes para apagar lo que me quema por dentro. Lo cierto es que, mi matrimonio está por llegar a su fin, y ello me causa una profunda tristeza. Otra vez, volver a comenzar de nuevo. Estoy cansada de los principios, quisiera algo que no se rompiese con el tiempo; algo eterno. -rompiendo en llanto, la condesa de N. dio a conocer la causa de su desdicha. Luego, Nicanor la estrechó entre sus brazos, y la consoló como pudo.
Manuel Arias

