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Fugas: aeropuertos y rutas

La despedida es uno de los momentos más intensos de las vacaciones: alguien se va. Lo inexorable. La historia de hoy transcurre en una cantina de película.

Yo nunca imaginé que esa frase de Calamaro iba a ser tan real, tan sentida, tan conmovedora. Hay varias del cantante que me han acompañado en distintas fases y de algún modo he crecido con sus discos, pese a que, de los últimos dos o tres o cinco, no tenga la menor idea de qué hablamos cuando hablamos de Calamaro.

"Sí. Sé que te quiero. Y sé que me esperan más aeropuertos".

El resto de la canción es perfecta en armonía y si prosigo hablando de la letra no tiene gracia alguna.

El verano tiene sus despedidas. O sus hasta luego o hastalueguito o simplemente un adiós. Es una sensación que todos, vacaciones o no, hemos vivido o vamos a vivir. Quizá condensa uno de los temas más recurrentes en la historia de la literatura de todos los tiempos.

Lo resume el propio Andrés: "No sé si estoy despierto o tengo los ojos abiertos".

La ciudad está semi desierta. También es lunes en Pinamar. La diferencia es que los malones son integrados por chicos de menos de 25 años. La ciudad es de ellos. Más: el mundo, el futuro, las avenidas, son también de su propiedad.

Ella se va al otro día. Ruta y aeropuerto, el cielo y el infierno. El la despide. Es una escena de "Sueños de una noche de verano", de Shakespeare. Todo ha sido encantador. Y el último momento ha respetado el axioma sancionado por Baudelaire: hay que estar ebrios de vino, de virtud o de poesía.

El taxista que los salvó de las hordas y otros malones los depositó en una cantina. Fue una recomendación pero también un acto amoroso. Los taxistas son así: o son odiosos. No hay mucho matiz entre ellos.

La pareja se deleitó más allá de lo gastronómico. El lenguado no hizo más que justicia con un órgano vital en las geometrías del amor: la lengua. La que sirve para hablar (y por lo tanto para su antónimo, callar), tanto para besar. 

El histórico comedero del general y Evita.

La cantina "Don Ramón", al poco tiempo, fue la escenografía perfecta: el único no familiar en el lugar, uno de los mozos, también es parte de una familia, quizá más amplia que la sanguínea. Aparece en la película "Eva Perón", la que protagonizaron Esther Goris y Víctor Laplace. Fue extra en las escenas filmadas en el restaurante "Pedemonte", inaugurado en 1890, y que fuera frecuentado por el general y la abanderada.

Mientras, la pareja recuerda su disco del verano: los hits, los grandes momentos, los que serán desde mañana recuerdos, simples y sofisticados recuerdos, según las leyes de la distancia, según lo que haya quedado en cada uno.


Buena moza y buen mozo. Parte de la familia Palavecino.

"Don Ramón" es un lugar atendido por sus propios dueños, en el sentido más estricto. El cocinero es el dueño, la cajera la mujer del dueño y la moza la hija de ambos. Pese a la variedad de su propuesta, la especialidad son pescados y mariscos. Es una familia honesta, trabajadora y sumamente sensible: las paredes de la cantina están pintadas al estilo de "El grito", de Munch. Y su autor es uno de los "trapitos" que merodeaba la zona.

Llega la medianoche. La luna dentro de algunas noches será llena y la pareja se anticipa, hasta en lo astronómico. Han ido al cielo y parado en las estrellas durante el romance que los ha embargado. 

Pasa, en eso, un chico que vende chucherías. Las ofrece. Ella escoge un kit de generala. 

La noche se va para adentro. La pareja realiza el último brindis. Lo hacen por el mar y el futuro, por las olas y los chaus. Caminan en lo que es su último paseo. Van de la mano. En lo que es su verdadero último momento sucede los siguiente: ella retira el kit de la generala de su cartera. Lo abre. Le entrega el cubilete a su amor de verano.

- Los dados quedan conmigo- ríe, ella.

Y parece lo más justo, si es justo el amor, lo que casi nunca se cumple, pese a lo imbatible.